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SAN MARCOS

Ya se pusieron a levantar la vía. Allí andaban los trabajadores sudando al sol de la canícula, entregados diligentemente a la tarea. El aire se refrescbaa en los milpares y traía hasta acá la fragancia de los sembradíos sazonados.

A golpe de marros van desclavando los enormes tramos de riel. Los durmientes se van quedando donde estuvieron siempre. Por entre las viguetas podridas empiezan a asomarse las hierbas en libertad. A veces hasta encuentra uno el lujo de una flor de aceitilla en el mis­mo sitio donde resoplaba el vapor asfixiante de la máquina del tren.

Ya no podrá llegar otro tren a San Marcos. El último que vino se despidió para siempre. Ahora se vive aquí de un recuerdo más, de una historia más, entre las muchas leyendas y tradiciones que se tejen en el pasado de este pueblo.

Todavía queda el enorme caserón donde sesteaba el ferroca­rril antes de regresarse. Una arboleda que emerge de entre el oleaje florecido de los campos de octubre, pone su nota de un intenso verdor. Aquellos gigantescos eucaliptos que rodean las derruidas instalacio­nes de la estación del tren, van a dar testimonio por muchos años del tráfico intenso en mercancías, cereales y pasajeros que llegaban has­ta ese punto, o venían a ser embarcados desde aquí a otros centros de consumo.

Aquellos fueron los días de grandeza en el Puerto de San Mar­cos. Ahora queda el recuerdo. Y esos eucaliptos como una bandera ondeando en el tiempo. Las mieles de octubre, los campos florecidos, la madura embriaguez de los maizales hacen resaltar, allá, la arboleda cerrada donde quedó la estación.

Eso quedará solamente. Los trabajadores se empeñan en la ta­rea de levantar la vía del tren. Los durmientes se ahogan en el hier­bajal que invade ya el camino del tren…

Y una tristeza muy honda, un recuerdo que se irá esfumando cada vez más, la sensación de cambio, el inevitable transmutar de las cosas que un día dibujó a San Marcos en el romanticismo legendario de otro ritmo de vida y hoy lo configura cómo un pueblo al remate de una magnifica carretera asfaltada,  pero muy diferente de aquel lejano Puerto de San Marcos, tema del cual hablan tan deleitosamente las personas mayores de esta población.

Todos los pueblos tienen a su lado una loma, un cerrito, alguna elevación. En esa cumbre hay siempre una cruz. Los brazos de la cruz se abren hacia el pueblo. El pueblo mira arrobado hacia los signos de su cruz. San Marcos tiene apenas al ras de su última calle un cerrilo y en su cúspide una cruz.

– Vamos al Calvarío. ¿No quiere? Desde allí se divisa la pobla­ción de lado a lado. Aquí, aquí; detrás de esa casa comienza la su­bida. Íbamos abriendo paso entre los matujos. Las hierbas pisadas exhalaban una fragancia deliciosa. Saltaban los chapulines en sor­presa inesperada. Una mata enorme de maravillas había cerrado sus flores a la fuerza del sol; no las volvería a abrir hasta que refrescara la tarde.

Desde aquella cumbre nos pusimos a contemplar el panorama. Los sembradíos cerraban el horizonte. Esta es una planada inmensa donde parece que se ha aprovechado hasta el último palmo de tierra y donde la tierra ha dado la más generosa respuesta a los afanes del agricultor

– No, señor; todavía no podemos decir nada. Cierto que las labores se han dado muy buenas; pero vaya usted a saber si nos cae un granizal, o una plaga, o viene un ventarrón y lo destruye y lo arra­sa todo.

Al término de la llanada en milpares sazonados, se columbra un filo azul de montañas. Desde aquí parecen insignificantes y traza­das en un dibujo hecho de blanduras de lejanía.

– Ni lo diga, señor. Hacia allá quedan las barrancas de Ama­tlán, Ahuacatlán, Ixtlán y todas aquellas montañas de Tepic que ya se asoman al mar. Para este ladio es más parejo el terreno; para acá quedan Etzatlán, San Juanito, San Pedro.

Ya estamos situándonos en la geografía de Jalisco. Desde esta pequeña elevación alcanzaremos a orientarnos en las poblaciones que precisan la ubicación de San Marcos. Así como podemos asentarnos en la superficie de esta tierra de Jalisco, queríamos asentarnos también en el tiempo que corresponde a los años de esplendor de San Marcos, a su época de bonanza, a los tiempos en que este lugar fue conocido como el Puerto de San Marcos.

– Mire usted hacía a aquel lado. Aquella cinta de un verde más tierno, allá está la hacienda vieja de Malinalco y San Sebastián; por el lado de esta hondonada están Santa Rosalía y Huerta Vieja; por la raya de la carretera se apunta hacía Oconahua y San Felipe. Yo le voy a decir lo que pienso: para mí, la grandeza de San Marcos tiene relación con los tiempos en que florecieron sus haciendas. San Marcos mismo era una hacienda, y viera usted las cosechas que se levantaban de aquí. Esto y su colocación en la puerta de los caminos que se abrían hacia la costa, con el servicio del ferrocarril que rema­taba precisamente en este .lugar. Todo eso dio a San Marcos una im­portancia muy grande en esta región. Hará cosa de unos treinta o cuarenta años en que las cosas fueron aquí, así como le digo

Desde el cerrito de El Calvario se destaca, en la gallardía de un verde subido sobre las llanadas que amarillecen de tanta flor, la arboleda que marca el sitio de la antigua estación del tren, el tren que no volverá a San Marcos, como no volverán tampoco los tiempos que hoy recuerdan las personas mayores de esta población, entre his­torias fantásticas, relatos estremecientes del tiempo de la revolución, consejas de aparecidos, de tesoros anunciados por fosforescencias misteriosas y tantos, tantos relatos de este género que recogimos en San Marcos.

Nos platicaron de don Genaro Fregoso. Don Genaro no fue oriundo de San Marcos. Vino de Cocula y se quedó aquí y aquí de­sarrolló una actividad relacionada estrechamente con la época de bo­nanza de esta población.

Estamos platicando con don Lucio Venegas. Don Lucio cuenta ya con 80 años; una voz apagada que se pierde a veces en las sofo­cadas inhalaciones con que trata de atrapar el aire y una lucidez men­tal y un recuerdo vivo de los años de su juventud en San Marcos.

Le digo de este señor don Genaro, papá de Felipe y de Eduardo; la verdad, yo no conocí un hombre más trabajador. Don Genaro tenía una agencia de carga. El recibía una cantidad enorme de mercancía que despachaba desde este lugar a los sitios a donde estaba destina­da; también se encargaba él de recibir las cosechas de todo este rumbo que enviaba para su venta a Guadalajara. El trabajo de don Genaro estaba de acuerdo con el servicio de transporte del tren y con el que hacíamos algunos que nos dedicábamos a llevar desde aquí en nues­tras mulas, la mercancía dirigida a talo cual pueblo de la región. Yo trabajé muchos años con don Genaro Fregoso y lo recuerdo con mucho cariño. La verdad, yo guardo para don Genaro un recuerdo muy afec­tuoso …

Don Lucio tenía cinco buenas mulas. Sirviéndose de ellas traía o llevaba gente y carga de aquí a todas las poblaciones de aquel rumbo montañoso que se abre en este Puerto de San Marcos. Vein­ticinco pesos costaba un flete a San Blas. Tres días de camino se hacían a Tepic, otros tantos hacia Talpa o Las Peñas. Aquellos tiempos que vivió don Lucio en su juventud.

Dice que una vez mató a un hombre; así como suenan las co­sas. Nos lo está contando este viejecito de palabra sedosa y respiración fatigada. Y dice que no le tembló la mano cuando sacó la pis­tola que traía escondida bajo la camisa y vació toda la carga sobre aquel individuo.

Se trataba de un par de malhechores que lo asaltaron por el recoveco oscuro de unos peñascos. Le salieron al camino cuando él iba con su recua de mulas cantando muy quitado de la pena una de aquellas viejas canciones de su tiempo.” Que te vamos a matar, hijo de tal por cual”. El llevaba un cargamento de mercancía muy valiosa. Claro que más valiosa que todo era su vida. Así fue el encuentro inesperado de aquellos bandidos, en el cual tuvo después de todo, la serenidad de sacar la pistola y defenderse como pudo.

Y dice don Lucio que desde el gobierno de Jalisco le llegó un papel felicitándolo por su proeza, pues según parece eran aquellos dos facinerosos muy temibles a quienes no había podido someter la autoridad.

Don Lucio hace memoria de mil detalles interesantes. A media voz, a su voz reblandecida y silenciosa en el golpe de 80 años, va tra­yéndonos diversas historias que seguramente desconoce la nueva gene­ración de San Marcos.

Como quien revuelve en un baúl lleno de enseres viejos, así va don Luciano sacando aquella barahúnda de arrieros, comerciantes, comisionistas, agricultores, hombres de bien y de mal que se cruza­ban en un todo, por aquellos tiempos del Puerto de San Marcos… así va sacando don Lucio -repetimos- la historia que nos va a contar. Una historia que sale a flor de la conversación con la fragancia de las cosas viejas que se guardaron muchos años en un antiguo baúl de madera.

Pues nada, que el diablo se aparecía en San Marcos. A él le tocó vivir el asombro que sacaba de juicio a los vecinos de la pobla­ción cuando, a una voz, matizaban entre todos, las señas y pormenores con que cada uno lo había visto u oído en su tropel por las calles del pueblo.

A la media noche bajaba el diablo por la parte alta del pue­blo. Iba resoplando y echando chispas por el hocico, mientras las per­sonas se apretaban en un nudo de jaculatorias, allá en el último rin­cón de sus casas. Luego se hizo ya costumbre ordinaria el rezar cada día, a voz en cuello, mientras sonaban los toques de la oración o del ángelus, una serie de invocaciones pidiendo el amparo del Señor San Marcos contra el Maldito y rechazando la presencia de éste, en la po­blación, con hirientes y enérgicas invectivas.

– Pero díganos. don Lucio, ¿A usted le tocó ver al Demonio? Explíquenos cómo era. Usted lo vio muchas veces con toda seguridad.

– Yo le vaya decir lo que vi; allá usted dirá si aquello era el Diablo o qué… Una luna blanca tendida encima de las calles. El pue­blo quieto, ni siquiera el aullido de los perros. Y la luna, oiga: deveras que estaba chula aquella luna de media noche… En esto que se deja oír como un tropel. Entonces sí que se soltaron los perros ladrando por todos lados Yo tenía uno, El Canelo; usted  lo hubiera visto, con los pelos de punta, afederado, a ladre y ladre. Cuando el tropel estuvo más cerca yo me puse aquí y abrí la rendijita de la puerta; apenas lo estaba haciendo cuando pasó levantando polvo y chispas de contra las mismas piedras, un toro de este tamaño, color bermejo y de encor­nadura levantada así. Eso fue lo que yo vi. Todas las noches baja­ba ese toro y parece que nadie lo reconocía como de su propiedad.

Nos impresionó de verdad el tejido de leyendas fantásticas que, sin buscarlo propiamente, pudimos encontrar en la población de San Marcos. Ahora que este pueblo vive en el recuerdo de su grandeza, parece que con las cifras y datos que refilan su poderío de entonces, va trayendo también el rumor de aquellas consejas pueblerinas que corresponden a sus años de esplendor.

Aquí está, por ejemplo, la conversación con la Comadre Mauri­lia. Así llaman por cariño algunos connotados vecinos de San Marcos a esta señora en cuya casa somos recibidos con hospitalaria cordialidad.

Un espacioso corredor y muchos equipales. Macetones de he­lechos y begonias en repollada ternura. Jaulas de pájaros. La cocina a un extremo y desde ella el olor incitante de un guiso que se promete delicioso.

La Comadre Maurilia es una señora todo lo respetable y digno que puede ser una señora principal de un pueblo. Su forma de vestir en extremo sencilla y sencillas también sus palabras, comedidas y aten­tas sus expresiones, fluida y amena la conversación; esto más, cuando por el hilo del recuerdo, después de hablar de muchas y muy doloro­sas peripecias sufridas en tiempo de las revoluciones de nuestro siglo, quiere hacer referencia de un hecho determinado.

Ya habló de aparecidos, de sombras, de luces misteriosas que se veían en la penumbra de las estancias interiores de esta casa; o de voces que le decían había dos grandes tesoros enterrados en su antigua vivienda, “aquí debajo del guayabo, precisamente en el punto donde antes estaba colocada una pila para dar agua a a los animales.

Y entre todos estas imágenes, el recuerdo dramático  de una avalancha de indios yaquis que venían como horda salvaje, en aquellos episodios de nuestra atormentada vida política, allá por el año de 1915, y en donde vino en la Coronilla, a coronarse el nombre de Ramón Corona.

Pensamos que todos los pueblos que fueron grandes en una época, dejan marcado con el impacto igual de sus días de gloria, la penumbra mágica de las cosas que ahora quieren relatarse, de los su­cedidos que se conservan amorosamente, como un desquite contra la pobre realidad presente.

Pueblos que fueron grandes, hoy quieren mantener ese título de grandeza igual, elevándose sobre la ordinaria condición de los hechos diarios, en el fulgor sobrenatural, mágico, misterioso, de las cosas que no pueden someterse a comprobación.

Allí quedó San Marcos, con su iglesia vieja, de gracioso dibujo arquitectónico, con su plaza ampliada recientemente, con sus tejados oscurecidos por la lluvia, sus callecitas empedradas, y. a lo cerca y a lo lejos, el amarillo oleaje de sus maizales en plenitud de madurez.

Por entre aquellos maizales, hacia aquella parte venía la vía del tren cuando el tren venía hasta esta población. Hoy ya terminan de levantar los rieles y queda nada más, a la sombra de una gigan­tesca arboleda, la casona vieja de la estación.

Ya no volverá el tren a San Marcos, pero San Marcos tiene recursos para mantener el alto nivel de importancia que llegó a ad­quirir; tiene en su mano los recursos de una agricultura y de una ganadería que pueden explotarse con rendimientos envidiables; y tienen también su atmósfera de leyenda y de ese aire mágico que le dan las viejas historias amorosamente guardadas.

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