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TLAJOMULCO

No llega uno a imaginarse cómo puede ser que en tan corto camino se ande tan lejos. Esto es, no entiende uno cómo sea po­sible que aquí, nada más a distancia de unos kilómetros, se encuentre una población que atesora testimonios de una antigüedad que anda allá por los tres o cuatro siglos de lejanía.

Emprendimos el camino hacia el sur. Días soleados, tristeza cuaresmal, sequedad y tierra que viene a tono con la maceración espiritual que piden estos días.

Y luego la elevación de cerros, éstos que rodean a Guadalajara y que se envuelven hoy en el sayal pardo del tiempo      El Cerro Viejo domina todas las alturas del rumbo y acoge entre sus pliegues falderos un sin fin de pequeñas poblaciones.

Por aquí anda Tlajomulco, un pueblo cuya antigüedad se cuen­ta por centurias y donde se estremece el alma por encontrar en plenitud de vida, costumbres y celebraciones que habían llegado a leerse nada más en viejos libros amarillentos.

Para llegar a Tlajomulco hay que doblar el rumbo iniciado al sur, ahora hacia el oriente; y esto apenas a unos 20 kilómetros de distancia sobre la carretera que parte hacia la costa.

Hubo un incendio en estos días. Extensiones carbonizadas de negro. Los cerros se levantan con el rostro tiznado. Arbolillos y re­nuevos que se esforzaban por mantenerse a pesar de la sequedad del tiempo, se han doblado muertos.

Un criminal descuido muestra aquí sus consecuencias. A ve­ces es también la ignorancia de quienes piensan que quemando los pastos van a hacer que retoñen más pronto.

Dejamos todo el campo y lomería ennegrecido y seguimos por la brecha empedrada hasta llegar a Tlajomu1co.

El polvo que levantan los ventarrones de estos días, la rese­quedad del tiempo donde florecen por milagro unos tabachines azules, y ahí está ya, a la vista, un pueblo con su aspecto centena­rio, sus casas pintadas de lluvia y de tiempo, sus calles desoladas y asoleadas rudamente por el sol cuaresmal que cae a plomo de mediodía.

Un día llegó también, acaso por este mismo camino, el Padre Segovia, fundador y catequizador del núcleo indígena que encontró establecido aquÍ.

Tiene el Padre Tello una serie de interesantes pormenores acerca de las contingencias que ocurrieron hasta que se consolidó la primera población de Tlajomulco.

Vinieron primero unos indios de Cocula a establecerse aquí pero los rechazaron los tarascos de Michoacán que querían defender el puesto. En 1511 vinieron indios de Tepatitlán y les sucedió lo mismo. Nuevo intento de los indios de OcotIán y nuevo rechazo de los tarascos.

Parecía el sitio muy codiciado. Llamaba la atención de aque­llos indios la conformación del lugar, el cerco maravilloso de ce­rros, la cercanía de una laguna. Tan codiciado así que un grueso con­tingente humano de la provincia de Tonalá, vino a tomar definitivo asiento defendiéndose valerosamente en una lucha en la que quedaron muertos casi todos los tarascos.

Cuando llegó Nuño de Guzmán a las cercanías de Tlajomul­co, los indios aquí avecindados se adelantaron a darle la bienvenida llevándole “un presente de gallinas y cosas de la tierra, y se dieron la paz, ofreciéndose por sus amigos”.

Hacia el año de 1530, escribe el Padre Tello, llegó a Tlajomulco, “a pie y descalzo, levantadas las faldas del hábito y con un rosario en la mano y un bordón en la otra” el primer religioso franciscano que no se sabe a ciencia cierta si éste fue el Padre Fray Juan de Pa­dilla, que anduvo con el ejército de Nuño de Guzmán, o el Padre Fray Antonio de Segovia, apóstol de la Provincia de Tonalá.

Domina al parecer la opinión de los que quieren que haya sido precisamente el Padre Segovia quien llegó primero a este lu­gar, fatigado de la cuesta y de las piedras del caminillo que lasti­maban sus pies: sediento, agitada la respiración, con el hábito rasgado y lleno de polvo, pero con el corazón lleno de un amor divino a aquellos indios.

En el Libro IV de la Crónica Miscelánea, viene una relación completa de los frailes que sirvieron en el convento fundado aquí y de las actividades que en diferentes órdenes desarrollaron aquellos misioneros.

Ya se menciona también ahí el Hospital de la Purísima que se fundó desde los primeros años, aunque la iglesia que se ve ahora corresponde a la segunda mitad de 1700.

Tan cierto es que ya había habido aquí otra iglesia que la ob­servación más simple deja ver en los sillares los restos de tumbas, fechas, cruces e inscripciones que se fueron tomando para levantar  los muros de la iglesia actual, aprovechando cabalmente parte del material que pudo utilizarse de la anterior y desde luego las lá­pidas del cementerio primitivo que aquí hubo.

El interior de esta iglesia tiene todavía el aspecto de su anti­güedad, respetada y conservada con amor por estos indios que la custodian y guardan con un celo pocas veces visto.

La penumbra de la iglesia aluzada por unos cirios en pleno día, deja contemplar la imagen de unos Cristos sangrantes, de mi­rada entristecida, de labios blancuzcos, de impresionantes chorrea­duras de sangre.

Cristos sentados, Cristos de pie, Cristos en urnas funerarias, imágenes de María Dolorosa, con un semblante empalidecido y una angustiosa expresión en la que se ve el esfuerzo por contener los gemidos del dolor.

Fue en los días que preceden a la Semana Santa y esa es la razón por la cual se encienden velas ante estas imágenes; pero ellas permanecen ahí siempre. Lo único que corresponde a la ce­lebración de estos días, es una especie de banderola de terciopelo rojo con una cruz pintada de negro que pensamos podrá ser un lejano remedo del Real Pendón o de los estandartes sevillanos de Semana Santa que algún fraile plantó aquí entre las tradiciones seculares de estos indios.

Pero más que en las imágenes agónicas de aquellos Cristos, más que en la antigüedad que delatan aquellas esculturas, de car­nes adoloridas, de llagas sangrantes, de gestos que mueven a la com­pasión humana, Tlajomu1co guarda en la carne viva de sus indios todo un pasado que viene en la distancia de varios siglos.

Fue cosa de empezar a conversar con aquellas gentes; apenas dimos en cambiar las primeras palabras y ya tuvimos los datos que testimonian esta fidelidad a una tradición de cuatro centurias.

Estando dedicado el Hospital a la Purísima, a ella está dedicada también la iglesia. Su imagen preside desde un nicho principal el altar de este templo.

Hay una devoción y un culto de los indios a esta imagen, que raya ciertamente en actitudes idolátricas.

La tarde de nuestra visita se habían juntado en la iglesia unos señores que nos dijeron habían ido a bajar la imagen porque en ese día iban a cambiar sus vestidos. Y hablaron y se expresaron de la imagen, como si hablaran y trataran acerca de la misma Virgen María en persona.

Ellos sólo harían descender la imagen con mucho miramien­to, con un respeto extraordinario, cuidando de evitar todo movi­miento brusco que pudiera molestarla en lo más mínimo.

La colocarían en el presbiterio y luego correrían una cortina para evitar cualquier mirada extraña. Ellos mismos se saldrían y se pondrían a custodiar la puerta a tiempo en que penetrarían al inte­rior “las sínticas”, dos doncellas que tienen el privilegio de cambiar los vestidos de la Virgen.

Estas muchachas son elegidas en el pueblo y deben ser vírgenes y estimadas entre los vecinos por su seriedad y espíritu de devoción. No pueden casarse mientras desempeñan el cargo de “sínticas” .

Todo eso nos explicaron los señores, avivando más nuestra curiosidad y moviéndonos a una investigación más amplia de las tra­diciones y costumbres de estos indios.

De esta manera supimos que hay una hermandad entre los indios y que dentro de esta hermandad son designadas cada año seis familias que van a hacer guardia a la Virgen, a cuidar su San­tuario y a proveer la limpieza y el agua fresca que hay siempre para los vecinos en la Fuente de la Virgen.

Nosotros queríamos detalles más minuciosos, preguntábamos mil y un pormenores acerca de esa singular cofradía. Y uno de los señores nos dio nombre, nos indicó personas, nos dio el santo y seña sobre quién podría hacer una exposición amplia de todo.

Que tomáramos la calle que pasa en la parte posterior del Santuario y siguiéramos por ella hasta la orilla de la población. Que preguntáramos allá por fulano, por mengano y por zutano. Por señas para localizarlos nos fijáramos en unos hornos de ladrillo y de teja que hay en aquella parte de Tlajomulco.

Se doraba la tarde suavemente en el sol de cuaresma. Los hornos de ladrillo eran unos pebeteros rústicos situados ya en la falda del cerro El humo subía grácil y ondulante, perdiéndose en el azul purísimo del crepúsculo.

Pájaros en las mezquiteras, y gritos y risas de muchachos, levantándose de toda la enramada del pueblo. Un pebetero musi­cal meciéndose dulcemente en la transparencia oroazul de aquella tarde.

– Sí, oiga, yo puedo explicarle todo lo que quiera, pero antes dígame por qué anda tan interesado en todo esto. Qué casualidad que haya hecho viaje nada más para esto

Estamos sentados en unas sillitas de tule, en un espacioso pa­tio interior. Allá queda la humilde vivienda de este señor gordo, de palabra tarda y trabajosa por la embriaguez de varios días que lle­va encima. Y no deja de volver una y otra vez a la botella.

– A ver hija, anda a traerle una cerveza al señor. No me va a desairar, oiga. La plática resultará mejor así.

Este es un hombre prieto, de vientre abultado y respiración fatigada. Todos los rasgos indígenas en su manifestación más au­téntica. El es uno de los dignatarios respetables de la cofradía de la Virgen.

– Usted quiere saber esto de la hermandad. Bueno, mire los puestos que tienen esas seis familias que se turnan haciendo guardia, son los siguientes: el Tata, el Mayor, el Topil, el Matopil, el Cípil y el Chiquito.

– Son cosas de indios, no se asuste. Vienen desde la fundación del pueblo. Los misioneros establecieron eso. Los cargos corres­ponden a lo que se ve en una familia. Clarito dice: el Tata, como el papá de una familia, y luego los hijos por su orden, hasta llegar al más chiquito de todos.

– La cosa es así: el primer viernes de cuaresma, se juntan los que forman de guardia y se ponen de acuerdo sobre las personas a quienes van a pasar el cargo al siguiente año. Ellos fijan el pues­to de las escogidas y van a invitarlas. . .

– Usted calcule si no; se trata de servirle a la Virgen. Bueno, una vez se dio el caso de uno que se resistió, y si viera todas las desgracias que vinieron sobre él y su familia

La conversación viene desarrollándose con alguna dificultad. Nuestro amigo pierde a veces la noción de lo que dice y llama en su auxilio a un compadre que, como él, no se cansa de allegarse a la botella. Le chispean los ojos en una lumbre interior que no es ciertamente de devoción y encendimiento amoroso a la Virgen.

Sabemos de esta manera que los cofrades elegidos para hacer guardia al Santuario de la Purísima toman posesión de su car­go el las solemnes y ruidosas festividades del Ocho de Diciembre.

– No, oiga, y esta fiesta es buena. Hay música, danza, cohetes y muchas cosas qué comer. Venga para que vea lo que es una fiesta.

Es cosa de gusto. ¿No se va a gastar usted un billete o dos echándose un trago? Claro que sí. Es fiesta; cierto que esto es muy aparte de la Virgen, pero también tiene que haber.

– Usted llega y una persona quiere regalarle pongamos por caso, cinco semas de pan. Usted las acepta, pero con eso mismo se echó el compromiso de corresponder al regalo para el año siguien­te; y usted no va a salir con cinco semas… Es bonito esto le digo.

Hablando de festividades y dada la proximidad de la Semana Santa les preguntamos de alguna ceremonia especial, un rito que conserven dentro de sus tradiciones:

– Pues nada que nos pasamos toda la noche velando el san­tito ese que usted debe haber visto como en una caja de muerto … Todo el jueves santo y toda la noche hasta amanecer el viernes, con velas encendidas, con cantos, con rezos, igual que cuando se vela un cadáver. Ya el sábado no hay nada, como cuando uno acá sepulta a un muerto que ya nomás quedan los comentarios.

Nos dan otros datos acerca de los viernes de cuaresma, día en que se ofrece la comida tradicional de vigilia a todo el que acude a los amplios y hermosos corredores al lado de su templo.

Los guardianes de la capilla preparan las cazuelas enormes de capirotada o los charales con nopalitos. Ahí tiene por cierto ca­da una de las seis familias, su alacena particular y su banco para el metate, en una cocina inmensa donde cabe todo.

La conversación podría haberse alargado en innumerables as­pectos de las costumbres y celebraciones de esta cofradía. Nosotros hemos querido dar por terminada la charla tratando de requerir si la imagen que veneran con tanto amor y por la cual se han declarado en rebeldía contra las autoridades eclesiásticas de la Diócesis según nos contaron también entre hipos y explosiones repugnantes de cerveza, si tienen constancia, repetimos, de la antigüedad de esta imagen, y si es ella de talla o es de simplísima conformación para vestir, como muchas imágenes antiguas:

– Oiga, usted sabe cómo es la Imagen… Quiero decir, si…

– Claro que sé. Tengo ojos para verla.

– Yo le preguntaba si tiene el cuerpo formado…

– Seguro, luego. .. Entonces como le pondrían el vestido.

– No, bueno; quiero decir, si tiene cuerpo como nosotros …

-Fíjese lo que dice: ¿cómo quiere compararse con la Virgen?

– No eso exactamente, sino que. .. ¿Usted ha visto el cuerpo

de la Virgen?

-¿Se da cuenta de lo que está diciendo? Y mire, nomás por­qué vino y empezó a hablar en forma decente, pero esas preguntas son de lo más ofensivo para la Virgen. Y para acabar pronto dígan­me sus nombres. A ver cómo se llama usted… y luego usted… Apunta esos nombres, compadre; necesitamos investigar quiénes son estos individuos…

Ni la cerveza, ni la esforzada complacencia a lo largo de la charla sirvió para evitar el final desagradable. Tuvimos que pedir todas las excusas, exagerar toda nuestra buena intención y despe­dirnos con la mayor prontitud de aquellos hombres que no pueden entender que una imagen es sólo eso. Ellos quieren que la imagen que veneran sea la misma Virgen María y han cerrado oídos a to­dos los empeños que se han gastado por hacerles notar la dife­rencia.

Cuando salimos de la casa de nuestros amigos, caída ya la tarde, más densa y más azul la columnilla de humo se levantaba de los hornos de ladrillo. Los muchachos seguían jugando y brin­cando por las callecitas humildes que salen a la orilla de Tlajo­mulco.

Y regresamos con el íntimo desconsuelo de sentir cómo en nues­tros pueblos hay muchas gentes que se han quedado en la distancia de otros tiempos. Una mentalidad que nadie ha podido cambiar y que puede ofrecer puntos muy interesantes, ángulos de un extraor­dinario folklorismo, testimonio en sangre y pasión de una ideología que no ha avanzado.

Todo eso, pero son nuestros hermanos y valen o deben valer para nosotros mucho más que un tema de curiosidad costumbrista, mucho más que un aspecto folklórico inusitado.

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