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SAN JUAN DE LA LAGUNA

Avanzábamos penosamente por el lodazal revuelto. A veces parecía que el vehículo flotaba en el cenagal y que no íbamos a pasar adelante.

Las cercas que estrechan el camino se cubrían de plúmbagos, desleídos sí, por el aguacero que cayó toda la noche, y con ello mismo más transparentes en su levedad apenas azul.

Del otro lado se levantaban los mil pares, lustrosos y tiernos, con una fragancia de espigas florecidas que llenaban aquel aire don­de ya empezaba a prenderse el sol.

Así íbamos avanzado por el rumbo que nos indicaron: que nada más siguiéramos la acequia, que ella nos conduciría hasta la laguna.

Tiene Lagos de Moreno paisajes escondidos, bellezas naturales que no son los reconocidos valores de su alcurnia, de su noble ar­quitectura, de su tradición literaria y artística.

Tiene en rinconadas que se esconden más allá de una loma, en el recodo de una hondonada, sitios maravillosos que entrañan un pasado venerable, un testimonio histórico de grande interés y un paisaje y unas llanadas inmensas hoy matizadas en los colores y fragancia del verano.

Fuimos al hallazgo de uno de estos sitios desconocidos para la inmensa mayoría de los visitantes que no se cansan de elogiar el perfil señorial de esta noble ciudad, la gallardía de su parroquia, el encanto colonial de sus plazuelas, la arquitectura de sus casas; todo eso, pero nada saben de tales y cuales sitios pintorescos o de tradición histórica que se localizan a no mayor distancia de la ciudad.

Así, dando tumbos entre el lodazal, perdidos entre los mil­pales, saltando entre charcos de agua, después de una noche de aguacero, fuimos a llegar a La Laguna que se localiza apenas al otro lado del célebre Cerrito del Calvario, tan connotado en la vi­da y las tradiciones de Lagos.

Llegamos a una extensión de agua rodeada de caseríos hu­mildes que se desparraman en los sembradíos. Ordeñas, viejas ca­sonas de antigüedad respetable y humildes y sencillas viviendas de donde salían las personas al azoro de unos visitantes, que no el ordinario ir y venir de camiones de redilas que transitan por estos recovecos.

El sol se asomaba entre las nubes, blando y desteñido. Y ya su luz espejeaba en el agua y hacía reflejar el hondo verdor de los sauces que se acercan a la orilla del lago.

Eso y el camino de p1úmbagos subidos a las cercas, como si el azul tierno del cielo se hubiera desparramado a puños por aquellos caminos. Nunca el lodazal llega a manchar la pureza de las pequeñas florecitas.

Un viraje violento, la empinada joroba de un puente, y ya estamos en el antiquísimo poblado de San Juan de la Laguna.

Extensión abierta de una plazuela sombreada de eucaliptos, el caserío desacomodado, pero no desprovisto de un sello de no­b1eza, manifiesto en las portadas de piedra, en las ventanitas de sus viviendas y hasta en los adobes carcomidos donde pueden leerse las huellas venerables que escribe el tiempo a las centurias.

En medio de todo aquello, la mole majestuosa de la igle­sia, sencillísima en sus líneas, pero con la austeridad que corres­ponde a una fortaleza de tiempos pasados.

Sobre el arco principal que conforma su puerta de entrada, una estatuilla de piedra, gentil y leve en su modelación, que re­presenta a San Juan Bautista, es todo lo que tiene de adorno la fa­chada de esta iglesia cuya antigüedad viene del siglo XVII.

Por el atrio que ahora están pavimentando con baldosas y pie­dras de castilla, rodea una serie de primitivas ermitas que corresponden a un viacrucis levantado indudablemente si no antes de esta misma iglesia, por lo menos al tiempo de ella.

No son sino unas toscas ornacinas hechas de cal y canto, enjalbegadas y pintadas de rojo, en cuyo interior no se ve otra cosa que una cruz mal dibujada.

Todavía quiso el artista indígena adornar estas capillitas con unos ángeles hechos de la misma argamasa, pero de tan rudas fac­ciones, de tan imperfecto dibujo, que con todo ello no hizo sino acen­tuar mejor los rasgos de un indigenismo puro, así en los pómulos, en los labios, en la rudeza del gesto,

Tocó en suerte que la hora de nuestra visita correspondiera al momento en que el sacerdote que viene a atender espiritualmente este pueblo, tomaba el frugalísimo desayuno, en uno de los cuar­tos dispuestos contra los muros de la iglesia, dando al conjunto un aire conventual.

Que nos acercáramos a la mesa, que gustáramos de un plato de frijoles con tortillas calientes; o si preferíamos, un vaso de leche. Que sí, que sí, que iban a ofrecemos algo mejor. .

Y la buena señora que atiende al capellán y a las personas que lo acompañan, una indígena sencilla y amable, fue a sacar quien sabe de dónde, una caja de cartón de la cual estuvo extrayendo unas piezas de pan.

El sacerdote lleva muchos años de convivir con esta gente. Viene del pueblo de Moya a atender sus necesidades del alma y se ha encariñado con ellas y conoce sus costumbres, sus tradiciones y hasta domina con perfección el dialecto indígena que se habla todavía en la intimidad de las relaciones familiares.

Nos hace notar el sacerdote que este pueblo fue el asiento pri­mitivo de la evangelización de toda esta zona; que de aquí par­tieron los misioneros que fundaron Santa María de los Lagos y San Juan de los Lagos, las dos poblaciones señeras en cuyos títulos primitivos aparece la relación primera con este San Juan de la Laguna.

Bien puede verse la referencia a un lago o a una laguna que no se encuentra a la vista ni en San Juan de los Lagos, ni en Lagos

de Moreno. Lo que pudo extrañar alguna vez al Viajero observador, está desentrañado aquí y expuesto al asombro y al embeleso de lo que llegó a ser este lugar, como cuna de civilización y de fe, como sitio donde se arrulló la infancia de esas poblaciones, cuna que se mece al vaivén del agua, con arrullos del viento que ondea sobre la superficie.

Otro dato donde se establece esta relación histórica está en el marianismo visceral que han vivido estas poblaciones desde su fundación¡ y no un culto a la Virgen María en cualquier forma, sino en el misterio de la Asunción que cifra el patronazgo tradicional tan­to de Lagos de Moreno como de San Juan de la Laguna.

En la sacristía de Capuchinas de Lagos, se encuentra un óleo de la advocación mariana que da la clave de la antelación histórica de este viejo poblado a donde de manera casi fortuita hemos venido y nada menos que en vísperas de la fiesta de la Asunción, lo que nos ha permitido, mientras estos indígenas disponen los adornos del templo para la festividad, contemplar de cerca la interesante imagen­cita que ellos nos dicen ver “como si estuviera viva” y que a nosotros nos pareció de rasgos muy primitivos, de mejillas demasiado abul­tadas y caídas hacia abajo, todo el aspecto de una talla que cuenta su historia en centurias.

Pero hay otras varias imágenes marianas de antigüedad mani­fiesta y de rasgos muy interesantes.

Predominan las imágenes de María Dolorosa y de Cristo en la Cruz, según esa obsesión que se advierte en todas las iglesias anti­guas por presentar las escenas de la Pasión de Cristo, que sin duda alguna sirvieron de modo especial a los misioneros para mover la ternura y la devoción de los evangelizados.

Hay Vírgenes de mirada empañada y expresión angustiosa, con corona de rosas de papel de china y mantos de imponente solem­nidad, en telas y tisúes antiguos; y hay Cristos de carnes blancas, con chorreaduras de sangre que ponen estremecimientos en el co­razón.

Todo eso puede contemplarse en la vieja iglesia de San Juan Evangelista, que guarda además un lote muy valioso de ornamentos

antiguos que corresponden indudablemente a los días de esplendor y riqueza que debió alcanzar esta comunidad indígena cuando fue el centro de vida y prosperidad de toda la región.

Hoy no quedan sino las huellas empolvadas de aquel pasa­do. El silencio y la dolencia callada de los edificios que tuvieron su época de magnificencia y que no guardan ya sino el eco de esos días.

Como un eco distante se agrupa alrededor de la iglesia el caserío pobre, viviendas que tuvieron su importancia, chozas humil­des, montones de piedras que corresponden a ruinas de lo que llegó a verse en torno de este santuario.

La comunidad indígena que pervive en San Juan de la La­guna, se compone de un centenar de familias desparramadas por los llanos que circundan la misma laguna y que sacan de ella el me­dio de su subsistencia.

Nos dicen unos señores que la fuente de vida más importante en el lugar corresponde a la explotación y trabajo del tule que ex­traen de las riberas de’ la misma laguna. Es cuestión de meterse con el agua hasta la cintura y cortar la planta en el tiempo de su sazón, y dejarla secar por ocho días, hasta que pierde brío y se deja ma­nejar blanda y dócilmente.

Luego se ponen a tabajarla sirviéndose de dos piedras con las que van golpeando tramo a tramo hasta que dejan la planta en forma para ser tejida. Viene luego el mismo proceso de tejido en el que muchos de ellos logran una habilidad extraordinaria, pues dicen que alcanzan a tejer en un día hasta dos petates de los que obtienen una cantidad que fluctúa entre los nueve y diez pesos.

Pero aparte de esto, elaboran con el tule en la línea de una inesperada artesanía, unos monos toscos y groseros, ciertamente, en los que no deja de advertirse, sin embargo, una cierta flexibilidad, una expresión y un gusto artístico muy acorde con la sensibilidad de estos indígenas.

Muchos de estos monos integran entre sí una banda de mú­sica, con sus instrumentos característicos, conformados de la manera más ingeniosa; sombreros, movimiento de manos y actitud en gene­ral, que merecen el reconocimiento a la destreza de estos indígenas.

Aparte de un grupo de músicos, vimos también los personajes tradicionales de una pastorela en acabado muy interesante.

Con todo eso, dicen en Lagos que estos indios practican una cierta forma de esclavitud hacia sus mujeres, según el vicio ances­tral que puede advertirse todavía en grupos primitivos, como los huicholes, tarahumaras, tepehuanes, etc.

La mujer realiza aquí las faenas más pesadas. Es ella la que cultiva el pedazo de tierra que bordea la laguna, y sirviéndose de la humedad natural y de la feracidad del terreno, obtiene rendimien­tos de alguna significación en la cosecha de legumbres de diferen­tes especies; variedad de flores que luego van a vender, canasto a la cabeza, en los mercados de Lagos.

Y mientras se fatigan y sudan sobre el surco, mientras cul­tivan afanosamente la tierra y van a vender el producto de su tra­bajo, los hombres reposan tranquilamente a la sombra de un mezquite, esperando que vuelvan ellas a rendir cuentas de lo que obtuvieron. Este decir escuchamos de labios autorizados con respecto a las cos­tumbres y forma de vida de este pueblo.

Pero nosotros no habíamos ido a buscar signos negativos. Fuímos nosotros casi por suerte al encuentro de un pueblo que guarda el escondido testimonio de lo que vino a ser centro de vida, de evangelización y desarrollo de toda esta región.

Habíamos ido nosotros por un camino de plúmbagos, saltan­do entre charcos revueltos y callejones bordeados de un exuberante verdor, sin pensar que allí nos esperaba el pueblo que representa el arranque de una historia de civilización y de cultura, culminadas ma­ravillosamente en Lagos de Moreno y en San Juan de los Lagos.

En la reiterada referencia a esos “lagos”, encontramos esta la­guna, donde ya el sol ponía reflejos de luz, y un cielo desleído y tier­no, era allá arriba como este florecer de plúmbagos que proliferan de un modo extraordinario.

Ahora sabremos ya que San Juan de la Laguna es un recinto escondido, donde se guardan y acendran los testimonios más valiosos de toda una región, y donde perdura vivo el espíritu de religiosidad y el afán arquitectónico, y la disposición artística, y el cultivo de una sensibilidad humana que viene a alcanzar en las ciudades más im­portantes de estos rumbos, preclaros y valiosos títulos.

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