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CUQUÍO

Veníamos buscando un rastro. Esta tierra suelta pudo delinear la forma de su pie. Debajo de aquellos pinos debieron sentarse a descansar más de alguna vez. Sin duda llegaron a beber el agua de este arroyo.

Han pasado más de cuatro siglos desde aquella aventura gue­rrera. Quienes en ella contendieron, respiraron este mismo aire, con­templaron este paisaje de pinos y de robles que luego dejan el campo libre a los llanos inmensos de Cuquío. No lejos de aquel horizonte que se nubla de polvo está Tacotán y luego el Cerro del Mixtón.

Al encuentro de dos civilizaciones, al choque de dos razas, se estremeció la tierra, tembló y torció su rumbo la historia de la huma­nidad. Las flechas envenenadas oscurecieron el valle, el humo de los arcabuces manchó la limpidez del cielo…

Y de aquel torbellino de gritos de desesperación, de muerte, de maldiciones; del derrumbamiento de unos dioses y de las lágrimas de los vencidos, empezó poco a poco a retoñar la nueva civilización que amalgamaba en sí algunos elementos de las partes en pugna.

Re­toñó a la primavera de nuevos días la espiga de piedra que todavía, a la distancia de cuatrocientos años, está señalando el sitio donde sucumbió un pueblo y donde se irguió otra cultura, otra lengua, otra religión… Son las torrecilIas que por toda la altiplanicie marcan el sitio donde se fundaron pueblos de alguna importancia entonces y hoy apenas un caserío derruido que no guarda sino el nombre de su significado histórico.

Veníamos buscando los rastros que quedaron de aquellas lu­chas, de los titubeos que antecedieron a la fundación definitiva de la Nueva Galicia. Desde aquí se tramó todo, desde este aire empezó a deletrearse el nombre de Guadalajara. Algo de aquello podría encon­trarse todavía…

– Usted habla de los tiempos de la Conquista, y cree cosa muy sencilla hallar flechas de indios, brazaletes de oro; acaso armas de los españoles, o bien a bien ¿qué es lo que anda usted buscando?

Nos condujeron amablemente a la Presidencia Municipal de Cuquío, y ahí, en un muro de su salón principal nos mostraron un es­cudo indígena labrado en piedra de castilla. Los toscos signos se en­redan y desdibujan en la dureza del material.

Este escudo fue encontrado indudablemente en algunos de los núcleos indígenas que en los alrededores de Cuquío mantienen toda­vía el aire cerrado de muchas tradiciones que vienen arrastrándose desde los tiempos de la Conquista… Con buen sentido la empotra­ron en este muro de la Presidencia; aún colocaron una interpretación de lo que aquellos rasgos contienen…

– Ahí tiene eso. Seguramente esa piedra fue labrada mucho antes de que vinieran los españoles. ¿Ya ve que no echó su viaje de balde? ¿O buscaba otras cosas? Díganos, díganos.

Nos dijeron que por aquí en una de las rancherías del Muni­cipio, guardan la silla de Pedro de Alvarado; que es la mismísima silla que usaba el caudillo en sus andanzas por esta región. Entendemos que se trata de la silla de montar, la cual, nos dicen, no tiene otra par­ticularidad que la de su madera apolillada y su cuerpo ennegrecido y roñoso por el tiempo; que la han conservado con todo cuidado desde hace muchas generaciones con esa certeza, con esa indiscutible au­tenticidad que ha sido garantizada de padres a hijos.

Y nos dicen todavía que cuando un gobernador de Jalisco se dio cuenta del valor histórico de aquella silla, mandó a una persona que la recogiera para darle un lugar conveniente y exhibirla como una reliquia ligada a la historia de Guadalajara. Quienes guardan tal ob­jeto no dijeron que no al representante de la autoridad, que esperara un poco mientras iban a traerla… Y trajeron otra silla casi igual de vie­ja, pero ellos siguen guardando todavía, en reservado esmero, la ver­dadera silla de Pedro de Alvarado . . .

No va a decir que tendrá que regresarse con las manos vacías.Aquí están las pruebas de lo que todo este rumbo significó en los tiempos de la fundación de Guadalajara. Usted que buscaba rastros de todo aquello y bien que se ha surtido; ya lo vemos apunte y apunte en su libreta…

Uno de los sacerdotes de la Parroquia y don Lupe Figueroa nos hicieron el favor de llevarnos al Rancho de Teponahuasco, un caserío derruído por los siglos y cuya historia data de los mismos tiempos de la Conquista.

Teponahuasco debió tener su importancia en aquellos siglos. To­davía hay ruinas que dejan ver lo que fue. Sobre todo, se conserva en este antiguo poblado un Cristo de tamaño natural que, dicen de buena fe, obsequióles el Emperador Carlos V. No se tiene ningún do­cumento que lo testifique; tampoco saben de algún historiador respon­sable que lo haya averiguado en este sentido. En realidad no necesi­tan nada de esto. Las gentes lo saben así: siempre se ha dicho así. Con eso basta.

Dos señoras de rasgos indígenas y de tímido retraimiento, a la puerta de sus miserables viviendas de adobe, nos cuentan al­gunos hechos prodigiosos de este Santo Cristo de Teponahuasco a quien acuden en romería tradicional, los viernes del año, gentes de toda la comarca.

– La verdad, no sabemos qué es lo que usted busca. Quería una demostración, cosas que le hablaran de lo que fue toda esta re­gión en tiempo de los españoles; pero no sabemos exactamente qué es lo que usted desea… Mire, mejor déjese de problemas, vaya dere­cho al Sr. Cura. En la parroquia debe haber libros de los tiempos más antiguos. ¿O no es eso, en resumidas cuentas, lo que mejor le acomoda?

En realidad, no quedó por falta de datos. Referencias muy in­teresantes nos fueron dadas por vecinos de esta región. Rumbos y se­ñales que establecen la antigüedad de los poblados y rancherías que tienen como cabecera a Cuquío y que tuvieron todos una intervención muy destacada en la conformación histórica de nuestra capital.

Que nos convenía visitar el rancho de Juchitlán; que ahí está ni más ni menos que Tacotán, todavía con el rastro desleído de lo que quiso ser la cabecera de la Nueva Galicia.

Que no estaba por demás darse una asomada al Rancho de Ocotic, donde se conserva un archivo indígena, dibujado en pergamino auténtico, con informaciones que pueden ser muy interesantes acerca de los impuestos que pagaban los indios de aquella época a la Corona de España.

En caso de ir al Rancho de Contla, no dejáramos de asomar­nos al bautisterio de la iglesia, que tiene uno pila enorme, labrada preciosamente en piedra dura, y con los escudos del propio Rey Español.

La iglesia de Cocoala, en caso de que nos animáramos a llegar hasta aquel rancho, nos iba a sorprender por la belleza arquitectónica de su construcción; una verdadera joya de cantera que en pocos luga­res puede verse igual.

También aquí habría muchas cosas dignas de verse; también Cuquío tiene su historia; si no queríamos ir más allá, la observación detenida del pueblo iba a interesarnos… Pero que nos fijáramos especialmente en el Barrio del Rincón; aquí estuvo el pueblo primitivo; esto fue lo que existió en épocas de la Conquista; puros indios aquí y tan renegridos y feos que por pura gracia les llamaban antes “los lomos azules.

Nos quedamos en Cuquío. Entre oleajes de una tierra liviana, de un polvillo finísimo que sube en torbellinos y ciega todo rumbo. Eran los días cuaresmales; la sequedad y el silencio del campo. Los llanos inmensos tendidos en una desesperante sequedad. Tiembla el horizonte al calor ardiente de la parasceve y gime el aire con el acen­to doloroso de un responso ritual de viernes santo… Así llegamos a Cuquío y así optamos por quedarnos ahí.

Todo marcha bien hasta Ixtlahuacán del Río. Pero ahí tuerce la brecha a mano de persignar y esto es dar tumbos, saltos y brincos por un camino que se abrió en la tierra suelta hace nueve años, sin que desde entonces se haya hecho nada por arreglarlo.

Primero se pasa por una sierra de pinos y robles en rumor fresco de retoño nuevos. La sombra acogedora, el verde recién nacido, las nubes, el cielo claro. Imposible olvidar el último momento feliz ahí vi­vido… porque luego hay un cambio brusco, luego viene la noticia desesperante de las llanadas interminables de polvo y sequedad.

Y no sabe uno en qué momento, ni espera uno nada cuando ya está dentro de la población de Cuquío. Sus calles, sus casas, sus balcones, sus tres iglesias venerables, el aire del pueblo, las man­chas de lluvia en los muros, todo lo que uno va encontrando habla de la antigüedad de este pueblo, de su importancia, del desahogo eco­nómico en tiempos pasados.

Y nos pusimos a indagar sobre la vida de la población, sus particularidades, las fuentes de riqueza, sus recursos, sus carencias.

Sabemos que Cuquío, cuyo nombre tiene el significado de “tierra de zapos” por las condiciones de humedad excesiva que dan lugar a muchos sitios pantanosos, tiene en eso mismo posibilidades muy es­peciales para la agricultura. La conformación del terreno no permite la erosión, el clima es benévolo, la humedad del suelo le ayuda en épocas de sequía… Total, que en todo esto tiene las mejores condi­ciones para una agricultura floreciente.

Dicen que a Cuquío se le ha llamado el Granero de los Altos, porque asentado sobre la misma altiplanicie que ha hecho famosa a aquella región, y aún cuando el ambiente es otro y las comunicaciones no ayudan en nada a su desarrollo, tiene en cambio una riqueza agrí­cola que ni con mucho pueden soñar los pueblos de los Altos.

Las toneladas de maíz que se sacan se cuentan con varias ci­fras. Así también son notables las cantidades de otros cultivos como el tomate de cáscara y el trigo.

Está todavía el producto que se obtiene de la ganadería; en esto también es uno de los municipios más ricos de Jalisco. No hay gente que no tenga sus cabezas de ganado.

Y ahí está la elevada cifra en litros de leche que pueden ob­tenerse, aunque de hecho no se explote esta riqueza en toda su posi­bilidad, pues la dificultad de comunicación no permite sacar este pro­ducto. Lo único que puede hacerse son quesos y panelas, y por cierto de muy buena calidad, pues la leche íntegra, sin descremación, es pro­cesada de acuerdo a los tradicionales sistemas que dan el mejor queso y las mejores panelas.

Con ello, Cuquío va avanzando por su camino. Lleva el recuer­do de los hechos históricos que se escenificaron aquí. Luce con orgu­llo la placa que en una casa de la población testifica que ahí pasó la noche el Sr. Cura Dn. Miguel Hidalgo y Costilla a su paso para el norte. Guarda el valor arquitectónico de fachadas que tienen un mé­rito innegable, pero sabe que no puede quedarse en el pasado, que tiene que avanzar, que tiene que desarrollarse a metas más altas.

Cuquío, tan cerca de Guadalajara y tan lejano, está pidiendo una atención de los problemas que aquejan a esta población que pres­tó el escenario para que allí se empezara a forjar Guadalajara.

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