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PÁTZCUARO

Fué una visión fantástica. Luces y hebras de agua tejían un mundo extraño, por el que avanzábamos abriendo el denso cortinaje.

Goteaban los faldones de teja y los hilos de agua fulguraban a la luz de los faroles que dan su toque característico a la ciudad.

Los mismos faroles empañaban su luz, una luz mortecina y dudosa que temblaba con el temblor del aguacero.

Aquellas hebras de lluvia y de luz formaban un telar al que nosotros nos sentíamos ya entretejidos… Fuimos parte de aquella noche fantástica, de aquella lluvia interminable, de aquellos faroles descompuestos en un cordaje de luz.

Y el rumor insistente, melodioso al brinco de un charco de agua, fatigado en la fronda de los enormes árboles que rodean la Basílica…

Si llegar por primera vez a la encantada ciudad que se man­tiene en su época, produce al visitante una impresión indescriptible, cuanto más podrá decirse del embrujo en que la desenvolvió y encontró este viajero, tibia en la lluvia, palpitando en sus luces, en el chorrear de las canales, en las corrientes de media calle.

En la plaza grande, en los portales, en los sitios de iluminación más intensa, se creaba una niebla azul que desfiguraba el contorno de los edificios y acentuaba el toque fantástico de la centenaria ciu­dad.

Las gentes iban y venían como si nada. Animas en fiesta, bul­tos misteriosos que parecían caminar gozándose del aguacero.

Otro tanto quisimos hacer nosotros, sin cuidamos ya, partici­pamos de aquella euforia, nos mezclamos en aquel alborozo, abrimos los brazos para recibir mejor los chorros de agua, para entrelazarnos

más intimamente en aquel gotear iluminado por el claror de los fa­roles.

En este rondar de una parte a otra, llegábamos a callejones oscurecidos donde el rumor de la lluvia parecía ser más intenso.

Anduvimos, hasta que fatigados fuimos a buscar el calor amoro­so de nuestro hospedaje.

Hasta ahí nos siguió la lluvia. Fue una duermevela deleitosa mecida en la hamaca que aquellos telares de agua transformaron acá, en un murmullo acompasado.

Acaso a altas horas de la madrugada el aullido miedoso de un perro, que acaba también por mecerse blandamente en el rumor del agua.

O las canciones desde la distancia infinita del semisueño; queja de un amor perdido, dolencia incomprendida de un corazón que se quedó solo.

Pero ni las endechas juglarescas, las cantigas de un Alfonso en Pátzcuaro, como aquel “Gonzalo de Berceo nomnado” frente al per­fil augusto del Santuario de la Salud, lograron quitar a la lluvia el primer sitio.

El otro día amaneció igual. Un gris de agua ocultaba las distancias y a la luz llovida del amanecer, ponía lamparones siniestros sobre la arquitectura de la ciudad.

Las campanas que llamaban a misa; la ronda de viejecitas que aparecían de pronto entre el cortinaje de la lluvia, todo se acompasaba y latía en la misma humedad.

Este encuentro de un Pátzcuaro misterioso, ciudad encantada en el trazo de su antigüedad, bañada por esta llovizna que parece que va a durar hasta el fin de los tiempos; descompuesta en los extra­ños reflejos de sus luces, nos hizo hilvanar las leyendas y sucedidos que se cuentan de este lugar.

– No lo vaya a referir como cosa de leyenda, La gente va a pensar que no es cierto esto. Diga que los hechos son históricos, cons­tan en fuentes irrefutables.

Y la charla del anciano, las inflexiones amables de su voz, su sonrisa, la vehemencia que en momentos le descomponía el rostro… Yallá fuera el ronroneo de la lluvia, sonando apenas en los vi­drios de la ventana…

Pues nada, que Don Vasco, el primer obispo de Michoacán, no creyó que Tzintzuntzan fuera un buen sitio para asentar en él la cabe­cera de la Diócesis.

No que le disgustara la belleza del lugar; los pinos que rega­ban blandas caricias sobre el valle, “el ventalle de cedros”, la exube­rancia de la tierra.

Nada tenía tampoco contra aquellas gentes de corazón sencillo y sonrisa pronta. Se embelesaba con el trato transparente del pueblo y en la música de su conversación, el dialecto dulce y armonioso con que hablaban cantando.

Pensó que los antecedentes históricos de Pátzcuaro, su impor­tancia venida de muchas centurias atrás, antes de la misma llegada de los conquistadores, la convertía en el lugar más adecuado para sede de la Diócesis.

Y se fascinaba con la contemplación de este lago, espejo del cielo, horizonte de nubes y de pinares majestuosos.

El vecindario era aquí más abundante; había mejores medios de vida; prometía un desenvolvimiento más rápido y una posibilidad mejor para los planes de entrenamiento de los indios en las artes y trabajos, que quería impulsar.

Cambió el sitio de la Diócesis y sin más ni más empezó a cons­truir la que sería la primera catedral. Empezaron entonces los indios de Tzintzuntzan a manifestar su disgusto. Hicieron circular enconados rumores; empezaron de diver­sas formas a esbozar propósitos de venganza por la postergación de que se les hacía víctimas.

El corazón de Tata Vasco se dolía de aquella reacción, y bus­caba el modo de aquietar la contrariedad. Hablaba paternalmente a los de Tzintzuntzan. Les probaba de cuantos modos podía que ellos continuaban ocupando un primer lugar en su corazón…

La cresta de odios y rencores se levantaba más y el ánimo del obispo se hallaba acongojado. Pensó que no debió haber dado aquel paso que tanto hería la sensibilidad de sus hijos.

Le habían echado en cara la inconveniencia de ese traslado señalándole precisamente la escasez de agua para beber que había en Pátzcuaro. Que se dejó llevar de la precipitancia. Que vio sólo el espejo del lago, pero no pensó que hasta el cerrito donde se asienta la ciudad era difícil levantar y llevar el agua… Que por lo demás no había aquí manantial ni venero que resolviera la carencia.

Tata Vasco oyó las murmuraciones de aquellas gentes y vio que tenían razón. Quién sabe si fuera preciso suspender los mismos traba­jos de la catedral por falta del agua necesaria.

Aquel día, al amanecer, fue don Vasco a visitar las obras como lo hacía siempre. Iba despacio, cansado. Nada llamaban su atención aquel oleaje de nubes jugando sobre el lago, ni el vuelo de las golon­drinas desenredándose a su paso.

Tata Vasco estaba triste. Lo decían sus pasos lentos, su expresión grave, la palidez de su rostro que bien decía de las vigilias padecidas desde muchas noches atrás.

Afirman los historiadores basados en documentos que han po­dido consultar, que en un momento dado el obispo se detuvo frente a los muros de la catedral abandonados a la mitad de su altura…

Se apoyó con fuerza sobre el báculo o bastón que portaba siem­pre y ensimismado en su pena, empezó a golpear con fuerza unas rocas que quedaban allí.

Eso hizo nada más Tata Vasco y al punto empezó a saltar en­tre las piedras un chorro de agua azul. El obispo vio a la luz de aque­lla mañana, reververar el agua y se hizo a un lado para dejarla pasar. Unos indios que andaban por ahí vieron el extraño hecho y empezaron a gritar de asombro.

Vinieron otros y se doblaban sobre el riachuelo que se había formado ya y tomaban en el cuenco de la mano puños de aquella agua y la dejaban caer. Las gotas temblorosas se iluminaban de la luz de aquel sol, de aquella lumbre de sol que fatigaba de sed al vecindario.

El obispo se había ido ya. Fue a llamar al maestro de obras para que continuara la fábrica de la catedral. Dispuso así mismo la construcción de un tanque de donde las gentes pudieran tomar el agua para llevarla a sus hogares

Eso sucedió hace más de cuatro siglos y la fuente está allí. Se le ha levantado un monumento de piedra con una imagen de la Virgen en su hornacina. Queda justamente a un lado de lo que fue la catedral y frente a la portada barroca del viejo Colegio de San Nicolás.

Una placa indica ahí los pormenores de aquel suceso mientras el mismo rumor del agua que salpicó el sayal del Señor Quiroga, si­gue fluyendo interminablemente. “Es un chorro de agua cristalina que brota de una hendidura en la roca, si bien se le ha adaptado un tubo y una llave para controlar el servicio que sigue prestando a mu­chas familias”.

Todavía en la somnolencia de la lluvia que no descansa en su cosquilleo lejano, viene a nuestro recuerdo aquella otra historia cifra­da en el nombre del Obispo Quiroga.

El suceso tuvo lugar en España por los tiempos de Felipe II que corresponden cabalmente a la época en que Tata Vasco desenvol­vía aquí sus cuidados paternales y pastorales.

Fue el caso de un salteador de caminos, criminal de entrañas duras que había cometido todas las fecharías imaginables

Cayó en poder de la justicia y no hubo contemplaciones ni ate­nuantes para el castigo que imponía la ley a estos tales. Debía ser ejecutado públicamente para escarmiento y vindicación de la socie­dad

El reo recibió impasible la condena. Hasta decían que se burló del notificador y tuvo carcajadas de cínico cuando se le comunicó el día y la hora de la ejecución.

De nada sirvieron las exhortaciones del fraile que trató de lle­varlo a caminos de compunción. Aquel individuo recio y duro, como un peñasco, no sabía hacer otra cosa que jalarse una oreja cada vez que se le recordaba que estaba nada más a unas horas de terrible eje­cución; sonreir con desvergüenza sino es que de plano se revolvía con carcajadas de loco.

La  condena señalaba las seis de la mañana de un cierto día… Ahí en plaza pública, frente a la torre donde se colocaba el gran reloj de números romanos, y en el preciso momento que sonara la última campanada de las seis, había de caer el hachazo del verdugo. Así quedó establecido en la condena.

Llegó el trágico momento. Las Luces del alba se teñían de rojo y todavía humaban los velones que llevaron en mano los miembros de la guardia que condujeron al reo. Este, por su parte, sentado en el banquillo que se dispuso, vestido de un camisón de sarga, veía a la multitud con mirada de idiota, impasible y ajeno a lo que iba a suceder en unos minutos más.

Quienes lograron vencer la resistencia de los guardias y pudie­ron acercarse más, dijeron que un frío imperceptible, un templar levísimo se advertía en sus labios del reo. Creían que podía soltar el llanto.

Estaban esperando nada más las campanas del reloj, que ya las manecillas formaban una vertical perfecta… Si, en realidad ya eran las seis de la mañana, en unos segundos más sonarían las fúne­bres campanas.

Corrió en la multitud un estremecimiento de espanto. Ya creían contemplar aquella cabezota rodando ensangrentada por la tarima que se levantó exprofeso.

Pero el reloj no sonaba El alguacil volteó disimuladamente has­ta la torrecilla del reloj con impaciencia llena de refinada crueldad.

El verdugo apretaba con fuerza el cabo del hacha y se apoya­ba mejor, abriendo las piernas, en espera de una indicación

Dicen que en aquel momento el reo empezó a acobardarse. Que se jalaba nerviosamente la oreja como si él mismo estuviera urgido de impaciencia por acabar aquello de una vez por todas.

Y no sonaba el reloj. La manecilla grande se había inclinado ya a la derecha. Algo hubo de extraño en aquello. Era imposible que el reloj de las ejecuciones fallara nunca.

Quien tenía a su cargo la aplicación de la sentencia quiso apegarse estrictamente a los términos que dictó el juez. Y como no so­nó el reloj, suspendió la ejecución. El reo volvió a su celda y el verdu­go bajó el hacha y se quedó esperando que se aquietara aquel rumor de encontradas opiniones en que forcejeaba la multitud, unos pidiendo clemencia definitiva para el reo y otros exigiendo que de todos modos se le aplicara la pena.

Siguieron largos y enredados alegatos. La corte se vio ase­diada de complejas acusaciones, en unas tachándola de lenidad y en otras recriminándole por no fallar de una buena vez en favor de aquel hombre.

Dicen que Felipe II fue inmiscuido en la discusión que hervía por toda España y que él mismo no sabía qué partido tomar, pues aún se le llegó a proponer en ingenua solución que abriera juicio con­tra el reloj, por complicidad, y que se le decretara la pena mayor.

Andaba en esos días Tata Vasco por España a donde había ido a suplicar quien sabe que género de mercedes en favor de sus indios de Michoacán; oyó y se dio cuenta de aquel revuelto mar de contradicciones.

El Monarca estaba esa tarde conversando con Tata Vasco in­teresado en el desarrollo que alcanzaba ya la ciudad de Pátzcuaro y admirando los primores artesanales que el obispo ponía en sus manos, obra de aquellos indios: pensó y propuso:

– Y bien, su paternidad … ¿cree que podría ser útil a aque­lla ciudad un reloj de campanas? Bien regalaría a aquellos súbditos míos el reloj que ha causado aquí tan enredadas controversias. Llé­velo, su paternidad; sólo pido lo coloque dignamente en un sitio prin­cipal de la ciudad.

– De mil amores, Majestad. Ya tengo el lugar: será puesto en la parte alta de mi catedral…

Eso fue todo. El reloj fue desmontado y puesto cuidadosamen­te en unas cajas de madera. Surcó el océano y vino hasta acá.

Han pasado cuatro siglos y el reloj de la leyenda sigue sonan­do colocado en la parte alta de la iglesia que hoy llaman de la Com­pañía y que fue la catedral de la Diócesis de Michoacán, en Pátzcuaro, allá en los tiempos de Tata Vasco…

Desde entonces suenan sus campanas cascadas y ni una sola vez han dejado de tocar a las seis de la mañana

El otro día. El amanecer de otro día. Las seis de la mañana en la bruma de una llovizna que sigue cayendo y cerrando las lejanías.

Otros han contemplado y han admirado esta ciudad en sus sin­gulares relieves arquitectónicos, en su atmósfera quieta, en sus aires de ciudad española trasplantada aquí, a la orilla de un lago.

Nosotros no cambiaríamos por nada este encuentro en la llu­via, diferente a todos. Visión única que guardamos entre los recuerdos

más queridos.

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