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DEGOLLADO

Jugueteaban a la luz dorada del atardecer los adornos de pa­pel de china que tendieron de lado, por todas las calles de la pobla­ción. Ya desteñidos los colores, ya rota la filigrana de los lazos, pero todavía aleteando vivamente, todavía tironeándose con el viento, todavía en estos adornos la huella festiva que dejaron las solemnidades patronales de la población.

En la altura de aquella meseta, la luz parece más límpida; como si el viento helado viniera a purificar el aire, y las cosas pu­dieran verse en su exacta desnudez, en la impresionante exactitud de sus contornos.

Estamos en la población de Degollado, el último municipio de Jalisco en colindancia con el Estado de Michoacán. El último y primero en el paso de la carretera que llega, para dar el saludo jalisciense de dos torres que se afilan en milagro de cantera color de rosa.

Uno puede venir todavía a distancia de kilómetros y desde allá contemplar esas dos agujas gráciles y leves, levantadas a una altura de verdadero prodigio, como si desde allá estuvieran llamando, como si fueran la seña característica de Jalisco; una invitación a lo sublime, a lo alto, a lo grande.

Y el aire frío y la luz roja y la tierra encendida y el quieto abandono de unas callecitas trazadas en simetría geométrica… Eso es Degollado.

El saludo de los vecinos, discreto y gentil. Hay en las perso­nas una cuidada formalidad: son cordiales y atentas hacia el visitan­te, pero no extreman obsequiosidades. Saludan, hablan, responden con corrección y mesura, nunca en redundancias zalameras.

Quisimos entrever en el gesto exterior de los habitantes de De­gollado, la modalidad característica de su alcurnia. Tienen el temple del hombre de Los Altos: caballerosos y cordiales, pero al mismo tiem­po sobrios y reservados.

Así, aventurando por las interioridades de este temperamento, buscamos la conversación de una persona que pudiera hablamos de Degollado. A los diez minutos estábamos ya escuchando la relación de cifras y acontecimientos que dan la fisonomía cabal de este pueblo.

Estamos sentados en una banca de madera lustrada por vie­ja, en el pulimento de las generaciones que han venido a sentarse aquí a la espera de algún negocio que tuvieron que tratar en esta oficina.

Un escritorio apolillado y despintado de caoba que puede ape­nas la carga de los libros venerables que reposan sobre él. Una máquina moderna de escribir, pone el contraste inesperado en este ambiente de formalismos protocolarios y de rancios procedimientos que deben seguirse todavía en el trámite de los asuntos que aquí se arreglan.

Y el señor que nos atiende… Nunca faltan en los pueblos esos señores obsequiosos y atentos, amantes de muchas caravanas y ademanes expresivos en el desarrollo de una conversación. Puede dar­se el caso de que uno mismo sea notario parroquial, juez municipal, director de la banda y maestro de la escuela .

Son personas de un ascendiente definitivo, de una influencia decidida en el vecindario… Don Pepe, Don Lupe, Don Paco . Siempre el “don” y muchas veces el diminutivo, la forma popular del cariño y el respeto que se les guarda.

Hemos venido a dar, sin esperarlo, con uno de estos señores de relevancia incuestionable en la vida de Degollado. El tiene a la mano todos los datos que le pedimos, él conoce el santo y seña del vivir de este municipio, él mismo recuerda hechos históricos de mu­cha significación en Degollado… ¿Qué más podíamos pedir?

Nuestro amigo ha dejado sobre el escritorio el grueso libro don­de hacía quien sabe qué anotaciones con una caligrafía de preciosos y adornados rasgos. Ha cerrado el libro y ha colocado sobre él sus manos en espera de las preguntas que queremos hacerle. Los dedos entrecruzados dejan traslucir una disimulada nerviosidad, especial­mente en la manera como frotan y se retuercen sobre el dorso de la mano.

Y todavía, en modo más explícito, su aclaración.

– Oiga, señor: y si me equivoco de repente en las preguntas que usted me haga.

Le hemos dicho que no hay en ello ninguna importancia, pues no se trata de otra cosa que de una charla informal, de una curiosidad nuestra por conocer algunos detalles de la vida de Degollado.

Nuestro amigo que desempeña, -ya lo insinuamos- un pues­to muy importante en Degollado, conoce datos estadísticos de interés; así el fundamental de la población que llega a 8,000 habitantes en la cabecera y a 20,000 en todo el municipio.

Degollado no tiene muchas fechas en la historia.

Así nos dice el señor. Dos fundamentales se mencionan tan sólo: la de la erección del antiguo poblado en municipio, que fue el año de 1862 y la de la erección de la parroquia que tuvo verificativo en 1911. De allí, sólo se conservan datos más o menos vagos de una capillita dedicada a San Ignacio, en torno a la cual se fue agrupando el caserío: chozas humildes, contados los vecinos y el nombre primi­tivo de la aldea, conocida como San Ignacio de los Encinas . . .

Sí, nos dice nuestro amigo, que todavía a principios de siglo, había en los alrededores un encinar tupido que originó sin duda el primer nombre. A la fecha, se guarda aún de aquellos días, una devoción entrañable a San Ignacio, y la imagen de él, como patrono de la parroquia.

Entre las construcciones antiguas que tienen en sí mismas el vestigio tradicional de los días lejanos de Degollado, pudimos ver y maravillarnos de la vieja casa de ejercicios, contigua al Santuario de San Miguel. Esta misma iglesia de construcción armoniosa y de una torre esbelta que se lanza al cielo en la gallardía de su cantera color de rosa, habla de la antigüedad de esa advocación a la cual fueron encomendados muchos de los pueblos antiguos y luego la mencionada casa de ejercicios, con sus portadas de nobles moldura­ciones, sus claustros interiores, la sólida y bien trabajada construcción de sus celdas… Por desgracia, hoy todo en ruinas pues al enajenar­la el gobierno no hizo otra cosa que dejar caer todos los techos y per­mitir que ésta que debería ser una reliquia arquitectónica y de mu­cho valor histórico en la región y en el pueblo, se convirtiera en un hacinamiento inmundo de escombros, de suciedad y de basura.

Nuestro amigo no sabe decimos a qué se debe el cambio de nombre San Ignacio de los Encinas, por el de Degollado. Dice que el célebre gobernador de Jalisco a cuya memoria fue bautizado el pueblo, nada tuvo qué ver con este lugar. Ahora se puede ver una plazuela bien arreglada y en la parte central, la rígida efigie de don Santos, con sus lentes de aro bien redondeados, sus barbas de chivo y el terrible sable fajado a la cintura.

– Quien sabe, quién sabe de dónde vendría la ocurrencia de ponernos el nombre de don Santos Degollado. A no ser que fue­ra . a no ser que se nos considerara un pueblo de “degolla­dos”… Le digo esto por lo que le voy a decir después . .

Nuestro amigo es una enciclopedia abierta. El es sin duda el hombre clave en Degollado. Se trata, ya lo dijimos, de esas personas reconocidas por su sabiduría, por su integridad y por los diversos e importantes cargos que desempeñan.

Ahora la voz de este señor se torna de pronto grave y rese­ca. Hay modulaciones de una impresionante severidad. Va a ha hablarnos de una tragedia, de un recuerdo pavoroso que lleva Degolla­do en su historia. Algo nos había apuntado de esto cuando se trató del nombre de la población. Vino el tema de nuevo al preguntarle de alguna anécdota, de alguna tradición interesante.

– Señor, la tragedia de Chávez; aquí hubo una catástrofe tre­menda… Sabe que aquí acabó con el pueblo ese Chávez. Era él un tal Inés Chávez quien, por más señas, el ano de 1917, convirtió la Noche Buena, del 24 al 25 de diciembre, en una noche de horror y sangre.

Se descompone la voz de nuestra amigo en la inflexión doloro­sa de aquellas escenas que él mismo presenció, pues tenía entonces unos 11 años de edad.

Dice que el tal Inés Chávez, era un bandolero muy salvaje que capitaneaba una gavilla de 2,000 forajidos y que tenía asolada la región, asesinando y robando. Así, aquel trágico 24 de diciembre mandó recado a la población de Degollado diciendo que quería pa­sar la noche allí, que no iba a causar ningún perjuicio siempre que se pusiera en la torre una bandera blanca como garantía de que na­die trataría de estorbarlo.

La relación continúa, a veces en un crescendo airado, y a ve­ces viene a caer en un moderato sordo y desgarrador . .

Resulta que unos señores de apellido Curiel, principales del pueblo, dueños de grandes riquezas y que controlaban la vida de De­gollado; muy rectos y caritativos ellos, pero también muy enérgicos y con mucho dominio sobre el vecindario, contestaron a Chávez que en lugar de bandera blanca, lo iban a esperar con una buena dotación de balas.

Y empezó el combate a las nueve de la mañana. Unos 50 hom­bres de Degollado estuvieron resistiendo durante el día la acometida de la gente de Chávez hasta que al caer la tarde tuvieron que desistir.

Entonces entró el cabecilla con toda su gente y empezó la carnicería sangrienta. En unos fresnos grandes que había alrededor de la plaza, col­gó a más de sesenta individuos, gentes pacíficas y honorables que no tenían nada que ver en el incidente, pero contra las cuales se ensañó el bandido con más encono.

Luego la chusma se puso a saquear y quemar las casas del pueblo, al grado de dejar convertidas en cenizas dos cuadras en torno de la plaza. Las mujeres fueron entregadas a los facinerosos y bur­ladas de manera cínica en presencia de los padres, de los esposos… Fue una noche horrible… lo dice así nuestro amigo con la boca seca y la respiración cortada por la emoción y el terror que han venido a su memoria al revivir aquellas horas.

Y nos precisa todavía algunos detalles: dice que Chávez era un hombre chaparrito, de aspecto insignificante y vulgar… Que allá, en aquel sitio, se puso a contemplar las maniobras de sus hom­bres, sentado en un equipal de cuero, gozando y celebrando la preci­sión de uno de sus asistentes que, haciendo columpiar los cuerpos de los colgados, se ponía a recibirlos con un verduguillo, despeda­zándolos salvajemente

Que entre tanto, una banda de múslca que venía con los asal­tantes, tocaba diversas piezas populares. Nuestro amigo se acuerda especialmente de la marcha “Honor y Gloria” que parecía ser la pre­ferida de Chávez.

Tal fue el espectáculo macabro de aquella noche, alumbrada por mechones de acote y por el fulgor siniestro de las fincas incendiadas

y de los muebles de las casas que ardían a media calle. La sangre, los cuerpos despedazados, y aquel bruto a pierna cruzada, desde su equipal, llevando el compás de “Honor y Gloria” con mo­vimientos de cabeza, o intercalando a veces las risotadas más cínicas, cuando el asistente podía acertar mejor el golpe del verduguíllo so­bre los vecinos sacrificados.

De aquello quedó, como recuerdo, un monumento levantado no hace muchos años frente a la iglesia parroquial, un monumento donde puede verse la figura de un ángel de mirada y actitud entristecida, que sostiene en sus manos una corona y una palma, como emblema del martirio a que fueron sometidos aquellos honorables vecinos.

Y dice nuestro amigo que a raíz de todo aquello, el Excmo. Sr. Ortíz, Arzobispo entonces de la Diócesis, sugirió que se le pusiera a Degollado el nombre de Resurrección, puesto que se había levan­tado de entre el hacinamiento de cadáveres y escombro. Que el lla­marlo Degollado era una alusión de hiriente y ofensiva crueldad; tan­to, como recalcar la dolorosa historia de aquella noche bestial.

Pero vuelve uno la hoja, despierta del espanto de aquella no­che y se encuentra con una población en desarrollo económico, en una conformación urbanística bien realizada, con una escuela, una pla­za municipal, un jardín, unos portales, todo lo que puede pedirse en su presentación al pueblo más adelantado.

Contrastes. El encuentro de impresiones tan diferentes. La sen­cillez y cordialidad de las gentes, con su actitud de todas maneras precavida y moderada. El recuerdo de un nombre; San Ignacio de los Encinos y el bautizo posterior con el nombre de Don Santo De­gollado. La pesadilla angustiosa de un hombre que vino a cometer tropelías sin cuento… Contrastes

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