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PIEDRAS BOLA

– Animas que nos lleve el diablo.

La mañana avanzaba y nosotros en carreras por todos lados. Para esa hora, cerca de las diez, no nos quedaba sino la última es­peranza: que nos llevara el Diablo.

– No se desesperen. Nada más fue a almorzar. Ya verán que no se tarda.

Habíamos llegado desde un día antes al pueblo de Ahualulco, preguntando acerca de una cierta región donde las piedras del cerro ofrecían la particularidad de una redondez perfecta.

Eso nos habían dicho: unas piedras curiosas, todas en forma de pelota. Nada más eso, porque no pudimos obtener una localización pre­cisa del lugar, rumbo o camino que había que seguir. En la Sierra de Ameca; de aquel lado de Ahualulco; antes de llegar a Etzatlán… Sólo rumores, sólo divagaciones imprecisas.

Pensamos: Nada mejor que acudir a la autoridad municipal de Ahualulco. El presidente debe estar informado; tal vez él quiera orien­tarnos o recomendamos algún guía.

Buenas horas nos tuvieron en la cárcel de Ahualu1co, puertas afuera -quede la aclaración- esperando al presidente municipal. No fue posible ver al funcionario. Qué iba él a distraerse complaciendo a unos “fuereños” que buscan piedras bola. El tiene asuntos muy im­portantes en otros órdenes, de otras esferas.

Pensamos entonces en el secretario del Ayuntamiento. Siem­pre sucede eso: quienes están informados de todo, quienes resuelven todo, quienes llevan propiamente las riendas del gobierno en un pue­blo son los empleados de segundo o tercer grado.

– Lo más seguro para encontrar al secretario. .. Sí, mire, pregunte por los sanitarios públicos. El se la pasa platicando con el en­cargado de allí.

Pero el señor secretario tampoco tomó en serio nuestra peti­ción; que ya habían ido muchas personas a esos lugares; que el ac­ceso hasta la cumbre de aquellos cerros es de lo más difícil; que una camioneta, que unos caballos, que a ver mañana, que el señor presi­dente, que el comandante… total: nada.

Nada pudimos sacar en claro el sábado, y el domingo madruga­mos a buscar por nosotros mismos la manera de llegar a aquella mis­teriosa región donde las piedras se habían curvado suavemente en una blandura increíble.

– El señor de aquella tienda tiene una camioneta; acaso él quiera llevarlos. Nada pudimos obtener allí.

Ahora vamos a aquella carnicería. No, mejor vamos a pregun­tarle al señor del hotel…

Fue un ir y venir por todos lados sin obtener nada. Casi desistía­mos de la aventura cuando, en último intento, acudimos a los chofe­res del sitio que funciona en Ahualulco.

– Nosotros nunca hemos ido a ese lugar. Será cuestión de que alguien los lleve a Tiro Patria… Así se llama el ranchito que quedó de las instalaciones mineras de La Amparo; allí pueden conseguir ca­ballos para subir hasta la sierra…

Eso nos dijeron los choferes. Pero ninguno accedió a llevamos a Tiro Patria; no iban a meter sus coches por un camino que apenas merece este nombre. Es aquello una brecha mal pintada por el cauce de un arroyo; que atraviesa pedregales y sembradíos sin arreglo al­guno. Que esperáramos un poco a ver si el Diablo nos quería llevar. Se referían a don Miguel Hernández así apodado en el gremio. El tenía un Mercury 42 y era el único que se atrevía a caminar por esa brecha.

Por aquello de las diez de la mañana emprendimos la marcha.

Al fin nos lanzábamos a la aventura. Con buena voluntad accedió don Miguel a llevarnos; él mismo fue a comprar un kilo de tortillas y un pedazo de carne, porque la jornada sería larga y llena de riesgos.

Pero no nos dejaría solos: él mismo vería la forma de conseguir los caballos y nos acompañaría hasta las cumbres de la sierra.

Sería cosa de las diez de la mañana. El cochecito daba tumbos entre piedras de este tamaño… Jadeaba desesperado el motor, tre­pando aquellos lomos, bajo la experimentada conducción del Diablo. Qué iba a preocuparnos si íbamos en tan buenas manos.

Este es el último arroyito antes de la cuesta; hay que echar agua al radiador porque el motor se viene calentando mucho…

Y los pájaros, y los matorrales florecidos y aquellas extensio­nes que amarilleaban en esas flores que llaman “acautes”; y las caras de los chiquillos que asomaban al callejón sorprendidos de ver el co­checito que avanzaba con seguridad a pesar de todos los obstáculos.

Don Miguel Hernández nos platicaba de los buenos tiempos de la minería. Allí están todavía, en aquella montaña del frente, las plan­tas de beneficio de La Vencedora. Dicen que esta empresa va a sus­pender sus trabajos, según se afirma, a causa de haber agotado ya las vetas de mineral; eso se dice, pero parece que lo cierto es que tiene problemas sindicales muy serios.

Don Miguel conoce el santo y seña de las cosas que suceden en Ahualulco. Y con plática moderada con obsequiosas maneras, nos habla de los problemas de la población, hace recuerdos de aquellos tiempos en que funcionaban a toda intensidad las empresas mineras de Piedra Bola y la Amparo Minering…

– Bueno, ya llegamos. Vamos a ir directamente a casa de un señor amigo mío, don Toño Martínez; yo creo que allí vamos a con­seguir caballos.

Para nuestra suerte estaba don Toño en su casa muy quitado de la pena, desgranando una gavilla de frijol.

– No es uno; tenemos cuatro chuchos, pero no les hacen nada. Pásense con confianza.

Don Toña Martínez, el señor que nos recibe en Tiro Patria, ha manifestado ser el hombre más amable y sencillo del mundo. Con sus setenta años de edad y una familia de nueve mujeres casadas todas, se ha alzado él al sitio de un patriarca del Antiguo Testamento, rodeado de nietos y de bendiciones en bienes que disfruta con trans­parente sonrisa.

La esposa de don Toño, sus hijas, sus nietos; también los perros y un par de chivitos que gozan de singular afecto en aquella fami­lia, todos nos rodean y se ponen a contemplar embelesados la revista norteamericana que traemos con nosotros y donde se habla de ese lugar de piedras bola ….

– Sí, sí, cómo no voy a conocer ese lugar; yo mismo llevé a los americanos que vinieron hace como dos años. Ah, y por cierto: aquí en el retrato de la revista viene el macho güero, y la yegua tordi­lla, y el caballo…

La familia no cabe en sí de la emoción que le ha causado ver a sus bestias retratadas en aquel libro. Ven y no se cansan de contemplar las láminas. Se sonríen. Se turban cuando quieren decir algo. No saben cómo explicarse este honor tan grande…

– Cómo no, señores; con mucho gusto. Ahorita mismo ensillo los caballos. Es lejos aquello y está muy trabajoso el camino, pero no im­porta. Siéntense, siéntense; será cuestión de un cuarto de hora… An­dale, Juan; córrele, Toribio; date prisa, Anselmo: vamos a arreglar los machos. Que sean los mismos que se ven en el retrato…

Serían las doce del día cuando empezamos el ascenso. Don Toño por delante abriendo el paso entre matujos olorosos, torciendo a este lado y al otro, por donde mejor pueden avanzar las bestias.

En la precipitación de la salida, la señora de Don Toño apenas pudo disponerle una botella de leche y un envoltorio de galletas. Nos­otros no llevamos sino la satisfacción, el cosquilleo emocionado de vernos al fin subiendo los primeros escalones de aquella montaña mis­teriosa.

Don Toño es muy platicador. Y tiene en su cara marchita por los años y por los rudos trabajos que desempeñó en las minas, la gracia cle la sonrisa. Adorna de esta sonrisa su conversación:

– Saben que los caballos no sirven para estos caminos. Un macho es más seguro y más fuerte en laderas así…

El camino se empinaba en una elevación que nos hacía soltar el Jesús de los labios, cada vez que la bestia se volvía de un lado para otro, por la vereda retorcida sobre el abismo de aquellos desfilade­ros.

Sólo una pisada en falso, sólo el menor descuido y habríamos rodado -caballo y caballero- hasta lo profundo de aquellas ba­rrancas. íbamos rayando el filo que enfilaba a cumbres más altas; a un lado y a otro el precipicio…

– No se ponga nervioso: en caso de un resbalón, procure incli­nar el cuerpo hacia el lado contrario; ya desprendiéndose del animal, usted se amaciza de cualquier matujo…

Don Toño quería tranquilizamos, pero su recomendación más sirvió para hacemos pensar en el peligro de aquella ascensión cada vez más empinada, cada vez más difícil.

En contraparte, a medida que subíamos, el aire se transpa­rentaba más. Era un aire azul mecido en la fragancia de pinos y ro­bles. La espesa vegetación de estas alturas apenas holladas alguna vez por la planta del hombre, alcanzaba una magnificencia y un esplendor indescriptibles.

Temblaba el sol y bruñía las hojas lustrosas del robledal que se cerraba enfrente de nosotros, y se extendía a la distancia en modula­ciones de un subir a cumbres más elevadas y de un bajar a profundi­dades más hondas…

– ¿Y aquéllas ruinas, don Toña? Parece un castillo levantado sobre los acantilados…

Así es, en efecto. De aquella parte de la montaña; al otro lado de esta profundidad, se contempla erguido y solitario un palacio de piedra. Se diría que hubo el capricho de subirlo sobre aquellas rocas como una casa encantada, como una ciudad inexpugnable, como un castillo medieval.

– A eso le decimos aquí Las Jiménez. Allí estaba la planta de beneficio de La Amparo, la mina en que le digo que trabajé y que marca sus linderos con aquel vallado que encontramos a media subida y que volveremos a pasar al trastumbar de aquella cumbre.

A una cierta altura se alcanzan a divisar los pueblos de Ahua­lulco, de Teuchitlán, Tala y allá, a la lejanía, la enorme presa de La Vega. San Marcos se esconde a la vuelta de una loma.

Caminando un tanto adelante y abriendo el cortinaje de esta vegetación florecida en fragancia y nitidez de árboles llovidos, se al­canza a ver la población de Ameca. Es apenas una mancha negra entre la bruma azul que va más allá de este oleaje de cerros y cerros cu­biertos de madroño, pingüica, roble, palo colorado y pino.

Apenas se acaba de subir y se comienza a bajar. A poca dis­tancia de donde se inicia el declive, va a apareciendo el fenómeno que ha desconcertado a científicos muy reconocidos en el mundo.

Las piedras bola han quedado regadas en una cañada de tie­rra blanca, molida y liviana como ceniza. Todo es cuestión de abrir la hojarasca de roble que se amontona en el arroyo, con sus tonos de oro claro y su crujir de dolorido otoño; todo es cuestión de descubrir el terreno limpio y éste se ve en su color blancuzco, un tanto raro en esta zona de exuberante fecundidad. . .

Y las piedras bola… Allí, unas sumergidas casi totalmente en aquel polvo, otras sobre la superficie y aun levantadas sobre un cierto pedestal en que las ha dejado la erosión del terreno.

Las hay solitarias, en una rinconada de arbustos; y las hay tam­bién regadas como un puño de canicas tiradas caprichosamente por la vertiente de un insignificante arroyo.

Su tamaño es casi uniforme. Podían calcularse en un prome­dio de dos metros de diámetro, aunque hay algunas majestuosas, de un tamaño mucho mayor.

Don Toño está feliz. Nuestra sorpresa, las exclamaciones que proferimos al hallar otro grupo y otro más de piedras de éstas, tan perfectamente redondeadas, ponen en sus ojos chispas de satisfacción. y su sonrisa. Aquí la sonrisa de Don Toño es más amplia, más cum­plida.

– Quiero que demos vuelta por este lado. Si gustan, dejemos los caballos aquí y nos vamos a pie, para que vean todo con más calma. Vamos a doblar y subir después por aquella lomita… Yo creo que pasan de cien bolas de éstas, ¿o qué creen ustedes?

El musgo en matices de un verde que se va madurando suave­mente a un amarillo oro, cubre las partes sombreadas de estas enormes piedras. Las que quedaron al sol, se ven duras y resecas y hasta con cuarteaduras que dejan levantar como capas de la misma piedra, como si estuvieran formadas de un recubrimiento y de otro, igual que una cebolla.

Don Toño nos cuenta a propósito de estas piedras muchas con­sejas de candoroso sabor popular. Aquellos tiempos en que trabajaban las minas de estos cerros; los ladrones; el paso de la conducta que transportaba el metal; la piedra que movieron a fuerza de palancas para extraer el tesoro escondido abajo de ella; la que barrenaron con el propósito de dinamitarla y sacarle las entrañas de puro oro …

Con la historia que nos viene platicando Don Toño y precisa­mente en el sabor que él sabe dar a su charla, tendríamos para llenar varias hojas de papel. Hemos de olvidarnos de eso y volver al testi­monio de lo que nosotros vimos y vivimos en este sitio.

Un mister Gordon que tenía algún puesto técnico en la mina de La Amparo fue quien primero advirtió la singularidad de estas rocas. Y con ese espíritu de los norteamericanos dio el aviso a instituciones de aquel país dedicadas a este tipo de investigaciones.

Todo en un principio hizo pensar en la formación artificial de estas rocas. Había antecedentes de piedras así labradas por los indios de Costa Rica, como elemento ritual en el ceremonial pagano de un dios determinado. Que aquÍ podía haber sucedido algo semejante; que esas bolas entrañan un culto pagano; que en épocas muy antiguas debieron los indios labrar cuidadosamente estas rocas…

Ya parecía que los investigadores norteamericanos iban a po­nerse de acuerdo, cuando luego vino a ocurrírseles que si esto había sido un centro indígena de cultos religiosos; por qué, entonces, no ha­bía otras huellas que afirmaran la presunción: restos de cerámica, ins­cripciones en piedras, huesos humanos, algo, algo ..

Ya la cuestión iba tomando los rumbos de una apasionada po­lémica, cuando el Dr. Robert L. Smith del U.S. Geological Survey de Washington desbarató de una plumada las dificultades.

Demostró que “las esferas se formaron durante el período geo­lógico terciario por cristalización a altas temperaturas, en el molde de una corriente o arroyo de cenizas de roca volcánica caliente.

“Por analogía con otras corrientes de ceniza, sabemos que el ma­terial tenía cuatro quintos de su peso de partículas de vidrio volcánico caliente, con espacio poroso que componía algo más que la mitad de su volumen. A las presupuestas temperaturas de mil y mil quinientos grados Fahrenheit, las cenizas de vidrio volcánico pueden cristalizar con lento enfriamiento”.

“La cristalización de las esferas de Jalisco, dijo el Dr. Smith en declaraciones al Magazín Geográfico Internacional, dieron princi­pio en un núcleo de partículas de vidrio. Los gases despedidos por el vidrio se movían al exterior en todas direcciones, promoviendo la cris­talización de adyacentes partículas de vidrio y de este modo forma­ron las esferas. El proceso continuó hasta detenerse por la coalescencia o enfriamiento de las mismas”-

Habla el Dr. Smith de otras esferas en depósitos de arena, cer­ca de los Alamos, Nuevo México; éstas con un diámetro de dos pies, mientras las de la Sierra de Ameca, en el punto denominado Agua Blanca, alcanzan hasta once pies de diámetro, según estimación del mismo geólogo. El Dr. Rubén Villaseñor Bordes, por su parte, nos in­forma que en casas señoriales de Morelia, hay esferas chicas de esta misma naturaleza, puestas como adorno sobre las almenas y cornisas de la fachada.

Mientras nosotros pensábamos en el gran misterio de las pelo­tas de piedra, que descansan allí, indiferentes, solemnes, hace cuaren­ta millones de años, removidas desde su ardiente origen, nuestros com­pañeros de aventura, buscan entre la tierra caliza y suelta…

– Sí, ¿sabe? Aquí hemos encontrado piedritas muy curiosas; di­cen que son diamantes o brillantes; algo dicen de estas piedras se­gún eso de mucho valor…

Ondeaba entre los árboles el viento de la tarde. Y la sombra del sol se iba doblando entre los troncos de los robles, entre las pin­güicas y madroños cargados de frutita negra.

Era tiempo de emprender el regreso. Ahora tendiéndonos de cara sobre el precipicio de barrancas y hondonadas, que exhalaban al fresco aire del atarceder, una fragancia extraña.

Allá, como un puntito en la profundidad, el rancho de Don An­tonio Martínez. Los perros olfatearon un animal de caza; fue un venado dijeron los guías. Nosotros no pensábamos ni buscábamos ya más. El misterio del tiempo, la grandeza insondable de las extrañas mutaciones terrestres que se levantaron en burbujas de piedras, ma­duradas como una fruta en lapso de milenios, nos hacía regresar profundamente emocionados.

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