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MEXCALTITÁN

Aquella zona de marismas ofrece los más pintorescos atractivos.Uno podía quedarse a mitad del camino, no importa dónde, porque, en todas partes y hacia todos los rumbos se abren a los ojos extasiados del viajero, los paisajes más bellos.

Dejamos los feraces cultivos de Tuxpan, Nay. Llanadas inter­minables donde el horizonte verde se funde con el cielo azul. Y cua­drillas de hombres, igual que parvadas de alondras; aquéllas en jor­nadas de cosecha o beneficio de esas plantaciones.

Empieza una zona de pantanos; ciénegas matizadas de un sua­vísimo ir y venir del verde al amarillo, para luego caer en el azul profundo de un espejo de agua, agua quieta, agua de esteros, maris­mas infinitas que imponen aquí su señorío.

Lucha la vegetación contra el agua. Donde no los cenagales y una variedad de plantas acuáticas, es porque el agua alcanzar ma­yor profundidad. Entonces va a encontrar el viajero inmensas laguna de agua azul sembradas de mangle.

La aristocracia y sugestiva forma de estas plantas. Sus raíces atormentadas que parecen venir temblando desde la hondura del agua, y se levantan al aire, se tuercen, se doblan, luchan para sostener a la mayor altura un pobre penacho verde.

Un promedio de dos horas de camino, de Tuxpan, Nay., y a lo largo de un camino que se acaba de tender entre lagunas y esteros, lleva al bordo de la hermosa Laguna de Mexcaltitán. En sus contornos y en pequeños islotes diseminados aquí, se cuentan hasta doce ran­cherías habitadas por pescadores que viven de la extraordinaria pesca de camarón que se cría por estos rumbos.

Hay tramos de tierra firme entre el agua, con pastizales exube­rantes que se prolongan interminablemente. Dicen que esta vegeta­ción es muy semejante a la de algunas regiones de África y que avanzando en canoas por entre los brazos de agua que penetran a estos zacatales, se encuentran abundantes piezas de caza mayor, tigre, ja­guar, puma y otros diversos animales.

Nosotros vimos solamente un increíble número de garzas revolo­teando displicentemente y poniendo sobre el espejo dormido de aque­llas marismas, el desliz de sus colores sorprendentes. Las vimos blan­quísimas como espuma de mar, pero también azules, de un tierno color de rosa y de un moreno que en algunas casi llega al negro.

En otra época del año, todos los islotes y tramos de tierra firme que vamos dejando están cubiertos de flores y entonces esto se con­vierte en un paraíso: garzas, flores, espejo de agua, radiante luz y un aire de palmeras abanicando el paisaje.

Al bordo de la Laguna nunca falta un lanchero dispuesto a lle­var hasta la Isla, al eventual visitante que da por estos rumbos.

Es realmente muy corta la distancia, cosa de unos quince mi­nutos de remar por las aguas tranquilas de Mexcaltitán, y ya está uno en la Isla.

A lo lejos se ve como un manchón verde; apurando la vista acaso se alcance a distinguir, entre palmeras, el perfil airoso de la torrecita de su iglesia.

En tanto que se va acercando la lancha y mientras crece más y más la emoción por el encuentro del lugar, aparecen unas palizadas caprichosas que rodean la Isla, cobertizos con techo de palapa, vi­viendas improvisadas a la orilla del agua.

Todas las callecitas, algunas sumamente estrechas, convergen al centro de la Isla. Pero El mismo “centro” que está constituido por una alegre placita con algunos portales de madera, el ruinoso edificio de la comisaría y el templo, sirve como punto de equidistancia a una calle circular a la que han dado el nombre de Venecia.

La Isla es en realidad muy pequeña. Nosotros le calculamos las dimensiones ordinarias de una manzana y acaso unos mil habitan­tes entre niños y adultos. Esta pequeñísima ciudad, forma un mundo

en miniatura. Sus habitantes dicen que se sintieron siempre aislados, hundidos en la distancia y en la incomunicación.

Una pequeña ciudad que llena para sus habitantes los servicios más indispensables: su iglesia, su cine, su comisaría y sus lanchas al bordo de la calle para perderse por los caminos infinitos de estos horizontes de agua.

Con la cordialidad de los habitantes de la Isla, encuentra el visitante algunos signos, como el de facciones de la raza china, muy comunes entre los vecinos; así también apellidos y comidas caracterís­ticos de aquel pueblo.

Nos dicen a este respecto que hubo muchos inmigrados chinos, Se establecieron aquí desde principios del siglo, tenían negociaciones muy importantes en toda la región, hasta que un día el Presidente Ca­lles decretó la expulsión de todos.

En Mexcaltitán impulsaron con técnicas que datan de milenios, la explotación pesquera. Tanto, que el trenzado y forma de los “huito­les” con varas como de bambú, denotan una clara influencia china. En todo el proceso de la pesca del camarón debe haber muchas suge­rencias de aquel pueblo.

Juntamente con los descendientes que quedaron aquí, se con­serva todavía un gusto por los platillos chinos, especialmente el arroz que se tiene como un cotidiano e insustituible platillo para los pescado­res que prefieren una porción de éste en la forma en que ellos lo preparan y se conserva mejor, después de cuatro o cinco días, que un “bastimento” de tortillas.

A no mayor distancia de Mexcaltitán y en un sitio que llaman El Matadero, se han encontrado enterradas piezas de cerámica, canta­ritos, collares de pedernal, figuras de barro, cabezas de animales, pun­tas de lanza de obsidiana y hasta una especie de sello, al menos esta forma tiene, con una serie de trazos que dan la figura de una serpiente enroscada, cariada por líneas que convergen al centro… dibujo que corresponde ciertamente a la disposición de las calles de Mexcaltitán.

Dicen los vecinos, y lo dicen con la mayor convicción del mun­do, con la más solemne emoción, que aquí iba a asentarse la capital del imperio azteca; que en estos islotes y canales debió establecerse la ciudad de México.

Los más ancianos, afirman que ellos siempre han oído decir esto y que sus abuelos y tatarabuelos decían haberlo oído referir así de sus propios antepasados. Todavía, como testimonio contundente, se­ñalan el pueblo antiquísimo de San Felipe Aztlán, simplemente Aztlán antes de los misioneros, como una piedra encajada en la historia para demostrar que por aquí pasaron los aztecas.

Todos están ciertos que la peregrinación de aquellos vlsionarios que venían siguiendo la predicción que les había dado el sacerdote, pasó por este sitio. Caminaban por al costa donde la brisa del mar y la pesca les hacía más llevadero el cumplimiento de la consigna.

Gutierre Tibón, reconocido antropológo, ofrece al respecto estas aclaraciones que los mismos mexcaltitenses nos ofrecen para que las leamos:

“Las raíces más profundas de la mexicanidad se encuentran en Nayarit. La tierra de origen de los aztecas, Aztlán o Aztatlán, se halla al norte de la entidad.

“Entre los cuatro reinos chimalhuacanos, el que alcanzó más alta cultura fue el de Aztatlán; su capital era la ciudad del mismo nombre, actualmente el ejido de San Felipe Aztatlán en el municipio de Tecuala.

“Hay más: según la tradición que se conserva en la pequeña Isla de Mexcaltitán (uno de los centros del reino azteca) la emblemática águila del escudo nacional se posó por primera vez en un nopal de la isla nayarita, hermana hasta en el nombre de la islita de México.

“Siglos antes de la fundación en ésta de la nueva capital, hubo un rey de Aztlán llamado Moctezuma, padre de Mexitli, caudillo de la peregrinación y héroe epónimo de México. Lo afirma el historiador Tezozómoc, nieto del propio emperador Moctezuma lI.

En su afán por reivindicar la historia de Mexcaltitán, como lugar que antecedió a la ciudad de México y al imperio mexicano, Gutiérre Tibón ha hecho investigaciones muy profundas, para las cuales se ha servido de los datos que en archivos y de viva voz ha podido recoger.

Nosotros vimos algunas cartas autógrafas de este antropólogo, dirigidas a personas connotadas de la Isla, en las cuales manifiesta que “convendría saber si en la propia Isla y en sus alrededores se han hecho descubrimientos arquelógicos, es decir, si un campesino u otra persona, al hacer excavaciones o revolviendo la tierra, han encon­trado algún tepalcate, alguna punta de flecha, alguna piedra labrada, alguna tumba, que podría indicar a los expertos el grado de civili­zación alcanzado por los antiguos mexcaItecas o aztecas, ya que se­gún la tradición moraron ahí los aztecas por espacio de mil años”.

Nosotros sabemos ya que en estas tierras se han encontrado efectivamente piezas de cerámica que nos fueron mostradas y que sólo esperan el estudio del antropólogo que indicará su antigüedad.

Todavía en otra carta, Gutierre Tibón vuelve a decir que es importante afirmar que MexcaItitán fue una etapa en la emigración de los aztecas, llegando a pensar que el significado original del nombre de la Isla en la lengua original azteca es “entre los templos de la luna” y que puede darse por auténtica la profesía de los aztecas y que MexcaItitán fue el sitio donde pudo haberse establecido la capi­tal azteca y por ende la de México…

La leyenda, el ensueño, la poesía, envuelven a esta Isla. Sus moradores viven felices en este mundo de agua y de nubes, de garzas blancas y de esteros florecidos.

Traemos con nosotras, al regreso de aquella Isla, una visión de ensueño, a través de la cual contemplamos con los ojos de la fanta­sía el peregrinar de los aztecas atravesando estas marismas, lleno el corazón de esperanzas, fija la vista en el águila que les predijo el sa­cerdote… y un vuelo de garzas por el cielo, que no águilas; unas son azules, las otras blancas, aquéllas de color de rosa.

Retornamos así, tejiendo deleitosas imágenes de lo que fue el primitivo asiento de los aztecas en estos contornos, unos en esta isla, los otros en el bordo de aquel macizo florecido, en el canal, o el islo­te. Una visión de muchas casas o de muchos templos bajo un plenilunio ardiente de semana santa… una visión “entre los templos de la luna”, que no es menos poética que la que venimos contemplando y correspon­de al significado de Aztlán o Aztatlán: lugar de garzas, sitio donde vuelan las garzas…

Tántas cosas tiene MexcaItitán .

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