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HUICHOLES

Nos dijeron que en San Andrés Coamiata, Jal., se congregan las diversas comunidades de huicholes a celebrar con solemnes ritos la Semana Santa.

Y fuimos.

Lo que nos habían informado, las providencias que tomamos contra las posibles dificultades de alimentación, de albergue; los preparativos hacia todos los riesgos que la imaginación nos dibujó, se desvanecieron en el momento en que la avioneta tocaba tierra en la pista de San Andrés.

El mundo de los huicholes queda al margen de lo que pueda decirse, de las descripciones que lleguen a hacerse, las precauciones que lleguen a tomarse antes de introducirse a él.

San Andrés Coamiata se compone sólo de unas cuantas cho­zas de zacate, desparramadas en un claro del bosque.

En esta misma extensión y en medio de aquellas humildes viviendas de color pardo, se levanta la construcción mayor que corres­ponde a lo que fue la capilla del culto católico levantada por los misioneros en el siglo pasado; llegó a convertirse en ruinas y los hui­choles la reconstruyeron tomándola para sus ceremonias religiosas

También a inmediaciones de la capilla pueden verse las edi­ficaciones levantadas por el Instituto Nacional lndigenista, a base de láminas de asbesto en los muros y en los techos.

Nos habían hablado de San Andrés Coamiata como de una población, del sitio donde habían de celebrarse importantes ritos. Es­perábamos un caserío dispuesto formalmente, y los preludios de la so­lemnidad en la emoción de los rostros, en los adornos, en los movi­mientos de sus visitantes.

Apenas se presentía la inminencia de las festividades en el arribo constante, callado, de las caravanas de huicholes que iban llegando al lugar. Era la mañana del miércoles y, como en la víspera de la parasceve que narran los evangelistas, estarían llegando por todo el día las multitudes, a la celebración del cordero pascual.

Creemos que, efectivamente, lo que La Meca a los musulma­nes, Jerusalén a los judíos, ha venido a ser San Andrés Coamiata para los huicholes: sitio espiritual de concentración, escenario para unos ritos y una liturgia sorprendentemente tejidos al rescoldo de un cristianis­mo que dejaron los misioneros, y del paganismo que viene de mucho más allá de una distancia de siglos, en el trotar silencioso de esta estirpe…

La elección misma de este sitio para la celebración de la Semana Santa, no pudo hacerse al acaso. San Andrés se asienta prácticamente sobre una meseta levantada a unos 1.800 metros sobre el nivel del mar; al borde, al menos por uno de sus vientos, de una profundidad impresionante en la que se columbran, con vaho de leja­nía, rugosidades, picachos y arrecifes de pura piedra, suspendidos sobre la garganta central.

Y en todo aquel abismo revuelto en golpe de luces y de sombras, los puntitos apenas perceptibles de un jacal, de una choza, de una vivienda puesta temerariamente al filo del peñasco.

Al establecer sus ritos en la elevada meseta de San Andrés, pensaron sin duda los huicholes que la altura los acercaba más a la divinidad, que como aquellos hombres que en el relato evangélico, una vez, “subieron al templo a orar”, ellos también tenían que subir a esta cumbre y desde aquí ofrecer sus sacrificios, implorar la bendi­ción de sus sacerdotes, entregar a Dios o a los dioses de su teogonÍa, la ofrenda de su adoración…

De todos los rumbos, sin guía precisa de un camino y sólo por la dirección de los vientos o del trayecto del sol, vienen llegando más numerosas caravanas de huicholes. Hoy, todas las rancherías que vimos desde el avión, o las que se divisan hacia el voladero el Ce­rro Chino, La Pitaya, Huaistita, Jesús María, Santa Clara, Santa Lu­cía, La Guayaba y otros mil puntos que no llegamos a retener en la memoria, tienen como centro de convergencia la meseta de San An­drés.

Las mujeres con los niños más pequeños atados a la espalda, los grandecitos saltando por entre las piedras, y los hombres detrás, con la expresión sin expresión de sus rostros hiératicos y todos con paso firme que no sabe de cansancio ni de escollos.

Habría tema para detenernos en diferentes detalles que confi­guran el temperamento huichol: la forma con que saludan a sus co­nocidos, apenas rozándose ligeramente las puntas de los dedos; el tono en que platican entre sí, con registros que van del ronco y grue­so hablar, a la más tierna y cariñosa entonación con que repentina­mente cambian la voz; la impedimenta simplísima en la que no se incluye ni frazada, ni ropa, ni bastimento, ni nada…

Van a la fiesta, van a rendir culto a la divinidad y piensan que todas esas cosas vienen en añadidura frente a una sola necesaria.

Las comunidades diferentes se van agrupando en la espaciosa explanada que tiene a su frente la capilla y se salpica de una que otra choza. Cada una levanta una especie de corral o patio particu­lar con ramas de árboles. AlIí se van juntando los que pertenecen a tal comunidad, colocando en sitio visible una vieja caja carcomida que al parecer llegó a hacer el oficio de “sagrario” en el cuIto católi­co, y hoy sirve para transportar el “dios particular” la imagen que se venera dentro de cada grupo.

Se trata siempre de imágenes toscas, sucias, fetos desbarata­dos, repugnantes por su forma, por los pegotes de sangre y de cier­tas tintas que extraen de determinadas plantas . . .

Dentro del ritual religioso de los huicholes, poner sobre sus imágenes un manchón de tinta o un poco de sangre de la víctima sa­crificada tiene, a lo que vimos, un sentido litúrgico esencial.

El mismo miércoles comenzó a circular el alcohol, la cerveza y una bebida amarillosa que supusimos hecha a base de peyote; y ya comenzó desde entonces el espectáculo de un buen número de hui­choles víctimas de la embriaguez.

En aquel extremo, al frente de una choza, un grupo de huicho­les adolescentes ensaya una danza. Ellos serán los bailadores oficia­les del rito y ya vuelven y se revuelven en pasos monótonos al compás de un violincito de jugarrera que no cambia de la misma cuerda.

Los bailadores tienen la mirada perdida, idiotizada la expre­sión por el licor o las bebidas que se convidan dentro del mismo baile. Unos ancianos que dirigen a los bailadores, apenas pueden ya sostenerse en pie.

Nos acercamos al grupo. Queremos pedirles que nos anticipen algunos datos sobre la celebración. Nos reciben en actitud amistosa interrumpiendo el baile. Les hablamos, les mostramos nuestro mejor gesto de cordialidad. Ellos se sonríen y el más anciano viene hacia nosotros, pasa por todos aquellos labios babeantes de embriaguez una botella con el líquido amarillo que ya nos había llamado la aten­ción y luego, resueltamente nos invita a beber.

Fue aquel un momento de indecisión: no podíamos rechazar el amistoso ofrecimiento, pero algo dentro de nosotros mismos se revelaba contra el bebistrajo.

Tomamos la botella y dimos el trago… más, habiéndolo gustado, no lo bebimos… Ellos advirtieron nuestra repugnancia y se volvieron a su grupo sin ocuparse más de nosotros que tuvimos que retirarnos discretamente apenados y dolidos de nuestro primer fracaso.

A la media noche, cuando se iniciaba el Jueves Santo, empezó la festividad propiamente tal. Desde la media noche empezaron los bailadores a danzar dentro del templo, ante la presencia apenas de unos cuantos huicholes, pues en su mayoría, vencidos por la em­briaguez, descansaban junto a sus enramadas que se señalaban aquí y allá, al rojizo claro de las hogueras y a la luz blanca de la luna en plenitud.

Si la música y los bailes comienzan a la media noche, no fue sino hasta las once de la mañana aproximadamente, cuando tuvo lugar el primer acto general de la festividad

Tuvimos grandes dificultades en los cuatro días de nuestra per­manencia aquí, para encontrar agua ya no para lavarnos las manos, pero ni tan siquiera para beber, y sin embargo, la hubo en relativa abundancia para regar el interior de la capilla. Unas huicholas, des­de anticipada hora estuvieron acarreando “bules” de agua, no supimos de dónde, y humedeciendo palmo a palmo la tierra suelta del piso.

Después trajeron, tampoco supimos de dónde, una gran can­tidad de hojas de plátano, tiernas y bien crecidas, para tapizar cuida­dosamente el suelo, sin dejar un solo punto de tierra descubierto

No sabíamos realmente si nos sería permitido penetrar al re­cinto donde iba a celebrarse la primera ceremonia. Nos decidimos a hacerlo, aunque permaneciendo apenas dentro de la puerta.

Ya están penetrando al recinto sagrado los parroquianos, pa­sando sobre aquella alfombra de hojas verdes que dan un crujido muy impresionante al ser holladas por los pies descalzos o con hua­raches de lo más elemental

Las mujeres llevan en la mano un trasto de barro, una especie de rústico pebetero donde van humando intensamente los granos de copal que se consumen en los brasas. También llevan unas delgadísi­mas velas que parecen unos simples pabilos encendidos.

Los hombres llevan bolsas con mazorcas de maíz, botellas de agua o licor, bolsas en tejido huichol, con ropa o con tortillas.

Ya hicieron subir a un joven al altar del fondo que no es si­no una burda y elevada repisa de piedras mal cuadradas. Sobre esta repisa están dos imágenes de Cristo crucificado; nos dijeron que eran dos porque atentos a los elementos originales de la vida, pensaron simbolizar en uno el sexo masculino y en el otro el femenino. Las dos imágenes que dejan ver su antiquísima edad, están envueltas en per­cales de diferentes colores, a rayas y dibujos ordinarios.

Los pebeteros van siendo entregados al joven oficiante que por cierto lleva en las mejillas un vistoso tatuaje rojo en forma de círculos; los acerca a las imágenes y sopla sobre las brasas para hacer que el humo llegue y acaricie la forma de los crucifijos.

También están dándole unos palos o varas adornados con listones; son los símbolos de autoridad de quienes ostentan algún cargo determinado dentro de su comunidad respectiva. Ya puede ver­se arriba del altar, enmedio de las imágenes, un voluminoso atado de estas varas de mando que descansan allí, santificándose y reci­biendo el influjo divino de los cristos.

Hay gritos; se escuchan voces gritadas en dialecto huichol.

Tal vez será este tono imperativo el que conviene a su oración. El barullo de diferentes voces, ensordece el recinto y el aire se nubla de copal, se estremece en los mil puntos luminosos de las velas que ar­den en la penumbra.

Y de pronto un silencio.

De afuera viene acercándose el tañer de un violín y el resonar acompasado de unas sonajas. Ya entra el grupo de bailadores ador­nada la cabeza con penacho de plumas vulgares. Entran a la igle­sia haciendo valla los circunstantes para que pueda acercarse hasta el altar un indígena que lleva a la espalda una caja tosca de madera.

Es la caja que habíamos visto afuera y donde cada grupo condujo a la fiesta la imagen de su veneración. Todos se vuelven hacia este hombre y levantan y dirigen hacia él sus velas, sus pebe­teros, sus varas de mando adornadas de plumas y listones. Los es­tán presentando en un movimiento rítmico, como si los ofrecieran a la imagen encerrada en la caja, como si tributaran con ello un home­naje de rendimiento profundo.

Así, en repetida solemnidad, van introduciendo todos los demás relicarios donde cada cual lleva sus “santitos” y los van colocando por el cuerpo de la iglesia, enmedio de quienes constituyen una mis­ma familia comunitaria.

Cuando instalaron todos los nichos en su sitio, después de la larga y cansada repetición del ceremonial, bajan al centro los sím­bolos de autoridad que habían puesto en el altar… Y entonces sí, mueven al fin uno de los cristos, el que aparecía envuelto en une tela de color salmón floreada, y con lentitud, con respetuosa solem­nidad y enmedio de impresionantes palabras y gritos de implora­ción o de alabanza, vienen a colocarlos sobre unas telas dispuestas previamente en forma de cruz.

No nos atrevemos a penetrar hasta allá para seguir de cerca el extraño ceremonial; sin embargo, captamos los movimientos y ceremonias que se desarrollan entre ellos.

En términos simples, se reduce a una especie de purificación de la imagen a base de un cierto líquido que vacían de unas bote­llas y de rodajas de tomate que van pasando repetidamente primero por la cruz y luego por la imagen misma, pero hecho todo con una reverencia extrema y sirviéndose de unos pañuelos de color rosa para no tocar directamente el cristo con las manos.

Le presentan de nuevo aquellas bolsas llenas de maíz, de co­mida, sus botellas de aguardiente; alguien acerca al cristo un grano de maíz y con una vara adornada de plumas hace el ademán de atraer hacia su semilla las bendiciones o virtudes de la imagen; lo mismo hace para su mujer y para sus hijos que se rodean de la imagen.

Con el agua con que lavaron el cristo y lo mismo hacen los que lavaron cada una de las pequeñas imágenes que sacaron, baña­ron y revistieron de ropa limpia; con aquella agua, decimos, se po­nen a bañar los cetros de mando comenzando con los más importan­tes Todavía estilándole agua, recibe aquellas varas simbólicas el dueño de ellas y las arropa cuidadosamente en un retazo de manta nueva.

Todos los que habían presentado botellas a la bendición de la imagen, van a vaciar una pequeña cantidad en un recipiente y de aquello, el “maracamé” quien oficia en la ceremonia, va rociando suavemente las comidas, el maíz, los niños. A tiempo que esto se hace, los huicholes de cada grupo van poniendo una pequeña marca en tinta de color amarillo, blanco, o en sangre casi coagulada, so­bre la madera del nicho.

En este largo y complicado rito pasa buena parte de la ma­ñana. Los oficiantes, el gobernador de San Andrés, se muestran fa­tigados… Acaso no sea tan sólo la fatiga sino también el efecto del alcohol que traían y que tomaron de nuevo aquí como parte del ce­remonial.

Ellos, los primeros, abandonan la capilla, pero se quedan comisiones de huicholes a la custodia del cristo y de las otras imá­genes que permanecerán hasta el atardecer, tendidos como los de­jaron sobre el piso de las hojas de plátano y rodeados de los penachos de los danzantes y de los violines que enmudecieron desde esta ho­ra.

No queremos ponernos a ensayar una interpretación del ce­remonial porque pensamos que nadie está capacitado para hacerla con propiedad y certeza, nadie que no haya amasado y aglutinado en su misma sangre el sentido religioso que en centurias guardan celosamente los huicholes.

Se puede decir, sin embargo, que hay una sincronización sor­prendente en lo que hacen los huicholes con los ritos de la Iglesia Católica que los indígenas guardan dentro de su concepción paga­na de la divinidad.

Las procesiones que vinieon después y sobre todo el impre­sionante ceremonial que rodea el sacrificio de los animales cuando raya el primer sol del Viernes Santo, el acto de compartir en común los mismos alimentos y la bebida preparada especialmente para estas ceremonias, dejan entrever en lejana fosforescencia el sentido li­túrgico de la Misa y de la Eucaristía del rito católico.

Lo que nosotros habíamos obtenido en información anticipada, los conceptos que llevábamos, las precauciones que habíamos toma­do, todo vino a disolverse en el instante en que llegábamos a San Andrés Coamiata.

Aquello hay que verlo, hay que vivirlo, para llegar a la con­clusión de que el huichol tiene enraizado en su naturaleza un espí­ritu profundamente religioso, que vive de ideales mágicos, que todo en él tiene un sentido de culto a la divinidad.

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