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YAHUALICA

Dice el señor cura que él cena muy poco. A sus 86 años tiene que tomar medidas muy rigurosas para sostener su admirable consis­tencia física.

Toda sencillez y una amable austeridad en la mesa del párroco de Yahualica que ha querido que nos sentemos a conversar aquí mis­mo, en la cocina, donde está tomando sus simplísimos alimentos.

Una señorita mayor, sobrina del párroco, atiende con esmerada solicitud los menesteres e interviene ella misma en la conversación; tam­bién ella sabe muchas cosas de Yahualica.

– Agustín escribió un libro, ¿no lo sabía? Ahí está la historia, ahí está todo.

Y el señor cura accede a las palabras de su sobrina con esa complacencia de las personas mayores.

Afuera está la noche y el silencio de los pueblos. Una mata de quien sabe qué hierba aromática escancia en el silencio y en la noche, su fragancia.

Dice el párroco que él lleva 45 años en Yahualica; que cono­ce a toda la gente y toda la gente lo conoce a él. Ha visto cómo en sus manos se ha ido transformando la población.

– Y aparte de eso, somos de aquí, de modo que estamos al corriente de todo. Agustín no, él nació en Guadalajara. En cambio, Santitos… .

Estamos en una cocina de pueblo. Los trastos se acomodan lim­piamente en un rústico parador. En aquella esquina el fogón y toda­vía queda espacio para la mesa pequeña donde tiene su lugar fijo el senor cura.

Hay una penumbra amorosa y un sutil olor de leña quemada y de guisos sencillos. En torno a la diminuta luz de un foco rojizo se ha puesto a rondar una de esas palomitas de las aguas.

El señor cura comienza a contarnos mil detalles de la construcción  de la nueva iglesia que él mismo comenzó de sus cimientos y ya luce con un esplendor y magnificencia artística sin igual en toda la región.

– Cada vez que viene Agustín se pone a contemplar largamen­te la iglesia. El estuvo interesado en todos los pasos de la construcción.

La señorita insiste en hablarnos del Líc. Agustín Yáñez que es por cierto familiar muy allegado del párroco y su sobrina. El señor cura apenas quiere aclarar con toda discreción:

– Sí, él nos ha seguido mucho desde joven. Cuando estuve en el Mezquital del Oro pasaba allá sus vacaciones y le gustaba salir en un macho negro que tenía. Conoce todos estos rumbos, por eso en sus libros menciona con tanta precisión estos pueblos.

Pero la señorita quiere abundar en datos relacionados con el parentesco. El recuerdo de doña Santltos Delgadillo, la confianza con que se vieron siempre.

Acaso esta intimidad con el párroco, los tiempos que pasó a su lado y la solicitud de esta sobrina tan honesta y sencilla, dieron al novelista los personajes principales de “Al Filo del Agua”.

Ciertamente el estilo de Yahualica, las tradiciones, las fiestas, el modo de ser de sus gentes, la presencia del párroco en todos los instantes de esta vida, se advierten sensiblemente en la famosa novela que sin duda fue fraguada en multitud de experiencias recibidas en el ámbito escondido del más hondo perfil de Yahualica.

Lo dijo el mismo Yáñez, reveló la emoción profunda que le pro­duce esta población, cuando la describió de esta manera:

“Remanso de sosiego cordial, intacto el recio estilo antiguo de los pueblos apartados, dueña de comodidades modernas, la Villa de Yahualica brinda su añejo sabor al forastero que busque lugares de descanso no trillados por el turismo vulgar, turismo afecto a las perspectivas teatrales: nada más distinto a este género de atractivo -a pesar de la magnificencia del Río Verde, con sus aguas termales y sus huertas- es el encanto de Yahualica y de sus alrededores; compara­ríase su sabor con el de un vino seco, espirituoso, esencial”.

Refiriendo apenas el apunte etimológico de Yahualica, hemos de atenernos a la autoridad de Don Ignacio Dávila Garibi quien da al nombre el significado de “lugar redondo”.

Don Benito Torres González, por su parte, dice que la etimología precisa es “lugar junto a la mesa redonda”. Se apoya para esta afir­mación en la figura de dos indios que reptan una montaña en forma de mesa, según jeroglífico atribuido a Yahualica por Peñafiel en su Nomenclatura Geográfica de México.

La divergencia de estos autores en nada se opone a la realidad del descubrimiento de abundantes restos humanos, de cerámica y ob­jetos suntuarios, al ser arrasado un pequeño cerro redondo en el sitio en que se construyó la presa de El Estribón. Todo esto plantea la po­sibilidad de que haya sido ese el primitivo emplazamiento de Yahua­lica. Más acá, precisamente en el lugar redondo…

Mil peripecias históricas, la llegada de Nuño de Guzmán y sus huestes en abril de 1530, la segura cooperación que debieron prestar en aquel formidable encuentro del 28 de septiembre de 1541

Todo eso y la derrota de las huestes aborígenes, dio lugar al despoblamiento del primitivo Yahualica, hasta que en el último cuarto del siglo dieciséis, el Obispo Mota y Escobar lo menciona ya co­mo pueblo “de encomendero y doctrina de clérigos”.

Este Yahualica que encuentra ahora el visitante, aparece como por encanto, luego de salvar las mil vueltas que en prodigio de inge­niería salvaron la hondura del Río Verde.

Uno lleva todavía en el alma el gozo de aquella contemplación; todavía el espectacular paisaje de aquel revuelto huracán de cerros y montañas por donde penetró la carretera y salió airosa a un terreno reseco, casi árido, cuando de pronto, aparece en un hoyanco la moderna ciudad de Yahualica, con el fulgor rosado de sus canteras.

“Oculta en un pozo, Yahualica tiene precarios horizontes. En ello fundaremos la interpretación de su carácter. Dicen los antiguos que un misionero venido de Tierra Santa comparó la Villa con Jerusalén… Quizá haya verdad respecto al ambiente físico y moral, a este aire me­lancólico, a estas gentes ensimismadas, a los trajes y muros vetustos, al hermetismo de las casas, a estos caminos y arroyos pedregosos, a es­ta dureza de los tepetates obstinados, de la tierra yerma, de la tierra parda, sin grandes frondas, en donde los mezquites acentúan la nota de desolación, ciertamente solemne”.

Datos y referencias del Yahualica primitivo señalan los barrios del Tepalcate, barrio de indios alfareros y el de la Cantera, separado del núcleo vecinal por el Arroyo del Tulillo. Otros también, como el de Alíca, el de la Calavera, México Chico y el de los Once Pueblos al otro lado del Río.

Otras minucias históricas correspondientes a los principios del siglo, anotan la entrada del primer automóvil a Yahualíca, por el rumbo de Mexticacán, en la cuaresma de mil novecientos veinticuatro. Lo conducía frente al asombro, espanto mejor, del vecindario, José Echaniz López.          )

Así pasan los años sobre Yahualica, y Yahualica va experimen­tando una transformación intensa. El ámbito del pueblo se convierte en un gran taller del que se desprende la emocionante sinfonía de ruidos laboriosos.

Aquel primer automóvil de un día, luego de la inauguración de la carretera en noviembre de mil novecientos cuarenta y seis, se con­vierte en el ir y venir incansable de toda clase de vehículos. La deli­mitación de los primitivos barrios apenas si se toma en cuenta al crecimiento de la población.

Lo notable en todo este movimiento reconstructor está en que en ningún momento se ha llegado a cambiar el estilo entrañable, la fi­sonomía esencial de Yahualica.

Quien conoció al Yahualíca de hace cincuenta años y visita al Yahualica de ahora, conviene en que la acción renovadora de sus hi­jos vino a acendrar el carácter de este pueblo, ennobleciéndolo, em­belleciéndolo, tornándolo cómo fue, sin restarle virtudes; más aún, podan­do las hibrideces que al azar, en el transcurso del tiempo, los vecinos emprendedores habían cometido al construir este o aquel adefesio sin idea de gusto ni estilo.

Entre las nuevas obras de mayor importancia, sobresale el Pala­cio Municipal, de dos pisos, con airoso remate primorosamente traba­jado.

Están también las obras de embellecimiento de la Plaza, con nue­vo kiosko de soberbia traza; dos piletas, en los lados oriente y poniente, que muestran el encanto de los jardines mexicanos; las bancas de can­tera dibujadas refinadamente; los esbeltos arbortantes, también de can­tería, sostienen lámparas de hierro forjado; y los nuevos portales que extienden su arquería de piedra rosa por los lados de la Plaza.

Los ingenieros Pratt y Mendiola son los autores del proyecto, que ejecutó el lng. Don Aurelio Aceves, Director de la Escuela de Ingenie­ría en Guadalajara.

Aparte de la ayuda pródiga que prestó para todas estas obras, las de la Plaza en particular fueron costeadas íntegramente con el pe­culio personal del Lic. Jesús González Gallo.

Otro de los orgullos de la nueva Yahualica lo constituye su nueva iglesia. De ésta y de las circunstancias y hechos que acontecie­ron en torno a la suntuosa fábrica, da señales el mismo Lic. Y áñez, ha­ciendo discreta alusión al párroco con quien lo ligan tan estrechos lazos de sangre y de afecto.

“El crónico anhelo de contar con un templo parroquial en con­sonancia con el sentimiento popular, cuajó en el silencioso tesón de Don Ignacio Íñíguez, oriundo de Yahualica y su párroco desde 1929, después de haberlo sido de Mezquita! del Oro y de San Juan Bautista del Teúl”.

Por lo que respecta a la obra misma, débese decir que el Ing. D.Luis Ugarte formuló el proyecto de un templo con tres naves, cruceros, cúpula y dos torres en estilo herreriano; interpretación que pareció a Yáñez un tanto pobre y pesada.

El Excmo. Señor Garibi Rivera, entonces Arzobispo de Guada­lajara, colocó la primera piedra de esta iglesia el 5 de junio de 1940. Realizada la costosa cimentación y cuando ya los muros alcanzaban cerca de los dos metros de altura, el Lic. González Gallo hizo notar la conveniencia de ampliar el emplazamiento de la construcción, suge­rencia que fue aceptada aún con la pérdida del trabajo y material empleados hasta aquel punto. Se levantó una plataforma con altura de dos metros y se recorrió la fachada doce metros atrás, lo que da magnificencia al edificio, al fondo de la calle principal y entrada de la carretera.

En la edificación de esta iglesia, honra y prez de la arquidióce­sis, ha de consignarse el nombre de don Luis Fabián, como maestro de la obra y administrador de los trabajos. Acaso el gusto y renombre que hoy se ve en la cantera labrada de Yahualica, arranque de los mismos tiempos en que muchos operarios hubieron de intervenir en los trabajos de este templo; entre todos ellos el nombre de don Luis Fabián, como el iniciador de esta artesanía y como el más industrioso y el más in­teligente tallador de cantera que ha llegado incluso a inventar un me­canismo para tornear la piedra, mecanismo que facilita el trabajo, con detrimento ciertamente del mérito personal, la aplicación del propio gusto y estilo del artesano sobre la piedra.

La fiesta más importante en Yahualica es la de su Patrono San Miguel Arcángel a cuya advocación ha sido puesta por lo menos desde el siglo XVII. Se habla de documentos de 1637 en donde el pueblo es nombrado San Miguel de Yahualica.

Esta imagen de San Miguel y las de los arcángeles Gabriel y Rafael que aparece en sitio principal del retablo, fueron regaladas por el ca­nónigo don Arcadio Medrano y son obra del escultor tapatío don Brígi­do Ibarra.

Otras imágenes de tradicional veneración son la del Señor del Encino que se dice fue esculpida de una sola pieza de un árbol encontrado con la figura del Crucificado.

Así también la Virgen del Rosario de Huisquilco, diminuta ima­gen, poco más grande que la de Zapopan y cuyo culto se cree anterior al siglo XVIII.

En torno de estas imágenes y en la serie de festividades religio­sas que componen la vida y la historia de Yahualica, podrán consignar­se muchas estampas de un encantador provincianismo, de una piedad y de un tan arraigada tradición que puede decirse que este pueblo ha vivido al latido de la liturgia católica y que de aquí ha tomado pie para otras diferentes celebraciones populares que configuran el hondo ser de este pueblo.

El Líc. Agustín Yáñez en su monografía sobre Yahualica hace alu­sión a la fiesta. de la Santa Cruz. Las circunstancias que describe apa­recen con el mismo color, con igual entonación en “Al Filo del Agua”

“Antaño se organizaba una romería en la madrugada del tres de mayo a la Cruz de la Ladera. Desde el río comenzaban los romeros a persignarse cien veces y a rezar otras tantas oraciones, entre las que figuraba esta fúnebre admonición:

Morirás, morirás.

Por el Valle de Josefat pasarás.

Con el demonio te encontrarás.

y de esta manera le dirás.

A retro vade, Satanás;

Parte en mí no la tendrás,

Porque el día de la Santa Cruz

Cien A vemarías recé

y otras tantas me persigné”.

De la fugaz referencia apenas a una de las celebraciones que entretejen el vivir popular de Yahu alica, quisiéramos pintar siquiera una apurada alusión al espíritu y genio de sus habitantes:

La gente de Yahualica es de tipo criollo, abundando en ciertas regiones los hombres altos, fornidos, bien barbados; mujeres bellas, vi­gorosas; unos y otras de facciones enérgicas, de perfiles clásicos, de tez blanca y sonrosada, frecuentemente rubios, de ojos claros, vivos, grandes, las pestañas y cejas muy pobladas.

En cuanto a sus características morales tendrá que reconocerse que la gente de este lugar ni es soberbia ni padece complejos de in­ferioridad o entumecimiento rústico. Al contrario, se manifiesta en ac­titudes discretas, recatadas y severas; pero de singular firmeza.

Al conocer un tanto, tratar alguna persona, llegar a tener cierta familiaridad con una gente de Yahualica, llega uno a ver cómo éstas son silenciosas y distantes; saben hablar con calor, obrar con pasión, acercarse con efusión en el momento presente, cuando gentes de otra naturaleza huyen y rehuyen.

Y por fin, cómo sobre todas las cosas, las gentes de Yahualica tienen un sólido concepto del deber y la responsabilidad, en cuyo cumplimiento no encuentran pena sino gozo mayor, a medida del sacrificio que se impongan por libre decisión; pero en cuanto quiera forzárseles, re­sisten a las más llevaderas situaciones, por celo de albedrío y dignidad.

Por lo que respecta a las relaciones del vecindario entre sí, son éstas cordiales y sinceras. Miembros de una misma familia, se tratan como tales y no existen en modo alguno las monstruosas diferencias entre la riqueza insolente y la extrema miseria, entre palacios y pocilgas, entre ociosidad y esclavitud.

Basta una modesta capacidad económica para satisfacer las exigencias más elementales, enumeradas en la oración acostumbrada a la hora de las comidas y antes de acostarse: casa, vestido y susten­to .

Y así la gente vive feliz porque domina sus necesidades que son pocas; porque las costumbres son sencillas y nobles; porque un cristiano sentido de la resignación pone los ánimos alegres y tranqui­los frente a los reveses; porque se cuenta con el intacto dogma de la Providencia…

Por este y otros muchos aspectos interesantes, podría continuar la charla acerca de YahuaJica, sus gentes, los hombres famosos que ha tenido, el resurgimiento que ha alcanzado.

Podríamos continuar la conversación con el señor cura que se goza haciendo recuerdos, que bien manifiesta la satisfacción que le causa el que nosotros acuciemos todos los ángulos del tema.

Dice el señor cura que él se duerme hasta muy noche. Cosas de las personas mayores: unas cuantas horas de sueño le bastan para mantener estas excelentes condiciones de salud, esta jovialidad y tan amable sencillez.

La sobrina del señor, a pesar de todo, insinúa de discretísima manera que ya es hora de que dejemos a su tío en paz:

– Ya· verán, ya verán; voy a prestarles el libro de Agustín. De ahí pueden sacar todo lo que puede decirse acerca de Yahualica.

Afuera la noche. Y la fragancia de esa hierba llamada hue­le de noche.

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