h1

PUENTE DE DIOS

Empezaban a cantar los gallos cuando llegamos a lo más al­to de la sierra. Eran unos cantos soñolientos que subían desde la in­finita profundidad de la barranca.

Nosotros veníamos desde allá, desde donde se desmorecían de tristeza los cantos de los gallos. Todavía, en veces, nos alcanzaba el vaho ardoroso de la hondura. Era como un rescoldo de brasas lejanas que más hacía estremecemos al aire helado de esta cumbre.

Y las estrellas de acá. Un enjambre de estrellas, agitado y rui­doso que se nos enredaba en la cabeza. Las estrellas de la media noche temblorosas de tanta luz.

Con cantos de gallos y estrellas, con el soplo caliente de la barranca y el aire helado de la sierra, se encerraba un día de aventu­ra que nos condujo hasta Puente de Dios.

Un día de fatiga y de esfuerzo que empezó con el alba, rum­bo al paraíso de Pihuamo. De aquí, del anfiteatro luminoso de verde, había de encadenarse, como se encadena esa cordillera de cumbres que rodea la población, la serie de pasos que nos condujeron hasta Puente de Dios. Acaso ahí, a una mínima distancia, pudimos encon­trarnos efectivamente a Dios

Risueño el sol primero pintaba de rojo las puntas del pinar que marcan el principio de la desviación que comienza entre Pihuamo y Tecalitlán.

A mano izquierda, pasando esta última población, está el corte del camino que abrió la Compañía de Atenquique para bajar en ca­miones especiales, los gigantescos troncos que airearon de verde aque­llas cumbres.

Horas y horas de ir siguiendo aquella brecha de polvo livia­no. Se retuerce, se dobla, se esconde en un recodo de árboles y salta adelante el camino blanco, bien marcado por eso en la hondura azul de la serranía y en el verde oscuro de los pinares.

Sensación de grandeza en el alma. El viento huele a sierra.Una cumbre y otra van sucediéndose de modo interminable. El vien­to de la altura agita en murmullo de oleaje la fronda renegrida de aquellos apretados pinares.

En tramos encuentra uno trincheras interminables de troncos acomodados a un lado del camino. Y bajan sin descanso aquellos camiones que obligan a nuestro pequeño vehículo a arrepecharse contra el peñasco o a detenerse un instante en el bordo del abismo, para dejar libre paso a los enormes camiones.

Así vamos ascendiendo hasta llegar al poblado de Alotitlán, un nombre que es él mismo como un juego de viento, un caserío perdido entre la sombra de pinos. Si hubiera de explicarse su nombre por lo que es todo esto, tendríamos que decir que Alotitlán equivale a, lugar donde juega el viento.

Es un viento helado y siempre perfumado de pinos. Las casas son insignificantes. Muros y techos de madera. También hay unos callejones formados de trozos de árboles. Y cabras pastando en los llanos, y huertos empezando a florecer y durazneros ya cargados de frutilla empolvada.

No nos detuvimos sino el momento necesario para un refrigerio y seguimos adelante.

Nuevas alturas. El camino sigue retorciéndose por rinconadas umbrosas y por pendientes atrevidas. Hay grande actividad por to­dos estos repliegues. Los taladores, los que bajan la madera al lado del camino. Y los camiones cuyo rugido apaga el murmullo sedoso del pinar.

Tres horas a buena velocidad son necesarias para llegar a Mexiquillo. El guía que viene con nosotros desde Pihuamo, nos ha dado señales interesantes… Por el lado de aquellos picos queda Ahuijillo; el crucero que dejamos allá va a jilotlán de los Dolores. Este Mexiquillo es el campamento y centro de operaciones de Aten­quique en lo más alto de la sierra. Aquí deben estarnos esperando con caballos para seguir adelante.

Un caserío desparramado entre pequeñas lomas todavía som­breadas de pinos. La tierra es roja y de tal levedad que al solo paso, se levanta en huracanes cegadores. AlotitIán era como una risa de viento. Esto no, es tremendamente serio. Se afila el aire en rachas doledoras. Y las nubes, las primeras nubes del temporal, se agitan y revuelven a un palmo de nuestra cabeza.

Unos tanques enormes de combustibles. Mecánicos chorreados de aceite hasta los ojos. Galerones de madera con maquinaria en reparación. Un regular número de viviendas de madera.

Es la una de la tarde. Dicen que en días claros se alcanza a columbrar la blancura de Pihuamo. Estamos ciertamente a una al­tura muy elevada.

Preguntamos por la casa de Manuel, el señor que nos iba a proporcionar caballos. No está aquí, se fue al rancho de El Limón que queda más allá de aquellos picos verdes. Fue a una fiesta que se está haciendo para celebrar un bautizo y se llevó los caballos. Na­die más tiene bestias en el lugar…

Nos decidimos a seguir el camino a pie. Pero necesitábamos de aquí un guía que conociera la vereda hasta Puente de Dios.

Que fuéramos con Guillermo Rodríguez, el de la tiendita; pue­de que él nos quisiera llevar… Que sí, que no, que la jornada es muy difícil, que no soportamos la caminata, que ya es muy tarde, que no alcanzamos a regresar hoy… Le insistimos nosotros envalento­nados. Estábamos seguros de nuestras fuerzas. Podíamos caminar hasta el fin del mundo.

Accedió a duras penas a acompañamos y llamó a su esposa para pedirle unas tortillas por si acaso no regresábamos hoy. Noso­tros también nos animamos a decirle a la señora que nos vendiera algo de comer, alguna cosa, lo que fuera, unos frijolitos, algo, al­go… Nos sacó al portalito unas tortillas recalentadas y un platito con sal. No tenía frijoles.

Y emprendimos la marcha. Todavía caminamos en el vehículo un pequeño tramo; lo dejamos en el último punto a donde puede lle­garse y comenzamos la cuesta abajo.

Un buen rato se camina todavía a la sombra de los pinos, pe­ro a medida que se va pronunciando la pendiente, van desaparecien­do los pinos y dejando el lugar a encineras apenas retoñadas de ro­jo.

Hay momentos en que se inclina de tal modo el terreno que uno piensa que no va a poder detenerse. San Fernando, el caballo de San Fernando empieza a verse en apuros…

La blandura refrescada de la sierra empieza a convertirse en un terreno de riscos agresivos, pedregales imposibles, matujos secos y espineras. Así avanzamos, ya agobiados aquí por la fuerza del sol y por el cansancio de un descenso que no puede ser menos que pre­cipitado y violento.

Allá abajo se divisan unas chozas miserables de zacate. Co­rresponden a un rancho que se llama Siempreviva. Nosotros que al término de una hora de camino vamos todos casi muertos, preguntamos al guía si de ahí en adelante faIta todavía mucho para

Llegar.

– Se puede decir que todavía ni siquiera hemos comenzado. De estos cerros, más allá, al fondo… ¿alcanza a ver unos peñas­cos negros con una manchita roja? No, más allá; lo último que se alcanza a ver…

Forzando la vista, tras el vapor ardiente que empaña la leja­nía, pudimos ver, en efecto, la piel morena de una montaña desnuda. rasguñada de rojo. Al pie de aquella señal está el Puente de Dios.

Vio el guía que nuestros primeros arrestos empezaban a ser vencidos. Y nos consoló: Que llegáramos a Siempreviva y si de suer­te encontrábamos a su compadre, tuviéramos por seguro que él nos proporcionaría bestias para seguir.

Estaba por casualidad don Francisco Martín Ochoa en su ran­cho… ¿Qué andábamos haciendo por estos lugares? Es esto muy difícil y muy largo; no es viaje para un día y menos para una tarde como veníamos nosotros.

Y nos contó don Francisco entre risas festivas y amistosas bro­mas, los casos que él ha visto de gentes que vienen a Puente de Dios. El grupo de excursionistas que se perdió en la barranca, el hombre que se desmayó de insolación y fatiga, el que se rompió una pierna, el que no pudo dar un paso más y tuvo que ser atrave­sado en un burro

Todas estas alentadoras historias, pero luego, con buena voluntad puso don Francisco a nuestra disposición unas mulas y un macho.

Continuamos el camino. Los animales conocen bien todos los escollos y recovecos de la vereda que se cuelga peligrosamente so­bre el precipicio. Vamos al paso lento y calculado de los animales.

Rodeando por unos cerros llegamos a unos ranchitos misera­bles. Los perros se nos rodean con estrepitosos ladridos que resuenan en la hondura de la barranca. No entiende uno cómo pueden vivir las gentes de estos pobres jacales en la sequedad y aridez que se al­canza por todos lados.

Llevamos una hora a caballo y ya tenemos las piernas adole­cidas. Las cuatro extremidades de la bestia siguen la pendiente; la cabeza misma del pobre animal va como hundida en el declive mien­tras el torpe jinete hace equilibrios y se encomienda a la corte del cielo…

La última ladera se eterniza entre hierbajos secos, pochote y garambullo y uno que otro ciruelo que enrojece la crispación de sus ramas con el fruto madurado al rojo.

Este se llama Palo-bravo; con sólo tocar sus retoños o ponerse a su sombra, resulta una picazón en todo el cuerpo que no se quita con nada. Y los zacalazúchil, florecidos de blanco como un prodigio increíble en la sequedad de la barranca.

La luz cegadora de esta tarde es intolerablemente clara y si­lenciosa. Así avanzamos, como hundidos hasta los hombros en el va­ho ardoroso de esta profundidad.

Avanzamos más y más por la pendiente interminable. Unos tristes matujos se esfuerzan por retoñar y ofrecen un miserable alivio a los ojos de quienes caminamos por la vereda, sofocados en la cla­ridad de la tarde, el sopor de las cigarras, el jadeo de las bestias.

Una vuelta sobre nuestra derecha, adelante de un peñasco er­guido y una pendiente todavía más pronunciada, nos pone de golpe frente a la majestad grandiosa de Puente de Dios.

Estamos verdaderamente ante un milagro de la naturaleza. Se abrieron las entrañas de un cerro para dar paso a las aguas azules y frías que vienen del otro lado de la barranca.

Contempla uno aquellas arcadas gigantescas, el pórtico gran­dioso fuera del cual se tiende mansamente el espejo del agua, y una emoción profunda lo sacude; se corta la respiración, se extasía el alma, no hay palabra en los labios…

Nos apeamos de las remudas, endurecidos los miembros y ate­ridos de la jornada increíble. Son las seis de la tarde. A esta hondura alcanza ya muy poca luz. Aun así, queremos penetrar al recinto au­gusto de esta grandiosa cavidad a la que se ha comparado con un tem­plo, en la que se ha visto semejanza muy cumplida con una catedral.

Que los geólogos ensayen teorías y apuren explicaciones del fenómeno; que digan ellos cómo pudo un río penetrar a las entrañas de un monte y dar lugar a esta imponente caverna, por cuyo suelo pasa mansamente hasta salir de nuevo a la claridad del día.

A nosotros nos basta contemplar la extraña conformación de estas rocas y extasiarnos en su acomodo que parece diseñado por el arquitecto más inteligente.

Unas rocas se escalonan a la entrada; parecen de mármol rojo jaspeado de blanco; luego una especie de plataforma que co­rresponde al pórtico que se alza hasta una altura de 50 o más me­tros.

Ya entrando se extasía el visitante en la armoniosa combina­ción de planos interiores, rocas salientes, repisas, plataformas, que se acomodan y desacomodan a diferentes alturas y en diversos ángulos.

Todo esto cuenta con la luz proyectada al interior desde una claraboya inmensa que hay en el centro de la cueva y que manda reflejos hacia una parte, esconde penumbras misteriosas, da luces indirectas sobre un plano y sobre otro, y forma en todo un conjunto de cautivadora e impresionante belleza.

Las gentes han querido ver –el guía así nos lo explicó- la exacta configuración de una iglesia. Le llaman a una parte, el bautis­terio, porque parece como una dependencia adjunta a la basílica. Hay allí una pileta de roca, formada naturalmente y una gota de agua cayendo y cayendo sin descanso.

Se ven allí lo que serían los altares laterales de una iglesia, graderías y repisas donde por cierto han colocado cruces de madera y hasta inscripciones místicas. Las gentes llaman a estos salientes, ta­pancos, algunos tan espaciosos que bien cabrían en ellos hasta 200 hombres. Identificados o signados cada uno por sus características, es famoso entre éstos el tapanco pinto, por el jaspe marmóreo de que está constituido.

Y la corriente de agua que se oscurece en la penumbra, y sus reflejos fantásticos, y el gotear eterno que se trasmina de arriba dan­do lugar a molduraciones arquitectónicas, columnas, estrías, capiteles, de volutas caprichosas, agujas de piedra como sostenidas en el vien­to, estalactitas y estalagmitas que el guía nos explicó de la manera más espontánea: “no es sino el caliche del agua que ha hecho todo eso”.

Teníamos que regresar. Era preciso urgir el retorno pues el día estaba acabándose. El guía nos proponía si queríamos quedar­nos a dormir ahí. El ambiente es tibio y recogido, la arena es blan­da… sólo que, sí, hay tigres y otra clase de fieras, “pero no están empicadas; no sabe que hayan atacado por aquí a un cristiano”.

El pensamiento de reemprender la caminata, ahora cuesta-arri­ba, nos llena el ánimo de escalofrío. Y sin embargo, tenemos que hacerlo, cuanto más pronto mejor.

Seis horas a caballo, por aquella barranca tan escabrosa y tan inclinada, no son peritas en almibar. Y luego las horas de brecha por los caminos de la sierra.

Todavía entumecidos por las horas que llevábamos contadas, subimos a las bestias y volvimos la rienda hacia arriba. Allá por una lejanía de cerros, se alcanzaban a ver unas cumbres altísimas rosadas en el último sol.

A pesar de la hora el calor era insoportable. Lo único que pa­recía vivir en aquella inmensidad desierta de la barranca, era la sor­da reververación de los grillos soliviantados por la sed de la natura­leza, y la minúscula, insignificante y sin embargo desmedida activi­dad de los zacaluzúchil, ardiendo en el centro de aquella hora de­sierta.

Entre dos luces ya, pasamos de nuevo por el rancho de La Palma. Los perros nos imaginaron fantasmas y se afederaron a nues­tros tobillos con furia desesperada.

Rígidos los miembros sobre la cabalgadura, adolecido todo el cuerpo, con una sed angustiosa, ardiendo el rostro, seguimos paso a paso hacia adelante, salvando una cumbre y otra, ya en la oscuridad

de la noche. Los grillos llenaban el ámbito más allá del olor vivo y casi humano que se levantaba de la profundidad de la barranca.

Al borde de un abismo por donde las bestias iban tanteando un paso y otro, nos llegaba desde abajo y nos refrescaba las corvas el vientecito apenas tibio que se levantaba desde aquel rescoldo del que nos íbamos apartando.

Cuando llegamos al rancho de don Francisco Martín Ochoa, el dueño de los caballos, quien por cierto nos recibió risueño y amis­toso como la primera vez, ya pasaba de las nueve de la noche. Una noche sin luna y sin estrellas, porque a la profundidad donde nos en­contrábamos, apenas se alcanzaba a divisar el vislumbre lejano del cielo.

La esposa de don Francisco nos obsequió una taza de café, lo primero que tomábamos desde la mañana; pero el señor nos aclaró con su mismo tono guasón que aquello terminaba ahí. Si queríamos dormir un rato mientras salía la luna, lo hiciéramos; si queríamos pasar toda la noche, nos dejaba que lo hiciéramos en su cocinita; las remudas no nos las podría facilitar para seguir adelante, porque no había manera de que se las regresáramos. Si queríamos seguir a pie, paso al pasito, algún día llegaríamos sin duda.

Pensamos en las laderas que nos quedaban por delante, ya incapaces de dar un paso y menos en la oscuridad de una noche renegrida y sin conocer el camino. Pedimos de muchos modos a don Francisco, le insistimos en nuestro estado de fatiga, pero él se resis­tía: no iba a caminar con nosotros todos aquellos cerros que nos fal­taba de recorrer, para regresar con sus animales . . .

Accedió a nuestro ruego al fin, y vino así la última etapa de la ascensión, en la oscuridad más densa y sólo al paso de las bes­tias que iban siguiendo invisibles veredas, mientras nosotros nos des­cadecíamos de hambre, de cansancio y de sueño.

Empezaban a cantar los gallos de la madrugada, cuando alcan­zamos al fin lo más alto de la sierra. De ahí seguiríamos ahora cues­ta abajo, por la brecha que abrieron los camiones de Atenquique.

Otras tres horas de camino entre pinares formados en fantas­males vallas, bajo un cielo de estrellas monstruosamente vivas, y una luna recortada en cartón sucio, mordiscada en su filos por aquel hormiguero de estrellas, iba dejando en el aire una exuda­ción caliente. Imaginamos sus bordes como los labios de un muerto, después de la primera embestida de los gusanos.

Nuestro cansancio se convirtió en una amargura misteriosa, en una nostalgia extraña por aquel Puente de Dios, cuya magnificencia nos había extasiado antes. Al otro lado del puente pudimos haber encontrado a Dios.

La quietud atormentada de la noche, la agonía de aquel si­lencio, la calma angustiosa del mundo en aquel punto de la madruga­da, nos hizo acordarnos del verso de Ovidio:

Jam quiescebant voces

hominumque canumque,

lunaque nocturnos

alta regebat equos…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: