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SANTA MARÍA DEL ORO

Hay que subir más. Vencer aquella cumbre, ganar aquella altura. El camino serpentea entre un bosque de pinos y cedros que per­fuman el aire. Más arriba todavía, con ansia de tocar las nubes con las manos.

Ya pasamos el hervor ennegrecido de lava que desde los cráteres del Ceboruco, vino a derramarse en toda la amplitud del valle. Hay una inmensa extensión invadida de filos cortantes, piedras endurecidas en la fragua del Volcán que se quedó dormido hace muchos años.

Como quien vuelve de una pesadilla, pudimos salir de aquel mar negro, revuelto en su oleaje, de piedras y cenizas calcinadas, pu­ñales de acero, figuras caprichosas que se mantienen en equilibrio, formas minerales de impresionante consistencia.

Y más allá el campo verde, los prados florecidos, las arboledas, los pinos y oyameles, la vegetación de la cumbre que vamos ganando vuelta y vuelta.

No podrá negarse a Nayarit el esplendoroso verdor de sus cam­pos, la vegetal riqueza de sus montañas, la maravillosa hermosura de sus paisajes.

íbamos así recogiendo con la vista y gozándonos de aquel rin­cón de las montañas, donde el verde se oscurece en húmeda fecundi­dad, el valle de florecidos colores cualquiera sea la estación del año, la impenetrable densidad de las arboledas que purifican el aire.

Esto sobre todo: la pureza del aire en la cumbre. Una nitidez en el horizonte, la exacta visión de las lejanías, el desnudo cielo azul por donde hierran, categóricas y blancas nubes, dueñas de todo el fir­mamento.

Y nosotros cerca de ellas, participando de la misma luz, de la misma transparencia del aire, libres de las contaminaciones de la tie­rra.

Un caminillo a mano derecha. Apenas una vereda asfaltada que va tratando de subir todavía más arriba. Seguimos por ahí en la misma ansia de tocar el cielo con las manos.

Se dilata el horizonte por este lado. Las llanadas interminables en aquellas alturas ofrecen pastos excelentes donde el ganado puede satisfacerse a sus anchas. Y las casitas asomándose al camino. Y las vacas levantando displicentemente la cabeza para vernos pasar mien­tras rumian el sabroso bocado.

Nos urgía el culebreo incansable de aquel camino. Todos los caminos llevan a un sitio, pero aquéllos que trepan entre montañas y arboledas no pueden llevar a otra parte que a la contemplación del cielo. Pensábamos que a poco encontraríamos tal vez a Dios.

Luego de unos llanos interminables, verdecidos de fiesta a pesar de los rigores de la estación y a pesar del frío doloroso que llega a sentirse en estas alturas, avistamos un pueblecito.

No llega acá el ruido ensordecedor, ni el griterío de la gente. Las ciudades con su civilización quedaron allá abajo, al ras del sue­lo.

Nosotros habíamos encontrado un pueblo cerca de las nubes.

Nos estremeció el silencio del pueblo. Era un silencio vivo con el que podíamos platicar… en silencio también.

Los hombres sentados en el bordo de las banquetas a la caricia del sol; las mujeres trajinando con ollas de nixtamal hacia el molino. Y ellos y ellas, penetrados del mismo silencio de este pueblo; de su silencio y de su claridad, de su tierno sol, de su cielo desnudo a la altura del brazo.

Dejamos las últimas calles y continuamos otra vez por la ve­reda de asfalto que nos condujo como a una plataforma. Desde ahí, igual que en el Tabor. pudimos contemplar la gloria de Dios.

Entreabríase entre el boscaje el iris de azul de una pupila.Nosotros aca, desde un balcón, tejido en todos los tonos del verde, y allá aquel espejito perdido entre los cerros, puesto en aquella altura para reflejar de cerca la limpieza del cielo.

De verdad que es maravilloso el espectáculo que puede con­templarse en aquella altura; un revuelo de otras cumbres de intenso

verdor y enmedio de ellas, como en un cuenco amoroso, como en el regazo de las montañas, un pequeño lago de profundo y rutilante azul.

Podía uno pedir que el agua fuera verde por los reflejos de tan exuberante vegetación; pero estando el lago tan cerca del cielo, se vuelve de un maravilloso y denso color azul. Por eso dijimos que éste podía ser el ojo de Dios en las montañas.

Y no íbamos a quedamos contemplándolo a la distancia. La vereda de asfalto sigue todavía perdiéndose y saltando bajo la som­bra de los árboles o sobre los riscos atrevidos de un peñón.

Fuímos bordeando otras cumbres, acercándonos más, llevados del guiño misterioso con que al salir de una curva volvía a llamar­nos aquel lago.

Hay rinconadas de vegetación impenetrable. Árboles milena­rios que sobresalen con toda su magnificencia, libres y dueños del paisaje; variedad de helechos y de otras especies vegetales que atraerían a un naturalista.

Pájaros, mariposas, flores, que no sabe uno si pertenecen a tierra caliente o a climas fríos. Mejor será decir que pertenecen a la altura, a esas cumbres donde anidan los cóndores, donde el mismo aire es  azul.

No más de media hora se requiere para estar al borde de la laguna. Al nivel del agua tiene uno el sortilegio de su transpa­rencia. Ya no es tan intensamente azul, sino que ahora ofrece el reflejo de la montaña en sus accidentados perfiles y siempre en su espléndida vegetación.

La arena húmeda de la playa se tapiza de millares de pe­queñas mariposas de color amarillo que vuelan entre nosotros, co­mo chispas eléctricas de luz, de una luz tierna y sedosa como es la luz en estos parajes.

Una familia numerosa de patos negros se pone a hacer fies­ta en el agua; van y vienen, se entretejen en figuras caprichosas que van dejando el escalofrío de una huella sobre la superficie inmó­vil del agua.

Nos quedamos un buen rato contemplando aquello. No sa­bíamos otra cosa que admirar aquel mundo de reflejos verdes en el agua azul, mariposas amarillas y patos negros, cada quien al rit­mo de su danza,

Hay unos árboles viejísimos al lado de la laguna, Unos ya descarnados y secos; otros caídos en la orilla del agua con su­gestivas torciones.

Una señora está lavando sobre una piedra que acercó has­ta la línea del lago. Unos chiquillos, sus hijos sin duda, pringosos ellos, los vientres abultados, juguetean en la arena, en medio de aquel vuelo de maripositas ,

Por la ribera, a nuestra derecha, se alcanza a ver una casita blanca, Parece que vive gente allá, Aquí mismo hay señales de un casino o refresquería a donde tal vez acostumbran venir a embo­rracharse algunas personas para quienes no representa nada la her­mosura del paraje, pues buscan embrutecerse para salir de él…

Alcanzamos a divisar sobre la orilla opuesta la lancha de mo­tor de unos norteamericanos, Ellos, al parecer, han sabido disfrutar de este sitio,

Cuando regresamos y contemplamos por última vez la con­formación de este vaso natural situado en las cumbres de estas mon­tañas, no pudimos menos que dolernos del poco aprecio que tene­mos de nuestros atractivos naturales, de esos rincones de tan sin­gular belleza que, cuando mucho, parecen servirnos como escenario dónde emborracharnos,

Si se hizo el camino asfaltado que lleva hasta las márgenes del lago, se pensó sin duda alguna en darle un impulso turístico y presentarlo a todos esos compatriotas que suspiran por cumbres alpinas y por lagos suizos, sin saber o sin querer saber que aquí nada más, entrando a los terrenos de Nayarit, está el pueblo de Santa María del Oro y la maravillosa laguna de este mismo nom­bre,

Se necesita que gentes de otros países vengan a interesarse por nuestras bellezas naturales, se necesita que resuene en otros idiomas la excelencia de alguno de nuestros sitios pintorescos,-oh

Malinche rediviva para que vengamos al fin a descubrir lo nuestro… tras la huella de los extranjeros.

Unas nubes se empezaban a levantar por el poniente. Era un escuadrón tumultuoso de nubes que se empujaban unas a otras con la fuerza del huracán.

Nosotros, al nivel de las nubes, las veíamos venir a nuestro alcance. Y nos regocijamos en su proximidad. Sentimos en la frente el aleteo de humedad que ensanchó vivamente nuestro entusiasmo.

Siempre es reconfortante subir a una cumbre. Llegar a donde anidan las águilas; ver resplandecer un guiño de Dios en el agua de un lago; ponerse a la altura de las nubes y acordarse con lástima de los gusanos que vienen al ras del suelo.

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