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CHICOMOSTOC

Y a medida que uno sube se va purificando el aire, se va abrien­do el horizonte, van despejándose las lejanías …

Para llegar a Zacatecas hay que jadear, hay que desarrollar el esfuerzo de quien asciende a las alturas. Zacatecas está en la cum­bre. Es una ciudad puesta sobre el crestón enrojecido de la monta­ña que ha venido a ser cifra y símbolo de esta comunidad.

Por todos los rumbos, en la circunscripción del mismo Estado, las características iguales: la serenidad de las cumbres, la pureza del aire, el limpio horizonte que deja abarcar distancias infinitas.

Uno puede sentarse embelesado a contemplar la lejanía de aquellos cerros color de aceituna; puede uno embelesarse en el aire color de violeta que envuelve la distancia. En violeta y aceitunas, sobre el limpio cristal del aire, podía dibujar su nombre Zacatecas.

Y enciende uno el cigarrillo. La fruición del paisaje pide el es­tímulo de un cigarro que ha de fumarse con lentitud emociona­da, en pausas entretenidas que dejen llegar a lo íntimo del paisaje. El humo azul del cigarro se levantará en una línea recta, en un vuelo vertical, en una levedad de palomas que vuelan como de un incen­sario, haladas suavemente a un punto misterioso de la altura.

Eso es Zacatecas: ebriedad de cumbres, pureza de un aire quieto, el viento teñido de violetas, los cerros lavados en un verde cobre que los configura en desnudez exacta.

Entre las cifras señeras que colocan a Zacatecas sobre una altura de muchos significados en el campo histórico, en el polí­tico, en el cultural; sobre la enumeración de valores humanos que se acendran en la roca viva y el polvo árido de este Estado y lo colocan entre aquéllos que han aglutinado mejor los valores determinantes de nuestra nacionalidad, queremos nosotros poner la vista en unas rocas.

Zacatecas en una cumbre. Zacatecas, corazón de oro… Nada de esto nos importa al presentar entre los títulos de su nobleza, ruinas salidas al paso de quien se dirige a aquella ciudad.

Va la carretera serpenteando entre nopaleras y matujos que ya empiezan a anunciar la vegetación desértica de esta zona. El valle se extasía en una amplitud que reúne todos los tonos del verde. Y el cielo. Y las nubes. Y el canto lastimado de las alondras que vienen huyendo de las primeras heladas.

Así va uno caminando por la carretera que conduce a la ca­pital de Zacatecas. Ya dejó el vaho ardoroso, los horizontes cegados en el polvo de los pueblos que viven al ras de la tierra; ya encumbró a aquellos niveles donde se aclara el aire y se abre luminosamen­te la lejanía… Así, puede observarse a distancia de unos 50 kms. de la ciudad, el filo extraño de unas ruinas.

Va uno todavía a buena distancia del sitio histórico donde se levantaron estas ruinas y ya se siente impresionado por la magnifi­cencia de las construcciones, por la serie de elementos que se conjuntan en esta ciudadela extraña que quedó fincada en lo alto de un monte… Las columnas, las gigantescas moles de sus pirámides, los graderías inacabables que se pierden en la altura del cerro.

También se les conoce como las ruinas de La Quemada por com­prenderse dentro de los límites de una antigua hacienda de este nom­bre… Aquí, entre estas rocas, queremos encontrar uno de los tí­tulos que afirman la grandeza de Zacatecas.

Desde una distancia que se pierde en el tiempo, llega el rumor de leyendas que se tejen entre las rocas, los peñascos altivos, las ruinas desmoronadas ya de Chicomostoc…

Siete tribus indígenas llegaron del norte hasta este sitio. Fue un largo peregrinaje como el de los israelitas por el desierto. Cansado el cuerpo, desollados los pies, pero el corazón rebosante en el anun­cio luminoso que los conducía por soledades de arena y espinas.

Un pájaro amaneció cantando. “tihuí, tihuí”. Lo oyeron aque­llos hombres y se los descompuso el semblante. Aquel era el aviso esperado: Así les manifestaban sus dioses el mandato que habían esperado tanto tiempo. Su pupila ahogada en la sombra de un abismo sin sol, se iluminó en la esperanza. El pajarito seguía saltando en­tre los matujos mientras insistía en su canto: “tihuí, tihuí”.

En el lenguaje mexicano la canción de aquel pájaro venía de­cir: “Ya vámonos”. Así lo entendieron los sabios, lo aceptaron así los sacerdotes de las tribus y emprendieron la peregrinación hacia el sur. El sabio Huitziton fue quien interpretó el canto del pájaro y le comu­nicó a Tecpátzin la orden que encerraba.

Los autores no están de acuerdo ni con el itinerario, ni en la cronología, ni en los acontecimientos de la peregrinación; bordeamos los terrenos del mito y la leyenda, y de aquí configuramos el lento y fatigoso peregrinar de aquellos hombres que aconteció probablemente entre los años 900 y 1160 de nuestra era.

Después de atravesar el río Colorado y el Gila llegaron al pa­recer, a lo que es hoy Culiacán y después a Chicomostoc, lugar de las siete cuevas donde los peregrinos hicieron un alto.

El sitio pareció ideal a los jefes de las tribus. La altura les ser­vía de fortificación contra posibles adversarios. Desde allí dominaban un valle encantador: la pureza del aire, el vuelo de las nubes al al­cance de la mano, las lejanías doradas, y aquellos cantiles sin acceso que ellos reforzaron mejor con muros increíblemente pesados en las partes más débiles.

Al tomar este lugar empezaron luego a construir sitios para la adoración, el altar de las ofrendas, y sobre todo la Pirámide Voti­va, gratitud y ruego a los dioses que los habían conducido hasta este lugar.

Y así inflamados de un profundo espíritu religioso, luego de construir el enorme santuario de las columnas al que se da el nom­bre de “la catedral”, esperaban otra vez el canto del pájaro que vol­viera a transmitir1es la voluntad divina, acaso una ráfaga en el cielo, tal vez una aparición celestial, quien sabe, quien sabe… Cuando el corazón ama y cree, como en el caso de aquellos hombres, podían esperarse prodigios inesperados.

Y sucedieron. La divinidad ha escogido siempre las cumbres para manifestarse a los hombres. Dios ha hablado a sus criaturas en las cumbres del amor y de la entrega. Así también los dioses de aquellas siete tribus nahuatlacas.

Dice la leyenda que en este sitio se apareció a aquellos hom­bres el dios Huitzilopochtli y mandó a los aztecas, mexicanos o mexicas, que se separaran de las familias nahuatlacas en otro largo peregrinar que no tendría término sino al momento en que encontraran un águila sobre un nopal devorando una serpiente.

De esta manera transcurrió, en la efimeridad de unos cuantos años, la vida que pudo tener Chicomostoc. En unos cuantos años, sin embargo, fue marcada la huella impresionante de aquellos hombres que, en construcciones de altiva grandeza, dejaron esta huella que hoy, al cabo de muchas centurias, hemos venido a encontrar.

El cerro donde se levantaron los monumentos está constituido por tolvas feldespáticas y tiene la forma de una meseta, aislada de otras mesetas semejantes que se encuentran en el contorno. Las cons­trucciones constituyen una fortaleza y la elección de este sitio fue acer­tada puesto que domina desde su cima todo el valle.

La altura de este cerro no pasa de unos 150 metros. Conforme se avanza hacia el norte aumenta la altura de la eminencia y se for­man varios pisos o terrazas hasta un alto acantilado desprovisto de construcciones; sobre cada una de estas terrazas se localizan los gru­pos de edificios hasta el extremo norte, que es el más elevado.

Insistimos en el propósito de los peregrinos que siguiendo el llamado de los dioses vinieron hasta este lugar, donde al estable­cerse, quisieron contar con la protección que el mismo cerro, en su forma, pudo brindarles. Así, casi todo el cerro está constituido por al­tos e inaccesibles acantilados y aquellas partes que carecían de una defensa natural, bien por ser menos acentuada la inclinación del ce­rro o bien por ofrecer rocas fáciles de escalar, se hallan provistos de una gruesa muralla de tres metros de espesor.

La muralla se advierte especialmente en la porción norte del ce­rro y en este caso la encontramos circundando la ladera norte y en­cerrando una enorme área triangular. Este gigantesco muro está cons­truido de gruesas lajas de tamaños desiguales, pero bien colocadas, formación semejante al material que se empleó para la construcción de las estructuras que luego vamos a enumerar.

Al entrar por una calzada a la primera plataforma, se llega al grupo de estructuras conocidas hoy como “la catedral”. En el la­do poniente de esta terraza encontramos una pequeña pirámide en un avanzado estado de destrucción. Por el costado oriente y a través de una abertura o puerta se entra a un gran salón de columnas que debió corresponder a un sitio principalísimo de la ciudad.

Las columnas se hallan colocadas en forma de un paralelogramo y algunas alcanzan una altura de más cinco metros y una cir­cunferencia de unos dos metros. El material de los muros y las co­lumnas es semejante al de otros edificios y consiste de grandes lajas feldespáticas: no queda ningún resto del aplanado, aunque se ase­gura que estaban cubiertos de una especie de argamasa o estuco muy bien pulido. Además, es verosímil que esta sala hubiera sido techa­da pues según la tradición que se conserva en los alrededores, se afirma que gentes muy antiguas encontraron restos de techo en otro lugar de esta zona.

Con dirección al norte y a una distancia de 50 metros, se llega a un grupo de tres cámaras muy destruidas en la actualidad. Para llegar al siguiente grupo de construcciones se sube por una escali­nata situada al norte de la terraza anterior. Aquí se forma un enorme cuadrángulo que en su lado poniente parece limitado por una serie de cuartos.

La parte más elevada de todo el cerro está constituida por un crestón de rocas que corona toda la cúspide. Al pie de esta formación, en su lado sur, se levanta la terraza más alta de los edificios de es­ta porción del cerro.

Para alcanzar este último cuerpo se sube por una escalinata que parte del extremo norte del patio del segundo cuerpo. Dicha es­calinata está limitada por altos muros en talud en todo semejantes a los del segundo cuerpo de edificios.

Al final de la escalinata se halla un patio formado por los muros que circundan dos grandes rectángulos o terrazas. Las terrazas son de forma irregular y el acceso a ellas se practicaba, según puede verse, por medio de aberturas en el lado norte.

Antes de que se llevaran a cabo exploraciones sistemáticas de este conjunto de edificios y en especial de la que se conoce como Pirámide Votiva, se tomaba como un hecho que eran éstas unas es­tructuras completamente diferentes de las del resto de Mesoamérica.

Todas las construcciones piramidales que se han encontrado en otros centros arqueológicos, son parte de un edificio, es decir, eran una subestructura sobre la que se construía un templo o un altar; en otras palabras, eran pirámides truncadas con una parte plana en su cúspide.

Se creía que la Pirámide Votiva de Chicomostoc constituía un edificio único, con paredes casi verticales, de más de 10 metros de altura y cuyos lados se unían para formar cúspide. Sin embargo, a raíz de las exploraciones realizadas por el Prof. Corona Núñez, en­caminadas a la restauración de esa pirámide, se encontraron en su base algunos escalones y se empezó la construcción del monumento apoyándose en este hecho. Se trata, por tanto, de una pirámide co­mo las del resto de México.

Estamos muy lejos de pretender una apreciación técnica sobre el valor arqueológico de estas ruinas. Nos concretamos a decir lo que vimos y a imaginar lo que nos contaron o se dice de lo que debió ser este centro en los años en que permanecieron aquí las tri­bus nahuatlacas antes de su disgregación.

Por cierto que no todos los historiadores están de acuerdo en precisar el punto donde se asentaron las legendarias tribus. Quienes señalan este lugar, se apoyan en el testimonio de algunos cronistas que así lo determinan.

Está entre ellos el Padre Clavijero que cuando se refiere a la peregrinación de los aztecas dice: “De Huicolhuacán, caminando mu­chos días hacia el Levante, llegaron a Chicomostoc, donde se detu­vieron. Hasta allí habían viajado juntas las siete tribus nahutlaques; mas en aquel punto se dividieron y pasando adelante los xochi­milcas, los tepanecas, los colhuas, los chalques, los tlahuicas y los tlaxcaltecas; quedaron allí los mexicanos con su ídolo.

“Estos dicen que la separación se hizo por expreso mandato de su dios. No es conocida la situación de Chicomostoc, donde los mexicanos residieron nueve años; yo creo, sin embargo, que debía estar a veinte millas de Zacatecas, hacia el Mediodía, en el sitio en que hoy se ven las ruinas de un gran edificio, que sin duda fue obra de los mexicanos durante su viaje”.

Torquemada al referirse a la inmigración de las tribus que vi­nieron del norte, dice que iban dejando atrás gente numerosa y que “de esto dejaron mucho rastro; víde yo a siete leguas de Zacatecas, a la parte del mediodía, unos edificios y ruinas de poblaciones anti­guas de las mayores que pueden pensarse”.

Por fin, Fray Antonio Tello, en su historia de la Nueva Ga­licia, escrita en 1650, dice al referirse a los españoles capitaneados por Chirinos: “Y se fue viniendo por el valle en que hoy está la villa de Jerez y a pocas leguas encontró una gran ciudad arruinada y des­poblada; pero se conocía haber tenido suntuosísimos edificios, con grandes calles y plazas bien ordenadas y en distancia de un cuarto de legua cuatro torres con calzadas de piedra de la una a la otra, y esta ciudad fue la gran Tuitlán, donde hicieron mansión muchos años los indios mexicanos cuando caminaban desde el Septentrión conducidos de su infame caudillo el demonio, como queda dicho por el libro proemial de esta crónica”.

Descendimos por las escalinatas a pasos tan lentos que nosotros mismos nos imaginamos participando en un ritual, uno de aque­llos rituales bárbaros que debieron escenificarse en estos sitios. Ba­jo nuestros pies pasaron hace muchos años otros pies… Quien sa­be si en este sitio, o allá, o en el ángulo de aquel lado haya tenido lugar la aparición legendaria del dios que ordenaba a los mexica­nos la continuación de su peregrinaje más al sur.

Un revuelo de nubes luminosas se prendieron en el cielo. Abajo la nopalera cerrada de estas regiones. Un águila planeaba so­lemnemente sobre la inmensidad del cielo… Allí vimos con sorpre­sa los elementos míticos de la leyenda. Qué fácil parece resultar así el bello relato que oímos desde nuestros años de infancia.

Y el aire claro, la transparente luz de estas alturas. Zacatecas está en la cumbre. Y la diafanidad del viento deja ver distancias increíbles. Allá los cerros con su blando color de aceituna. Allá el horizante teñido suavemente de violeta.

Descendimos lentamente por el caminillo que se tuerce entre rocas y nopales. En el alma llevábamos la sensación de haber pre­senciado el prodigio mitológico de la leyenda. Llevábamos la sen­sación de grandeza, de misterio; el misterio cautivador de aquel epi­sodio de nuestra historia que se desarrolló en estas ruinas a 50 kiló­metros de Zacatecas.

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