h1

SAYULA

Hace buen rato que sonó el toque de agonía de la vieja capilla de San Roque. Ya deben ser éstas horas muy avanzadas de la noche.

La campanita de las ánimas de los terciarios de San Roque, sonó esta vez como tímida, como avergonzada. Apenas pudo entenderse en su timbre el tono quejumbroso de quien llora por sus muertos.

Fue esto, porque en esta otra parte de la población resonaba escandalosamente el alboroto, la música, las conversaciones animadas y hasta los vivas enardecidos por la mejor ventura del Jefe Constitu­cionalista. ¡Quién se iba a poner a escuchar en una noche como ésta los toques adoloridos de una campanita cascada!

Sayula derrochaba en esta ocasión sus mejores galas en home­naje del Rey Viejo. Salieron de escondidos armarios las vajillas euro­peas, los cristales venecianos, las mantelerías sevillanas.

Tintineaban las luces en las copas que volvían a servirse una y otra vez a aquella importante comitiva y a aquella multitud de gentes principales de Sayula que así se congratulaban con Don Venus­tiano.

En esto pidió silencio a la orquesta y a los concurrentes el mis_ mismo Don Luis Cabrera; quería decir unas palabras, quería felicitar el patriotismo y adhesión política de aquellas gentes, quería exaltar las grandezas del Varón de Cuatro Ciénegas.

Viejo lobo en estas lides, retórico mañoso, habilísimo enredador de lugares comunes, Don Luis Cabrera se puso a jugar en su discurso con la común expresión que ya por entonces andaba en todo México: “Hasta que llovió en Sayula”.

Dijo que cuando Hidalgo se lanzó a la lucha por la Indepen­dencia, el pueblo volvió hacia él los ojos llenos de emoción y de gra­titud y balbució, más que dijo: “Hasta que llovió en Sayula”.

Y luego, cuando Juárez logró afianzarse en el poder estable­ciendo las normas jurídicas que rigen al país, también entonces el pueblo mexicano respiró a sus anchas y pudo decir a toda voz: “Hasta que llovió en Sayula”.

Que así en esta ocasión, cuando el Primer Jefe Constituciona­lista consolidaba en su puño los destinos nacionales, podía la patria entera exclamar con satisfacción: “Hasta que llovió en Sayula”.

Nos dicen aquí que esta escena fue presenciada por varias personas del lugar que viven todavía, aunque también se cree que la célebre frase no nació en esta ocasión, que ésta existe desde muchos años atrás y que el marrullero orador, no hizo sino aprovechar las circunstancias.

El Padre José T. Laris, tan amante de tradiciones, de dichos y leyendas populares, explicó a su modo el origen de la frase. Según él, data de 1790 en que una sequía pavorosa asoló esta región: que hubo un período de seis años en que no cayó por aquí una gota de agua… Hasta que un buen día se aborregaron las nubes, se enne­greció el cielo y cayó sobre Sayula una tempestad que dio origen luego a la frase tan conocida en todo México, una frase por la cual se conoce el nombre de esta población aún en los rumbos más lejanos.

No parece muy sólida la explicación del Padre Laris, toda vez que hay referencias más antiguas a la fecha que se puso arriba. En realidad nadie podría precisar las circunstancias y tiempo de su origen.

Hemos venido a Sayula en esta tarde del último invierno. Los tabachines de la plaza empiezan a puntear de rojo en sus primeros retoños. Los pájaros enloquecen de fiesta en el dormido sol, un sol apenas tibio en que se va desvaneciendo el día.

A distancia se ven los campos siempre verdes de alfalfa que rodean la población. El cultivo de la alfalfa se está convirtiendo en una de las fuentes económicas más importantes para el vecindario.

Extensiones inmensas como en una primavera sin invierno. Modernos sistemas de irrigación forman caprichosas cascadas de agua que tiem­blan de luz en la luz de la tarde. La alfalfa siempre verde de Sayula y los plantíos de aguacates pimpollando y dejando ver sus espigas de flor. También huertas de naranjos, de limones.

Los duraznos flo­recidos por milagro, un milagro de mariposas color lila en las ramas aparentemente secas.

Sayula en primavera. Una primavera en el último invierno. La primavera que nunca pasa aquí, porque el clima, la conformación topográfica, la humedad de la atmósfera que se refresca en la laguna, ofrece las mejores condiciones para este florecimiento primaveral.

Hemos venido a Sayula y hemos platicado con sus gentes. Lo primero que nos llamó la atención fue el espíritu de armonía, de entra­ñable entendimiento que hay entre todos los vecinos.

Es un pueblo donde todas las gentes se sienten una misma familia. Aquí no hay discordias ni murmuraciones; no hay egoísmos ni intrigas. Si alguien enferma, si alguien padece alguna pena, si hay un muerto en la población, ahí están todos dispuestos a dar la mano, a consolar, a prestar ayuda.

Pero Sayula es también un pueblo lleno de fiestas. Por una parte las celebraciones religiosas de las más importantes festividades del calendario católico, y por otra, las fiestas profanas, los aniversarios cívicos, el carnaval, “el ramos”.

– Sí, “el ramos”. Así es su nombre, de este modo se ha cono­cido siempre esta celebración. Corresponde al Domingo de Ramos en que vienen gentes de todos los rumbos de la región y hay un comer­cio como no puede imaginarse. Ahora, con esto del Carnaval ha per­dido “el ramos” su importancia, pero no hace muchos años todavía… Bueno, mire, era un comercio a base de intercambio de productos: venían gentes de la Costa con fruta; de este lado de Guadalajara traían loza… en fin, cada pueblo traía sus cosas y así se establecía un intercambio muy bonito…

A medida que “el ramos” ha perdido importancia, el Carnaval va adquiriendo de año en año un lucimiento muy grande. Es ya una celebración que alcanza resonancia en todo el rumbo.

Tradiciones, festividades, las huellas de un esplendor histórico, el nombre de hombres célebres, el avenimiento cordial y entrañable de los moradores, edificios de magnificencia arquitectónica, los viejos portales que rodean su plaza principal, todo eso y mucho más, más que una frase que resuena en todo México, o la picardía de un cuentejo ofensivo, mucho más que eso es Sayula.

Ya platicamos con varios vecinos del lugar. En todos hemos encontrado benevolencia y cortesía.

Nos han hablado de la Danza de la Conquista, con textos e interpretaciones propios con que celebran a su patrón los vecinos de la Iglesia de San Sebastián.

Nos han hablado de las  viejas rivalidades que existían entre poblaciones circunvecinas como Ciudad Guzmán o Usmajac, hoy trans­formadas en concordia y disposición de recíproco impulso.

Llevábamos una serie de referencias muy interesantes acerca de la vida y particularidades de esta población, pero aún así quisimos llamar a una casa donde sus moradores con cordial hospitalídad nos han hecho pasar amablemente:

– Van a dispensamos; tengo todos los muebles por ningún lado.

Fíjense que estamos dando una pintada a la casa; con eso que el salitre destruye en tan poco tiempo la pintura…

Y la señora, una señora bondadosa, con la sonrisa pronta, con la actitud gentil, se pone a sacar unos equipales que va sacudiendo del polvo y va poniendo a nuestra disposición.

Mientras esto hace, nos dice la señora que se experimenta aquí y en todos los pueblos de la región, un efecto muy activo del salítre. Lo atribuye al aire cargado de la humedad de la Laguna de Sayula, tan rica en sales por una parte, pero tan perjudicial por la otra …

– Perjudicial porque no hemos sabido aprovechar los beneficios que podemos obtener de esa Laguna. Usted sabe que el Padre Severo Díaz era originario de aquí… Bueno, él escribió un líbrito sobre las posibilidades industriales de Sayula con base precisamente en esa Laguna. Ahí apunta todo lo que podía realizarse, todas las ventajas que podían sacarse. Si se esperan un poco a que llegue Federico, él les puede mostrar ese librito; él lo tiene.

La tarde quieta de Sayula en el recodo de este patiecito. A un lado se amontonan las macetas de esta señora que han dejado lugar a los pintores. Son unas macetas desmedradas y tristes por el invierno y por la cal que ahora se desparrama por todos lados.

Y la plática de la señora. Sus recuerdos de infancia. Las refe­rencias que hace de gentes y de acontecimientos importantes. La ima­gen que ella guarda de la población en los años de su niñez.

– Perdone la poca modestia, pero yo digo que Sayu1a no es feo; tiene muchos portales; su plaza es muy bonita. Y sus iglesias, si las conociera…

Nos habla la señora con la entonación amable, con el distin­guido acento de su educación. Ella considera que una de las caracte­rísticas más señaladas de este pueblo, es el estilo amistoso y cordial que guardan todos los vecinos entre sí.

– De veras es así. Bueno, no hace mucho hubo un disloquito. Vino a resultas del cambio que hicieron del párroco del lugar. Algunas gentes se crearon entre sí cierta fricción. Pero ya pasó todo, el pueblo sigue unido como siempre.

Queremos ahondar en datos; pedimos a la señora que nos hable de algunas fechas de particular significado en la historia de Sayula; qué antecedentes curiosos conoce; qué quiere decir su nombre; cuál la fecha de su fundación …

– Todo esto se los dice Federico. Está escribiendo un libro con todas esas cosas que me preguntan. Ya verá cómo va a darles una información muy amplia de todo eso…

La tarde y las campanas de Sayu1a. Suena un toque solemne y grandioso. Es como un conjuro mágico que estremece esta luz blanda, la luz del último invierno que se dobla dentro de estos muros, que parece renovarse al sonar imponente de la campana mayor de la parroquia que está dando el toque de oración.

En eso llega don Federico: dinamismo y resolución, eso y la suma cortesía y disposición de servimos.

Nos invita a pasar a su cuarto donde ha clasificado cuidadosa­mente una serie de legajos con el resultado de sus investigaciones históricas acerca de toda la región. Nos muestra su libro mecanogra­fiado que en unos días entrará en prensa y que tenemos por seguro prenderá muchas luces sobre el pasado del sur de Jalisco.

La plática y la relación de hechos, de circunstancias, de pormenores históricos, de anécdotas, de leyendas, se alargaron por la media tarde y luego nos ha invitado don Federico a conocer algunos lugares típicos de Sayula o de especial valor tradicionalista o arquitectónico.

Así fuimos a conocer el Santuario de Guadalupe, a cuya sombra se guardan todavía los muros venerables de una iglesia vieja que ve al mismo atrio y hace escuadra con el Santuario actual.

Ahí también el viejo convento franciscano, arquerías vetustas, arcadas de preciosas molduraciones en piedra, ladrillos de don Epig­menio Vargas amorosamente recogidos y dispuestos en un altar. Todo el esmero, el cuidado y conservación de este imponderable monumento arquitectónico del siglo XVII, en que vive el Padre Casillas, guardián de este convento, un nonagenario vivaz, erudito, memorista sorpren­dente y amantísimo defensor de las cosas de Sayula.

Las últimas luces de la tarde en la penumbra de este convento, cuyos corredores, por cierto, lucirían mejor con sus muros desnudos de los cuadros que pusieron a última hora.

Dejamos a Sayula cuando comenzaba a oscurecer. Un aire fresco y la última visión de las grandes extensiones verdes que rodean la ciudad.

Humedad en la atmósfera, un aliento fresco de la laguna, huer­tas retoñadas, hortalizas acabadas de regar, alfalfa lloviznada . . .

Decididamente no tiene razón aquello: “Hasta que llovió en Sayu1a”. Hay que decir que Sayula vive la fecundidad y el gozo de prima_ vera en una eterna brisa de lluvias.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: