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COCULA

Estos días de septiembre, cuando Cocula se desborda en el júbilo de sus celebraciones tradicionales por la fiesta del Arcángel San Miguel, han traído en conversación muy cordial con don Nacho Ramírez, imágenes, recuerdos, sueños y fantasías vividos o entrevistos en las nieblas de una lejana infancia…

Las madrugadas de San Miguel… eran aquellas unas for­mas de celebración muy típicas en las que participaba todo el pue­blo de Cocula.

Apenas las primeras luces del amanecer y ya las campanas repicaban en el corazón de los devotos que acudían llenos de go­zo mañanero, a la capilla o enramada a que correspondía la cele­bración de la fecha.

Sombras en el amanecer que destilaba el rocío de septiembre; cielo cerrado de nubes blancas apenas teñidas de las primeras rosas rosadas que entretejen un arco de gloria por donde llega el sol. Y los milpales casi saltando por la cerca de piedra de las orillas, su exu­berante verdor y el temblor florecido de sus espigas.

Sombra y luz de aquellas mañanas de Cocula que nos des­cribe nuestro amigo con pinceladas muy vivas. Imagen inolvidable de aquellas procesiones de gentes en la penumbra de la tradición, casi luz, casi sombra, que dibujaban aquellos bultos en presurosa y go­zosa caminata hasta la enramada, una de las nueve enramadas pues­tas en diversos rumbos de la orilla de la población, en donde toca­ba el día de la novena.

Cantos, plegarias y alabanzas, por este aire de fiesta y bajo un cielo de campanas. Roncas y unciosas las voces de los hombres; lloronas y atipladas las voces de las mujeres, iban tendiéndose en el viento azul de la mañana, como una queja, como una súplica según esa melancólica entonación que tienen todos los cantos reli­giosos de nuestro pueblo, en invocación y ruego al Arcángel San Miguel.

Con las rosas de luz del amanecer, el rosario de avemarías que repetían aquellas gentes en murmullo como el de un milpar sacudido por el viento. Era un prodigio de rosas el de aquellas ma­drugadas de San Miguel: las del cielo y las del suelo, las del sol y las de aquellos corazones encendidos también como un sol, al rezo del avemaría.

Clara y fresca la mañana, abierta la luz, despejado el hori­zonte, limpio el cielo de septiembre, cuando llegaba la procesión a la orilla del pueblo. Todavía estallaban los cohetes, todavía repica­ban las campanas, pero ya, a plena mañana, verde y azul, estaba aquella muchedumbre rodeando el humilde altarcillo que se había le­vantado en el sitio que le correspondía.

Sobre unos morillos altos y delgados como una aguja, colo­caban una o varias de las “camisas” que usaban en Cocula para dar capacidad a las carretas. Eran telas de ixtle que formaban una especie de dosel o baldaquino magnífico, bajo el cual había sido co­locada la imagen del santo.

En cada uno de los mil agujeros de aquella tela de ixtle ha­bían colocado un zempazúchil, de manera que aquella tela aparecía convertida en un tapiz maravilloso, gruesa y pesada, de una delica­deza de pétalos en todos los matices del amarillo.

Sí, Don Nacho conserva esa imagen: dice que todo se volvía de un intenso color amarillo; las caras de las gentes se volvían ama­rillas, el aire se teñía de amarillo… hasta los rezos y los cantos de los devotos parecían trascendidos de aquel amarillo oro de millares de zempazúchiles. Y su fragancia, su penetrante fragancia que envol­vía a toda la población.

Como parte de la celebración, a cargo de los vecinos de aquel barrio a donde se había hecho por la mañana la procesión de un día del novenario, luego, a la media tarde, era obligada una comelitona en grandes.

La misma enramada protegía ahora de los rayos de sol, aquel tendido de cazuelas con sopa de arroz, moles colorados, gallinas en pepián, agua fresca de todos los colores, y unos manteles muy blan­cos donde eran servidas todas las personas que venían a comer.

Los mariachis de Cocula ponían su nota festiva en la reunión. Las canciones viejas, las tonadas tradicionales, interpretadas por aquellos conjuntos en su primitiva y clásica integración, estremecían de gusto a aquellas gentes.

Así hasta caer la tarde, y los zempazúchiles marchitos, mace­rados por el sol, hacían más embriagante y turbador su perfume; y los zempazúchiles del cielo, encendido y ardoroso crepúsculo, remo­vían en oleajes de una locura pintada de desesperante color amarillo, el cansancio de los vecinos del barrio.

Todavía la última imagen que guarda nuestro amigo en las entretelas de sus recuerdos de infancia: el de los hombres a caballo, vencidos por el vino, que se doblaban peligrosamente sobre el cor­cel, tiraban de las bridas sin ton ni son, y hacían pespuntear las pa­tas del jamelgo por entre la tierra suelta, levantando polvaredas que figuraban fantasmas increíbles al tras luz de la tarde pintada de ama­rillo. Las gentes remolineándose de un lado a otro, esquivando las cabriolas del jinete y su caballo: las risas, los sustos, el golpear de la tambora, el llanto de los chiquillos y la tarde ahogando más y más, en su luz amarilla, los rescoldos de la celebración.

A propósito de la celebración patronal de Cocula y de su acendrada devoción a San Miguel Arcángel, nos cuenta Don Nacho que en tiempo de la persecución religiosa, uno de los soldados del gobierno, con inaudito atrevimiento, penetró en su caballo hasta el interior del santuario de San Miguel.

Iba aquel hombre como poseído de un odio diabólico contra la fe tradicional de este pueblo, y riéndose burlescamente, se puso a balacear la imagen del santo.

Todavía hizo más, ya segado en su audacia satánica: empezó a tirar lazos a la imagen, hasta que logró enlazarla y traerla abajo del altar en tumbos que él mismo celebraba con carcajadas de de­monio. Se bajó del caballo, colocó el manto de San Miguel como su­dadero de su caballo y salió muy orondo y triunfal al atrio de la parroquia arrastrando en el extremo de su soga la cabeza del Ar­cángel.

Y dice este señor que nos refiere el hecho verídico, que pue­den testificar muchos vecinos de Cocula, que sin que nadie supiera de dónde ni en qué forma, llegó una bala y dio a aquel hombre, en salva sea la parte. Y ahí con muerte inmediata, quedó vengado su atrevimiento sacrílego.

Vinieron manos piadosas a recoger las partes de la imagen desparramadas por todos lados y con amoroso cuidado, las colocaron unas con otras encomendando a un buen escultor la restaura­ción de ésta que es la misma imagen de San Miguel Arcángel que venera actualmente Cocula.

Estos tiempos, señor; las ciudades progresan los pueblos se ponen en la línea de lo moderno, y se pierden de esta manera los matices, las tradiciones, le que daba individualidad a toda población. La televisión llega por parejo y nos pone a todos en la misma plan­cha”.

Así se expresa con nostálgico acento, nuestro amigo con quien venimos esta tarde de septiembre a conocer tradiciones y costumbres viejas de Cocula.

Pero recuerda, todavía al són de las festividades religiosas de Cocula, algunas comidas que fueron tradicionales en este lugar.

Nos habla, por ejemplo, de los “schuales”. Dice que eran és­tos como al modo de tamales. Se hacían con pinole, leche, canela y panocha. Se revolvía aquel compuesto y se ponía al horno en hojas de maíz. Envueltos así, se pegaban unos con otros, como un rosario de cuentas enormes, y era lujo de aquellas primeras gentes de Co­cula, portar aquellos collares en las fiestas, igual que lo hacen en I-Honolulú.

Estaban también los chorizos de puerco que eran sabrosísimos, por la manera de su elaboración y los olores y especias con que se les enriquecía.

Y nos pinta el caso de las tradicionales once, el aperitivo obli­gado en las familias de alcurnia en este Cocula.

Llegaba la señora trayendo una enorme bandeja: al centro de ella una ollita con puro jugo de limón y cebollita picada. Por los alredededores, bien acomodadas, muchas bolitas de chorizo par­tidas por la mitad, chorizo que antes había sido pasado por agua hirviendo. Una cucharadita de jugo de limón sobre el chorizo, un poco de salsa picante, su cebollita, y ahí se tenía el más incitante mo­do de acompañar la copa de tequila de las once.

Esto no era todo: seguían llegando platones y platitos, unos con chicharrones, otros con pico de gallo, frutitas en vinagre, etc., etc.sibaritas y comelones fueron aquellos antiguos habitantes de Cocula. Porque no contentos con el festín que correspondía a “las once” y bien animados de los humores del tequila, pasaban luego al comedor, donde se servía la sopa de arroz con sus rodajas de huevo cocido y de hígado de pollo, en vaporosos y tentadores olores; el mole de carne de puerco, el pepián, las albóndigas, los chiles rellenos.

Nuestro amigo se queda un rato pensativo. No quiere que la imagen que nos formemos de Cocula tenga que quedarse solamente en ese aspecto de glotonería, aunque todavía insiste en la presun­ción de aquellas gentes . .

– Bueno, sí, esto me lo contaba mi madre. Parece que había una tendencia común a presumir lo que no se tenía. Se paraba la señora en la puerta de su casa a ordenar el mandado y lo hacía a voces de clarinada para que oyeran todos los vecinos: “No se te olvide; chocolate, y leche y picón es de yema”. Así lo declamaba la señora a los cuatro vientos, para que luego fuera llegando la hija, de la plaza, con un tIaco de champurrado y un real de gorditas de manteca.

Nos lo ha dicho con graciosa sinceridad, como un detalle más de aquellas gentes, pero luego se pone a hablarnos de valores muy positivos que enaltecieron y tienen todavía en nivel de gran prestigio

el nombre de Cocula.         .

Está en principio de cuentas su afán de cultura. Gentes muy significativas en el campo de las letras, de la investigación científica, de la política en su mejor acepción, han salido de aquí.

Hubo desde siempre en esta población los mejores colegios que se han establecido en todo el rumbo. Un abejeo risueño de can­tos y de juventud llena las calles de Cocula a la salida o entrada de la escuela. Y esto ha sido siempre. Desde los tiempos más antiguos, Cocula ha sido la población más acreditada por la excelencia y alto nivel de sus planteles de enseñanza.

Por otra parte, situada esta población en el centro de una zo­na agrícola de mucho rendimiento, vino a ser en tiempo en que flore­cieron por esta parte haciendas muy importantes, el sitio donde aque­llos ricos quisieron vivir.

Esta es la razón por la cual pueden verse aquí casas de gran valor arquitectónico; balcones de hierros trabajados con mucho arte, portadas de cantera en elaboración de mucho mérito, ángeles que detuvieron su vuelo en la piedra, medallones y coronas imperiales, cor­nisas y molduraciones, cortinajes en la misma piedra, para dar cobijo a la entrada de casonas con patios inmensos y estancias de un carác­ter y señorío que corresponden cabalmente a aquel período de bo­nanza de las haciendas que trabajaban por estos alrededores.

Con la bonanza y desahogo económico manifiestos en estas residencias de Cocu1a, puede verse también el afán de cultura, el gusto arquitectónico, la sensibilidad artística, de que daban lección públi­ca aquellas construcciones y correspondían al ambiente general que prevalecía en el tiempo.

Por si fuera poco en la delineación humana de aquellos cocu­lenses, el testimonio de su religiosidad, de su preocupación por la enseñanza, de sus anhelos culturales y de su gusto por las manifes­taciones arquitectónicas, está también la celebridad de sus mariachis que es otro signo, de raigambre más honda todavía, y por el cual el nombre de Cocu1a ha volado por encima de nuestras fronteras.

Nuestro amigo no sabe cómo vino a resultar esto de los ma­riachis que han dado tanto renombre al pueblo. El piensa que es una herencia que viene galopando en la sangre, desde el remanso de su indigenismo. Una disposición artística que se ha filtrado en estas gen­tes, desde lejanías muy distantes.

Porque parece que un día, al estímulo más inesperado, empe­zaron a juntarse algunos señores con inclinación musical: tú, este ins­trumento, yo el otro, vamos invitando a mi compadre; y así, sin propo­nérselo realmente, empezaron a dar forma a los primeros mariachis que hubo aquí hace muchos años.

Tuvo que haber un lazo común entre aquellas gentes: el de su sensibilidad artística, el de su pasión por la música, el de su embeleso en las estrofas, los acentos transidos de su propia emoción que vibraba en las cuerdas o los instrumentos de viento.

Pero aquellos conjuntos, los mariachis de entonces, no pensa­ban sino en cumplir una necesidad, satisfacer un impulso superior de desahogo estético. Compartirlo, a lo más con los vecinos del pue­blo, en los días de santo, en los bautizos, las bodas, o en los tra­dicionales gallos y madrugadas de San Miguel.

Dice Don Nacho Ramírez que a él le queda un estremecimiento muy hondo, cuando recuerda aquella música y siente que hasta las estrellas lloraban, también emocionadas, al sonar de aquellos mariachis.

E insiste todavía en la preferente intención religiosa que en sus albores tuvieron estos conjuntos musicales, cuando eran parte prin­cipalísima en las Madrugadas de San Miguel de que nos ha hablado al principio.

Definitivamente Cocula puede decirse un pueblo en las cimas de la grandeza y perfección humana, por cuanto que en su historia intervienen los elementos indispensables de equilibrio y de supera­ción en la vida de un pueblo.

Su religiosidad como factor básico hacia un rumbo sobrenatural; pero esta misma religiosidad marcada con los signos indivi­duantes, con los colores característicos de una personalidad. Las Ma­drugadas de San Miguel fueron un poema de luces y de sombras, fra­gancias de amanecer, cantos piadosos y un viaje feliz del rosa al ama­rillo…

Su afán de cultura, su inquietud artística, su devoción por las formas de expresión de los sentimientos, pasiones y emociones esté­ticas del hombre. La arquitectura, los colegios, sus mariachis como la forma más auténtica, más popular de la sensibilidad de estas gen­tes.

y no falta siquiera su gusto en el comer que, hombres al fin, no pudieron, no pueden ser menos que hombres. Y con ello, hacen también de la comida casi un rito, y ciertamente una tradición en-. trañable que aglutina las familias, que da forma a un pasado, que sostiene un andamiaje, el más humano de los andamiajes por donde Cocula sigue siendo ahora -pese a la embestida progresista- mu­cho de lo que fue.

Por eso seguirá hablándose de Cocula en nuestras canciones como de una tierra, que es menos intereses materiales, para ser toda canción, toda ensueño, toda tradición, toda luz y fantasía de las có­sas que van más allá del tiempo…

…esa tierra de Cocula, que es el alma del mariachi…

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