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EL CEBORUCO

Hemos venido a otro mundo. Ahora podemos preciarnos de una visión celestial que no ha tenido la mayoría de los mortales.

Hay un gozo inexplicable en la contemplación de estas luces que nos envuelven en la altura y desde donde podemos abarcar las distancias, envaguecidas de azul.

Pero nos ahoga también una sensación de angustia nacida de esas abras profundísimas de pulida obsidiana, ese erizamiento de pu­ñales de lava que vinieron a cerrarnos el paso.

Y el llanto del viento, un aullido frío y lastimero producido en el corte filoso de las rocas, nos estremece interiormente.

No como quiera se deja humillar el Ceboruco; su grandeza im­ponente bruñida en roca negra que hirvió muchas veces en una hor­naza infernal, se defiende del advenedizo.

Y va contando los pasos extraños y va mordiendo las plantas de los atrevidos, va presentando el escalofrío de sus abismos y va atravesando los filos cortantes de sus rocas.

Cuando llega a dominarse el engreimiento de aquellas cum­bres, cuando están por pisarse los peldaños, a pausas de un silencio apagado, empieza el lamento quejumbroso del aire: es la montaña que llora su afrenta. Vivíamos al ras del suelo y ahora ponemos el pie donde anidan las águilas, donde se desmadejan las nubes.

Una vereda de piedras va retorciéndose aquí y allá por entre los pastizales secos. A los primeros tramos es frecuente el encuentro de un arriero que viene con sus burros cargados de leña.

El saludo extrañado de aquellas gentes. No saben, no entienden qué pueda llevarnos por rumbos tan desusados.

Camina uno más y más entre el breñal que esconde en veces la soberbia de la cumbre más alta que no deja de parecer imposible.

Vamos ya con una sed desesperante. Qué imposible va a ser encontrar aquí un ojito de agua.

Hay que sostenerse en las decisiones, hay que templar la voljuntad, hay que seguir más arriba enredándonos en esta culebra par­da, en este camino que no deja de retorcerse por entre el pajonal muerto.

Ya a medio camino podemos detenemos un instante a tomar el aire que empieza a aletear, y podemos columbrar desde aquí un mundo maravilloso.

A nuestros pies se contempla el caserío de Jala y de Jomul­co. Y las llanadas que estaban preparándose para la siembra, cerros y montañas que quedan abajo de nosotros y un horizonte perdido entre una humareda azul de lejanía.

El tiempo que nos habían anticipado necesario para la ascensión se ha cumplido ya, y todavía estamos muy lejos del picacho final.

Hay algunos pinos en esta parte alta, ya casi para llegar a la última cumbre; pero se interponen también tramos de roca desnuda de toda vegetación, abismos más profundos, montículos de lava y un ambiente de soledad y un silencio herido a pausas por los lamentos del viento, que van aumentando en nosotros una sensación de an­gustia.

Nos acordamos del pasaje evangélico de las tres tentaciones.Este escenario corresponde a los términos de aquel relato misterioso.

En la aterradora soledad de esta montaña no es difícil sucumbir al deseo de pedir que las rocas se conviertan no ya en pan, sino al menos en una gota de agua.

No parece extraño el halago de sentirnos dueños de todo aquel dilatado horizonte que dominamos a la vista; o de querer protec­ción para nuestro pie o para nosotros mismos en la inminencia de rodar por uno de estos desfiladeros hasta la eternidad.

Con todos los misteriosos atractivos que tuvo el ascenso a las cumbres del Ceboruco, había uno más, el de irnos a encontrar allá con un hombre que vive como un ermitaño, sin ninguna comu­nicación humana.

Se tienen montadas en aquella altura las instalaciones de una planta de micro-ondas. Desde un determinado punto empiezan a divisarse la caseta de máquinas y la estructura que sostiene esos platos-espejo de tales estaciones.

Un hombre cuida todo esto. Pero la misma altura, la inaccesibilidad de la montaña hace que este hombre viva desligado de los suyos, solo en la inmensidad de aquella cumbre.

Nos llamaba mucho la atención las circunstancias de una vida así, y el conocer la mentalidad de un individuo, colocado entre el cielo y la tierra, encima del ruido mundano.

A distancia de unos 200 metros del picacho final alcanzamos a divisarIo en lo alto de unas rocas. Lo vimos brincar entre pañascales como animal salvaje. Lo seguían dos perros. No podemos negar que sentimos temor, que nos llegó un golpe de desconfianza: no sabíamos cuál podía ser la reacción de aquel hombre ante quienes llegaban a profanar su retiro.

Amistoso y sonriente fue él mismo a abrimos la puerta del co­rralón que circunda las instalaciones de la planta de micro-ondas.

Tenía ganas de hablar, tenía verdadera hambre de oír la voz humana, de sentir la presencia de seres como él.

Nos lo manifestó así tanto en sus palabras como en las expresio­nes de contento con que nos rodeó, nos preguntó, nos explicó, nos trajo de una parte a otra para divisar los dilatados horizontes.

Su jovialidad y fácil conversación revelan en él a un individuo de temperamento normal, por más que en ratos tenga actitudes que lo hacen aparecer como un enajenado. Es sin duda por el peso de aquella soledad, por la carga angustiosa de aquella incomunicación.

Nos ponemos a pedirle sus impresiones, que nos cuente cuál es su estado de ánimo, cómo sobrelleva aquel destierro…

“No crea que es tan duro. Uno va acostumbrándose a todo. Claro que a veces llega a sentir una cosa muy fea. Imagínese usted, un día sin hablar, y luego dos días, una semana, meses enteros. Hay ratos, como le digo en que siente uno, horrible desesperación; dan ganas de gritar, de cantar, de decir maldiciones, de golpear las pie­dras.

Mientras nos dice esto, se le ha descompuesto el semblante.Una vehemencia interior lo estremece sensiblemente. Luego esboza una sonrisa y continúa:

“Pero no, esto pasa pronto. Cuando me llegan esas ansias aga­rro pal breño como si estuviera loco; con eso me calmo y empiezo a vivir otra vez como a diario.”

Nos cuenta este hombre que él está atento al paso del día. Conoce desde esta cumbre suya, cada uno de los momentos de la luz del día en su camino; que los momentos más hermosos son aquí los del amanecer.

Y se siente inspirado para describirnos cómo empieza a barrun­tarse desde allá, desde el filo de aquella sierra que apenas columbra­mos ahora, un hilito blanco de luz.

Ya viene el día. Nadie sabe cómo empieza a iluminarse el aire, cómo empieza a tomar fuerza aquella luz hasta que aparece el sol.

Nos cuenta con detalles a su manera, cómo se desarrolla y pasa el día y nos habla también de las temporadas del año, entre las cuales, la más difícil y la más triste es la del tiempo de lluvias.

“Entonces sí es duro. Una neblina oscurece todas las cosas.No se ve a lo lejos; aquí está uno como arropado en la oscuridad de la neblina, sin saber ni qué horas son, ni cómo se va acabando el día…

“En veces, un ratito de sol, y otra vez la neblina… Si no fuera porque en ese tiempo sube mucha gente, quién sabe qué haría para aguantar esos días pegados con la noche como si fuera una pura no­che”.

Dice que nunca ha sentido miedo de nada. Quién puede subir hasta acá y causarle algún daño.

El único temor que ha sentido es el de los alacranes y las víbo­ras Entre estas rocas, por entre estas piedras se cría toda una varie­dad de bichos venenosos. Y piensa en la desgracia de un piquete de alacrán, ¿qué suerte puede esperarle acá, sin recursos de nada?

Nos despedimos cordialmente de aquel hombre y dimos la es­palda a la montaña. El camino está arreglado pero no deja de ofre­cer el riesgo de sus abismos a los cuales puede caerse en el menor descuido.

Sentíamos que íbamos saliendo de un recinto venerable, que transponíamos los umbrales de un sitio augusto, donde moran el viento, las nubes y la impresionante agresividad de unos riscos acomodados ahí a impulsos de la titánica fuerza que brotó del centro de la tierra cuando la última erupción del Ceboruco.

Llevábamos con nosotros la impresión de soledad y grandeza, enmedio de ellas la sencillez de un hombre que vive en aquel reino extraño.

Trayendo con nosotros esta emoción y este recuerdo, volvíamos por una y la otra vuelta en que se desenreda el camino, entre espineras y piedras que cortan la planta del pie.

Allá está la cuadrícula bien formada del pueblo de Jala: ar­boledas frescas, planicies donde empieza a pintarse el trabajo de la siembra, y unas nubes en el picacho de aquellas cumbres que dan a la otra sierra, mensajeras de un aguacero para esta noche.

Nosotros, desde hoy, no seremos los mismos. Al retornar a nuestras tareas cotidianas, guardaremos como un privilegio sobre los demás, esta hazaña: hallamos la última cumbre del orgulloso Ceboru­co.

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