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SANTA CLARA DEL COBRE

Allá arriba están las nubes, el aire perfumado de la sierra, el vuelo de las águilas y a veces, una llovizna persistente que nubla de un blanco silencio la hondonada del horizonte.

En aquella cumbre, poco más de 30 kilómetros arriba de Pátz­cuaro, está el viejísimo poblado de Santa Clara del Cobre.

Nos habían dicho: será sencillísimo encontrar este poblado. Ca­minarán entre el cortejo de los pinos y luego los llamará un repique musical. Sigan aquella música, eso es todo.

Entrarán por las calles; no quieran pensar sino en unas calles con las características entrañables de los poblados michoacanos, pe­ro en éstas …

Sí, caminarán por ellas a un sonar como de timbales, repique­teo de las fraguas, música que llena este aire limpio, orquestación de todos los talleres unidos en el mismo compás.

No tendrán que andar con miramientos: donde escuchen una música que los seduzca, empujen la puerta y ya. Acaso la puerta estará abierta, como si estuvieran esperándolos desde toda la vida.

Un jacalón al centro, no esperen más. En medio de todo la hor­naza imponente que chispea de rojo entre el humo; un humo que huele a bosque, a sierra, a cumbre.

Rodeándose de la hoguera, como oficiantes de un rito extraño, encontrarán a muchos hombres a medio desnudar. El torso bri­llándoles del sudor, los brazos hinchados en un torzal de nervios…

No será necesario decir nada; acaso una inclinación de cabeza por todo saludo. Podrán quedarse así observando.

El chisporroteo de la fragua se sincroniza en el ritmo musical con que aquellos seres misteriosos están martillando, cada uno en un yunque, un trozo de metal enrojecido al fuego.

Ellos no hablan nada entre sí. Van y vienen de la hoguera a su yunque, y golpean, golpean sin descanso.

Los van oír jadear. Acaso se limpien los chorros de sudor con el dorso de la mano. La rudeza del trabajo, el fuego que están tratan­do de moldear… Será un ademán involuntario. Ellos están poseídos de su trabajo y no saben de nada más.

Si se quedan observando un rato y tienen la paciencia de de­jar que la lluvia lo envuelva todo, o que venga el sol y doble su luz por las laderas… Si tienen la calma de soportar por unas horas aquel humo den­so y aquel rito inesperado, observarán cómo de un trozo de hierro encendido al rojo va configurándose poco a poco una línea que nun­ca hubieran imaginado.

Esperen más para que vean todo. El artesano trabaja ensimis­mado. El mismo no sabe lo que va a forjar al golpe recio del martillo. Tiene el fuego en las manos, está retorciéndolo en caprichosa forma, y lo incita y lo provoca en un tanteo que puede dar una cosa u otra.

Que no lo distraiga nadie, que lo dejen pensar y soñar, que le dejen abrir puertas libres al mundo de su imaginación… De ese fuego entre las manos, de ese metal, hirviendo al rojo surgirá de pronto el perfil airoso de una figura que tendrá la gracia, la levedad de una paloma, la elegancia de un lirio, un vuelo de fragancias aleteando entre el pinar…

Todo eso nos previnieron y todo eso fuimos a encontrar pun­tualmente en Santa Clara del Cobre, apenas unos kilómetros arriba de la señorial ciudad de Pátzcuaro.

Había llovido toda la noche y se levantaba entre los pinares como un sendal de nubes que dejaban al desnudo el esplendor de los bosques.

Salió a nuestro encuentro, en un recodo del camino, una fuen­te que lo dice todo. De una jarra reluciente de cobre brotaba un cho­rro de agua. Simplicidad en el testimonio de la personalidad de esta población.

Las calles a nuestro encuentro, así como nos las habían descri­to: tejados por donde todavía goteaba la lluvia y unos charcos de agua y unas huertas de duraznos y membrillos, asomándose con su fruta a las bardas.

La plaza que quiere ser moderna y no puede disimular su an­tigüedad. Un portal con pilastras de madera y la vendimia usual de los pueblos.

A un extremo dos iglesias de extraordinaria riqueza arquitec­tónica, en cuyas molduraciones se palpa el tiempo, la huella de los siglos.

Esto es así por el musgo que cubre ya los cornisones, un musgo retoñado y verde, porque la humedad que prevalece aquÍ ha ayuda­do al tiempo a poner esta augusta marca.

Portales de madera y vendimias que buscan su protección, porque la lluvia afuera, no permite en estos días el desahogo co­mercial.

Hay dignidad y limpieza en las fachadas de las casas. Un mis­mo sello de antigüedad, pero nunca el aspecto ruinoso y desagrada­ble, sino al contrario, el afán de ofrecer una ventana, el balcón de madera, el faldón de teja, que hablan de una tradición y de un buen gusto dentro de esa tradición.

Por unas calles así y siguiendo el rumor de las fraguas, donde se trabaja en un mismo, incansable martilleo, fuimos a dar al taller de don Jesús Pureco.

Don Jesús ya no se dedica personalmente al trabajo del cobre.El dirige a sus hijos, a sus nietos y en ellos tiene un numeroso cuerpo de operarios que mantienen uno de los más prósperos negocios.

Vimos allá toda la descendencia de los Pureco, jóvenes y viejos, entregados a la ruda tarea.

La hoguera en el centro, los “fuelleros” que la están atizando, y una serie de yunques donde aquellos hombres de rostro ensimis­mado golpean y golpean el trozo de cobre enrojecido.

Don Jesús Pureco, al momento de nuestra visita cuidaba de un tendajón adjunto donde despacha pan, refrescos, hilo para coser, tablillas de chocolate y toda una diversidad de artículos apenas ima­ginable.

Ha dejado la clientela y se ha puesto a escuchamos y a responder con su voz apagada, una extraña voz que le nace de las pro­fundidades del pulmón, a todo lo que le preguntamos.

Pensábamos en un señor que no tendría otra habilidad que la de su noble artesanía, sencillo en sus conocimientos y ajeno a todo lo que significara réclame comercial o conocimientos publicitarios.

Pero nos equivocamos en redondo. Don Jesús Pureco comienza por presentamos su tarjeta personal y tras de ello nos va hablando de los altibajos que experimentan en las ventas y lo que significa la cons­tante afluencia de turistas como recurso muy importante en las con­diciones económicas de la población.

Sí, que ésta es una industria que lleva más de cuatro siglos. y habla y menciona el nombre de Tata Vasco dando a su voz la en­tonación húmeda de un afecto y una veneración que no ha menguado con el tiempo.

Hubo en años viejos, en esta región, dos minas de cobre muy importantes, la de lnguarán y la de la Purísima Concepción. Don Vas­co debió ver las posibilidades de su explotación y las ventajas de aprovechar el cobre en la artesanía que él mismo implantó en los indios, poniéndoles maestros que los capacitaran para el caso.

A la fecha apenas se obtiene de éstas, mínimas cantidades de cobre. Dice don Jesús Pureco que ahora se abastecen con los desper­dicios de embobinados o de otras industrias que recogen en México, en Aguascalientes, en Guadalajara.

– Pero no crea que nosotros andamos de aquí para allá aca­rreando la materia prima. Para que mejor me entienda, esto se hace a base de vendedores que hay aquí y hacen su negocio recogiendo el trabajo de las fraguas, van a venderlo a aquellas ciudades y ellos mismos compran el cobre que luego nos venden a nosotros.

Le preguntamos sobre el costo riguroso de una pieza determina­da, sobre las condiciones económicas de los trabajadores. El tiene los datos que le pedimos y nos los da sin el menor titubeo …

– Vamos a decir esta jarrita de un kilo. Para que mejor me entienda; el kilo de cobre nos cuesta quince pesos. Ahora, la mano de obra: un trabajador entendido se lleva todo un día hasta darle su aca­bado tal como la ve. Un hombre aquí, para que mejor me entienda, gana de unos veinte pesos para arriba. Usted saque la cuenta.

La mañana ha empezado a clarear. El murmullo del aguacero se ha ido alejando por la sierra cuyo dibujo se columbra apenas a través del vaho blanquecino.

Una señora ha venido a comprar pan y busca y rebusca una pieza a su gusto. Le parecen duras no halla por cuál decidirse. Nos ve con extrañeza y da la media vuelta sin comprar nada.

Don Jesús la deja ir sin externar la menor contrariedad. Y así, en el mismo gesto impasible y con su misma voz apagada, como venida de un escondrijo cavernoso, nos va enumerando los nombres de los grandes maestros en el trabajo del cobre que él recuerda y que se significaron grandemente allá desde el año de 1904.

Recuerda de aquellas fechas a Don Concho Zárate, a don Con­cho Pureco, a don Pedro Pérez, a don Dolores Parra, a don Zeferino Reyes, a don Ignacio Mondragón, a don Antonio Pureco, a Don Leo­nardo Hernández.

– Como usted ha de imaginarse, todos éstos vienen a ser como nietos de los más primitivos trabajadores del cobre. Cosa de muchos siglos que se han empapelado ya en la antigüedad; nosotros somos los retoños de aquéllos y aquí vamos, para que mejor entienda, siguien­do esa línea que están tomando ahora nuestros hijos y nuestros nietos.

Entre los maestros actuales menciona un número más crecido todavía y nos asegura que a estas fechas apenas habrá aquí un zapatero, un panadero o gente así, que se dedique a lo suyo. La ge­neralidad del vecindario trabaja y vive de la artesanía de Santa Clara.

– La cuestión del cobre viene brincando de una generación a otra del mismo modo que brinca la sangre. Quiero decirle que es una cosa natural, que no hay apuntes, ni modelos, ni figurita dibujada de este modo o de otro. Para que mejor me entienda: una gente se pone a trabajar en su trozo de cobre y lo va manejando a su gusto, saca de el lo que se le antoja, todo a la pura memoria, de su cabeza para que mejor entienda. Fíjese para que vea que no hay una pieza como otra. Quiero decir que no hay dos iguales aunque se trate de la misma vasija.

Hasta este lugar, frente a la calle que se ha despejado de la lluvia y muestra unos charcos de agua, donde relampaguea la tierna luz, ojitos azules, aire de amanecer en la montaña… hasta aquí llega el golpeteo cansado de los martillos sobre el yunque.

Santa Clara vibra en la luz de esta mañana y en el tintineo de mil golpes de martillo sobre el yunque.

Sólo la voz de don Jesús sigue llegándonos sorda y apagada, como nublada en el humo de la fogata, como luchando trabajosamen­te por salir de aquellos rincones oscuros de su garganta.

– Las cosas van y vienen y siempre queda uno en lo mismo.Quiero decirle de lo caro que están ahora todas las cosas. Uuuy la mano de obra. ¿Ya le dije que antes un trabajador ganaba al día un rial? Entonces también la obra valía cualquier cosa. Ahora subió to­do, pero también vendemos todo esto a mejor precio.Y luego se enreda en explicaciones que no llegamos a cap­tar claramente.

Se trata de una cooperativa que han formado todos los traba­jadores del cobre. Parece que hay por aquellos rumbos algún descon­tento de parte de los cooperativistas, malos manejos, parcialidades, al­go, algo que don Jesús no se animó a declarar y que nos bocetó nada más, con la misma imprecisión en que se divisan desde aquí los perfiles nublados de la sierra.

También hizo mención del apoyo que reciben de un banco. Parece que ahí no hay dificultades. Tanto tienes, tanto te presto. Déjame asegurar los intereses. Si no me pagas, yo me pago y san se acabó.

Don Jesús Pureco reconoce de cualquier manera la ayuda de esta institución y dice que los trabajos del cobre van por buen rumbo, que cada día se siente más interés en la gente de México por estas cosas, como que ahora se va estimando más este trabajo y hay más gusto por las figuras, jarras, ollas, floreros, platones y toda la gama de creaciones salidas de la hornaza que luego se van figurando a golpes de martillo.

– Esto también quería decirle, ya que parece que anda usted tan interesado en estas cosas; que un día nos fuimos toda la familia allá pal Estado de Guanajuato. Y empezamos a trabajar y que empie­za a agarrar fama el cobre que sacábamos allá. Pero el clima, oiga; cosa del puritito infierno para quien se ha acostumbrado a andar aquí casi entre las nubes. Total, para que mejor me entienda; un día les dije a mis hijos, vámonos a Santa. Clara, esto se acabó. Levantamos todo y aquello se acabó de veras, nadie volvió a trabajar en esto que así y todo, tiene su chiste, no crea que cualquiera…

Don Jesús Pureco ha querido refilar su ufanía levantando la vista y viéndonos desde el nivel de su capacidad, de su entrenamiento y pericia en estas cuestiones.

Adentro, en el jacalón, no cesan de cantar los martillos, sobre el yunque. Y un humo denso se levanta y retuerce por esta atmósfera cargada ya con el peso de la nublazón.

La humedad dificulta mucho el encendido normal de la leña. El humo se revuelve allá con las nubes bajas. Y no sabe ya uno que as­pirar con mayor fruición, si la resina agria de esta densa humareda, o la fragancia limpia de los pinos.

Dejamos Santa Clara, pero todavía, mientras descendíamos la carretera escalonada que nos iba a dejar a Pátzcuaro, llevamos con nosotros el argentino repique de su cobre.

Y el recuerdo de sus callecitas, sus templos viejos, los charcos de agua y aquellas huertas de duraznos y membrillos asomando su fruta por lo alto de las bardas.

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2 comentarios

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